Como padre de familia numerosa, trato de estar al día en temas educativos: leyendo artículos que me permitan proceder de una manera adecuada en el quehacer diario de mi hogar. En este ir investigando, temas de interés, encontré un artículo muy interesante, escrito por un prestigioso médico. A continuación les transcribiré un extracto:

Escribe el Dr. Feling, profesor de la Universidad de Yale y jefe del departamento de Endocrinología del Yale-New Haven Hospital:

“Obligado a hacer las veces de ama de casa a raíz de un viaje al extranjero de mi mujer, he aprendido a valorar más los quehaceres y las satisfacciones que diariamente experimentan las amas de casa. En primer lugar, me di cuenta de que tareas como hacer la comida, limpiar la cocina y lavar la ropa, que yo daba por descontado, no se hacían solas. Además, vi que ser un buen padre exigía algo más que poner buena cara y estar dispuesto a echar una mano en los deberes del colegio: hace falta llevar los niños a la escuela, prepararles la merienda, asegurarse que llevan los guantes puestos y que haya alguien en casa cuando vuelva el más pequeño. En tercer lugar, que mi día no terminaba hasta que los tres niños estaban en la cama y nadie podía ensuciar la cocina que acababa de limpiar (llegué a obsesionarme con el asunto de la limpieza después de las comidas).

Al principio, todo me parecía una sucesión sin fin de fastidiosos detalles. Pero pronto caí en cuenta que, sin mi, la familia no podría funcionar. Era yo quien conseguía un ambiente alegre y acogedor al regresar los niños de la escuela y volver a mi trabajo. Las cosas que hacía como ama de casa eran mucho más importantes que el dinero que aportaba. Sin lugar a dudas, la alegría de cada día dependía menos del tamaño de mi sueldo que de la eficiencia de mi mujer.

Lo más importante, sin embargo, no era la dimensión de los deberes de una ama de casa ni la importancia que tienen, sino las satisfacciones que le suponen.

Ningún paciente me daba las gracias por haber limpiado la cocina. No me aplaudía ningún auditorio rebosante cuando los niños salían contentos hacia el colegio. Los colegas no me alababan por haber lavado a tiempo la ropa. En una palabra, las satisfacciones que recibía era puramente interiores. Sabía que hacía bien las cosas porque los niños y yo estábamos contentos y porque todas las necesidades estaban resueltas, aunque no recibía ningún reconocimiento exterior por ello.

Pensé qué pasaría si sucediera lo mismo en la vida profesional. Todos dependemos un poco y estamos pendientes del reconocimiento explícito de nuestro bien hacer expresado a través de promociones, opiniones favorables en las revistas científicas, peticiones de formar parte de asociaciones médicas, el agradecimiento de los pacientes y clientes y, por supuesto, los aumentos de salario. Estoy seguro que, si todo esto desapareciera, sólo seguiría trabajando un pequeño número de idealistas. Sin embargo, a una ama de casa raramente se le manifiesta este reconocimiento de su eficacia. Quizá sólo el día de su cumpleaños o aniversario”.

He querido hacer referencia a este artículo que fue publicado en el New York times, New York 1978, para que reflexionemos de que es maravilloso gastarse con alegría durante toda una vida, para hacer tanto bien y recibir tan poco reconocimiento.

Se requiere una personalidad muy fuerte que tenga suficiente con los éxitos de otros miembros de la familia.

A veces cuando te sientas que tu trabajo no tiene sentido, mira la labor de tu esposa, y de tus hijos, contempla en silencio lo que hacen y disfruta minuto a minuto esos detalles que hacen grande la vida de todos, y que nunca más se repetirán.

El trabajo oculto y dándole un sentido cristiano, es el más importante.