Opinión Política

La ley de la prosperidad

La izquierda revolucionaria venció en las elecciones del 2006 y sin fundamento alguno, salvo su momentánea popularidad y su pretensión de perennizarse en el poder, intentó decretar la prosperidad nacional a través de los consabidos derechos posteriormente consagrados en la Constitución del 2008.

Las seccionales del 2019, más allá del superlativo desgaste de la izquierdista clase gobernante, han confirmado que a los votantes poco o nada les interesa la ideología política de los candidatos al momento de definir su futuro. Se establece así que la filosofía es ampliamente superada por el individualismo en la conquista de un electorado en permanente búsqueda por elegir políticos que cuando menos mitiguen sus padecimientos diarios. El tercermundismo no aspira a más porque la practicidad de la inmediatez continúa primando sobre la trascendencia del largo plazo. Aquello debe cambiar y solo será posible a través de una nueva Carta Magna que trace el sendero político jurídico a través del cual la sociedad deba buscar su emancipación del cortoplacismo.

La reestructuración de la deuda externa debe ser pieza angular de cualquier plan que pretenda alcanzar un crecimiento económico sustentable. El alardido acuerdo con el FMI, más allá de que el Gobierno no podrá cumplirlo, no contempla ni lo uno ni lo otro. Las estadísticas gubernamentales son manipulables, pero la realidad en las calles es inobjetable. La circense preocupación por los más vulnerables es solo un gambito comunicacional de último recurso. ¿Hasta cuándo Lenín?

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