Comentario

Un viaje por ferrocarril de Guayaquil a Ambato

(Viaje inolvidable en familia, de 12 horas)

En tiempos de mis padres y nosotros muy chicos, o no nacidos aún, las familias guayaquileñas, pasaban sus vacaciones escolares, en Riobamba. Ahí quedaba la Central Nacional a los Ferrocarriles del Ecuador y hasta ahí llegaba el viaje. Generalmente. Los que continuaban, pernoctaban en los Hoteles cercanos y muy temprano al día siguiente, seguían para Ambato, Latacunga y Quito.

Por ello nuestro querido compañero de aulas colegiales Alejandro Bueno, nos comenta en nuestro “Chat de Javerianos”, sus viajes en familia, a Riobamba.

Nuestra familia, (mi madre, abuela y hermanos), años más tarde, viajábamos a Ambato, invitados por nuestro tío, Abelardo García Arrieta y su familia.

Ahí, en Ambato, vivía su excelente amigo y educador también, el sr. León Becerra, quien se encargaba de la logística del alquiler de la casa vacacional y de otros menesteres propios de los viajes vacacionales.

Pasábamos, tres largos meses en Ambato, en villas amobladas, que las familias ambateñas, las alquilaban por la temporada de invierno a las familias guayaquileñas. Llegábamos generalmente a Miraflores, barrio residencial, con lindas villas de lado y lado de esta muy extensa avenida, que empesaba a la altura del Cerro “Casigana”,  hasta el ingreso mismo, del Centro de la Ciudad.

Los amigos de ese entorno de jóvenes y jovencitas, lo eran más de mi hermano/a mayor, que por nosotros mismos -hablo por mis primos menores-.

Recuerdo a los Herdoiza, a los Maya, a los Sevilla, a los Holguín, a los Barahona, etc. El Ñato Barahona, (papá), era en esa época, Presidente del equipo de fútbol, Macará de Ambato.

El fútbol, era uno de los deportes favoritos de la juventud ambateña, de esos años y con “nosotros” (con mi hermano Vitamino y los empleados de casa). Jugábamos fútbol, unas veces en las canchas de un Colegio cercano, o en ciertos lugares aislados, -caminos de tierra-, que comunicaban esa zona ambateña, con otras fincas, o en la propia Av. Miraflores.

El viaje a Ambato por Ferrocarril, era toda una estrategia militar:

Despertarse a las 3 am, vestirse y rápidamente desayunar, preparar maletas -casi listas la noche anterior- y ciertos bolsos de mano. Los García por su cuenta y los Calderón por la cuesta, nos encontrábamos en el muelle, sobre el Río Guayas, para abordar el Galápagos, el barco fluvial, encargado de llevar los pasajeros del tren, a la Estación del Ferrocarril en Duran.

El Galápagos, zarpaba, a las 5 am. (puntualisimo). Unos 30/40 minutos, hasta una hora, le llevaba cruzar el Río Guayas y acoderarse en el muelle de Duran.

Bajábamos al muelle respectivo, en Durán y caminábamos una cuadra, cuadra y media a la estación de los Ferrocarriles en durán,, hasta ubicar el correspondiente vagón de pasajeros del tren, que nos llevarían finalmente hasta Ambato.

El ferrocarril  también salia puntualmente a las 7am. Ya  los colchones, las almohadas y las grandes colchas de lana, -las llamábamos borregas- y trastos de cocina, ya el día anterior, habían sido despachadas vía terrestre, en las empresas de transporte, ambateñas,  qué hacían el servicio “puerta a puerta”, acompañado de los empleados de la familia.

Para nosotros, muy chicos al inicio, y algo más jóvenes después, estos viajes eran deseados, más que por la largueza, -12 horas aproximadamente-, por lo variado de las circunstancias, hechos y experiencias vividas. La familia iba preparada con sándwiches de pavo o chancho, galletas y colas, para no tener que comer en ningún lugar de las estaciones ferroviarias.

Viajábamos muy felices, hasta llegar a Sibambe. Ahí, no solo el frío, sino el miedo, nos congelaba la sonrisa: empezaba la subida a la “Nariz del Diablo”.

Que miedo, mirando desde las ventanas del vagón de pasajeros, la subida en zig-zag de este cerro gigante, -cuyo tren había sido reforzado con dos locomotoras delante, y dos detrás- que además era (es) una Roca gigantesca, donde la Estación de Sibambe, (abajo), cada vez se alejaba más de nuestras vistas, hasta llegar a la cima de esta cumbre.

Cumbre que significaba que ya estábamos en la cima de la Cordillera de los Andes, esto es, empezaba nuestro viaje en tren por los poblanos de la serranía ecuatoriana.

A ponerse los suéteres de lana, las chompas, cerrar las amplias ventanas (en realidad se bajaban, en el calor, y se subían en el frío).

Nos aterraba pasar por los páramos de Urbina, precedido de Grandes Zonas áridas y extensos arenales. El clima exterior, extremadamente frío, pero también nos alegrábamos, por cuando después de este “desagradable” paso, sabíamos que nuestro destino final, AMBATO, estaba próximo a llegar.

Efectivamente, a las 6H30 de la tarde, el tren hacía su estación en la terminal ferroviaria de Ambato. Nuestro viaje había terminado.

Todas las maletas, iban en una camioneta grande o un camioncito, que se contrataba, con los empleados/as.  Los demás miembros de la familia y amigos invitados (15), en ocasiones, más 1 o 2 amigos/as jóvenes, muy queridos de mis tíos, invitados. los grandes y chicos, en taxi, hasta la ansiada villa, que el señor León Becerra, se había encargado de alquilar, y ahí nos esperaba.

La “operación retorno”, se realizaba entre el 25 o 26 de abril, de esa    vacación. Tiempo suficiente para comprar, ya en Guayaquil, los libros del año siguiente, los uniformes y la forrada de libros y cuadernos, de la que eran expertas mi abuela y mi madre..

Después, esos viajes, los realizábamos en los autoferros, unidades ferroviarias, pequeñas, autopropulsadas y más veloces que el tren.

El viaje en Autoferro a Ambato, tenía similares características, que los narrados por tren, solo los tiempos por los mismos lugares variaban. A Ambato llegábamos a las 3H30, pm. con la puntualidad, propio de los europeos; (Ingleses o Alemanes).

Así, cada dos años, la historia se repetía. El último que recuerdo, tenia cercano a los 18 años, el último de mis viajes con mi familia y de la familia García Calderón.

Por cierto, viajes y vacaciones inolvidables, materia del recuerdo, en las tertulias familiares con mis primos/as. En alguna ocasión, llegamos al Barrio San Antonio -un barrio residencial, más nuevo en un zona  alta, no muy lejano al Estadio de fútbol Buenavista. En otra ocasión, -la única-, llegamos a una casa del Centro de Ambato, cerca del Club Tungurahua, no lejos del Parque Montalvo, donde ya jóvenes, nos preparábamos para la famosa Verbena.

Eran otros tiempos aquellos en Ambato, donde se jugaba carnaval, “salvajemente”, tres días seguidos, con baldazos de agua fría, con globos inflados con agua, para lanzarlos a los pasajeros de los buses, o a las personas que andaban a pie,   con ocho días de anticipación y por supuesto con talco y papel picado. Terminaba el asunto el Martes en la noche, con una gran fiesta barrial, -en casa de amigas- con los correspondientes “canelazos”.

Después les llegó la civilidad a los Ambateños, y unificaron el carnaval, con la “Fiesta de las Frutas y de los Flores” (FFF), pero, la familia, cambió su destino para vacacionar, solamente a la playa.

Viajes a Playas o a Libertad,  que inicialmente los comandaba mi madre, que se encargaba de alquiler una casa grande, y al igual que, como lo hacía mi tía Amanda de García, invitaba a nuestros primos/as, todos ellos mayores a mi.

Después, ya jóvenes, lo hacía cada cual por su cuenta, invitado por familias amigas o parientes.

Ya casado, vacacionamos con mi esposa e hijos pequeños, en la Isla Costa Rica, del Archipielago de Jambeli, llegabamos a la Casa de playa de mi suegro Don Nelson Romero Pereira. Viajes que concluyeron cuando empezaron los problemas con nuestro vecino, PERÚ.

Años después, con Nacho y Margarita, salimos desde el S.Y.C, en su yate, -el Tia Nina-, hasta dicho lugar. Todo había cambiado.

El retiro de las familias orenses y de los pescadores de ese lugar a otros sectores de la Isla, y de las familias de ahí, en su éxodo a Puerto Bolívar y eventuales turistas Machaleños, Santarroseños y Cuencanos, dio inicio al desmejoramiento de las casas de Playa privadas, que las ocupaban sin autorización y luego, el ejército ecuatoriano que en tales casas de playa se hospedaban, los jerárquicos superiores, y posteriormente pescadores y pobladores cercanos y foráneos que abusivamente las ocupaban.

Después de la Guerra del Cenepa, el Municipio de Santa Rosa, a cuya jurisdicción catastral pertenecen tales inmuebles, desconoció tales propiedades a sus legítimos propietarios, para  implementar programas turísticos y supuestos Resorts, que hasta la presente fecha los han construido.

La propiedad privada, en la ruralidad, no tiene garantías efectivas, cuando no la utilizas, salvo que tengas un pareja de empleados el año entero, que te la cuiden y te la limpien, sino, te la van destruyendo o robando poco a poco.

Es una pena, pero es la realidad ecuatoriana.

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