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Hace pocos días fui invitado a dictar una conferencia sobre las Relaciones Exteriores del Ecuador. En dicha conferencia y a consecuencia de la designación del ex Presidente del Banco Central Carlos Vallejo como Embajador del Ecuador en Italia se me preguntó sobre la importancia que tiene para nuestro país el nombramiento de los Embajadores y la trascendencia de que en su designación exista un equilibrio regional, motivo por el cual llegamos a las siguientes conclusiones que considero importante compartir con ustedes:

Es importante recordar que la costumbre de enviar embajadores o emisarios de un país hacia otro es, muy antigua, y se practicaba en las civilizaciones mesopotámicas hitita, egipcia, etc. Más, tuvo que transcurrir mucho tiempo para que el Servicio Exterior adquiera gran parte de las características que tiene actualmente.

Precisamente fue después de la Paz de Westfalia, concertada en 1648 que se hizo hábito la existencia de las misiones diplomáticas permanentes. Asimismo, al separarnos de la Gran Colombia y formar el Estado del Ecuador en el año de 1830, y seguramente por lo escaso de los recursos fiscales se entregó al Ministerio de Gobierno la capacidad de dirigir también el Servicio Exterior, motivo por el cual se lo denominó Ministerio de Gobierno de lo Interior y Exterior. Posteriormente, en el lento desarrollo de nuestra institucionalidad, se creó el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Por otra parte, en la denominada “cuota política” han existido nombramientos de guayaquileños que sin haber pertenecido a la carrera diplomática eran ciudadanos de reconocido prestigio tales como Antonio Parra Velasco, José Vicente Trujillo, Leopoldo Benites Vinueza, Luís Orrantia González, Antonio Parra Gil, Guillermo Wagner Cevallos, Miguel Roca Osorio, Juan Doumet Antón, Reynaldo Huerta Ortega, Enrique Boloña Rodríguez, entre otros.

Además, al Servicio Exterior, así como a puestos de importancia deben de ser cubiertos por hombres y mujeres de preparación académica notable experiencia y limpia trayectoria. El embajador representa a nuestro país y tiene que poseer la prestancia necesaria para ello.

Por las razones antes expuestas, esperamos que el Gobierno de la “revolución ciudadana” recuerde la obligación que tiene de escoger meticulosamente la calidad de los nombrados, recordando que el Servicio Exterior no es una dádiva, una canonjía, sino una responsabilidad republicana. Ojalá procedan en ese sentido en beneficio del Ecuador.