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Roberto Yturralde

Desde semanas atrás se viene produciendo una discusión de “Grafiteros y Creativos” con la Municipalidad de Guayaquil. Los unos hablan de reprimir el derecho a expresarse, los segundos mencionan la Ordenanza y el derecho de los otros. Y, en esto, también envuelven lo del “sexo explícito” del Salón de Octubre y los burros aparecidos posteriormente.

Tocar estos asuntos implica e indica una profunda dedicación temática para lograr justicia equilibrada en las relaciones Arte – Ciudad. Eso no lo pretendemos en este comentario. Solamente aspiramos a opinar, desde afuera, sobre un escenario espinoso y quizás –sólo quizás- manifestar un punto de vista distinto para ver y mirar el arte urbano.

Es harto evidente en los resultados que, las medidas tomadas para reducir los delitos no son las mejores ni las más eficientes para reducir la inseguridad y el miedo en nuestra Ciudad.

No permite sorpresa que un asunto tan importante, tan esencial para la convivencia urbana, tan presente en los escenarios políticos, administrativos, medios de comunicación y en el diario vivir, se maneje como objeto inútil para fomentar la seguridad y la demanda de acciones que contribuyan a la tranquilidad ciudadana. La percepción, desde afuera, indica que, al usar los mismos controles y sistemas de siempre, se alejan de una visión global ajustada al accionar de los actores urbanos.

La inseguridad es una preocupación constante. La seguridad es una política de estado y un mandato constitucional. La tranquilidad ciudadana es un derecho irrenunciable e irrevocable.

“Deficiente uso de espacios públicos para la cultura” reza el titular del diario EL UNIVERSO del domingo 4 de Julio del 2010. No está alejado de la realidad. Pero y tampoco explica el porqué del no-uso de los mencionados espacios por parte de los usuarios citadinos.

Los entrevistados basan el poco uso en la falta o la limitación de los presupuestos de sus respectivas Instituciones. Cierto, muy cierto, desde su punto de vista. Aún se piensa que son las Instituciones Urbanas, Municipales o Gubernamentales, quienes a través de sus presupuestos logren activar una “cultura popular”. Visto así, no existe presupuesto que alcance.

“Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.”

Albert Einstein

Hablar de Arquitectura frente a las épocas de crisis, o, de las crisis afectando a la Arquitectura, resulta un poco tardío por decir lo menos. La Arquitectura de innovación para el bienestar del ser humano parecería haber pasado de moda, quedado hace una década (¿?), y, entrado en una lujuriosa competencia de formas y fanfarronadas entre los monstruos del márquetin, el dinero y el poder.

La fiereza con la que fue anunciado el fin de los tiempos para el problema de la no posesión de un cobijo familiar en la “Patria de todos”; el arma temible y, a la vez gloriosa, de los bonos de la vivienda, incrementados con solera; el discurso encendido y patriota –entendiendo las buenas intenciones del Presidente-, se están diluyendo en los más antidiluvianos problemas domésticos que este País haya presenciado.

Hace ya algunas décadas, el Capitán del Pueblo (Carlos Guevara Moreno) imponía un nuevo ritmo de manifestación callejera con el accionar de sus mítines relámpagos en los escenarios urbanos de Guayaquil. Los policías se dislocaban el cerebro porque nunca sabía en cuál esquina les aparecería un nuevo grupo de manifestantes. El Capitán enseñó nuevas formas de hacer política, de expresión popular y hasta de oratoria.

Hoy día los opositores a la Ciudad usan a los resentidos, prematuros o tardíos, para que esgriman su inconformidad frente a un escenario urbano que, si ellos fuesen un poco más positivos –y proactivos, por supuesto-, les otorgaría un sin número de posibilidades de desarrollar un destino evolutivo...

Estamos gritando frente al mar sin recibir ni un eco de respuesta. Estamos gritando frente al mar a un barco lejano que pasa por el horizonte; a una gaviota que no detiene su vuelo; a una ola que no afecta su ritmo. Somos un coro de independientes y autonómicos que pretendemos llegar a solistas, a ratos pasando por pacatos. Somos, en fin, parias políticos que sin un andar acompasado y sin dirección claramente marcada intentamos llevar una plástica banderita de protesta hasta los sordos oídos de quienes nos estropean cada día y desde hace un año.

Este constante jorobar al que nos tienen sometidos nos hace reaccionar. Cada uno a su modo intenta protestar por las patadas recibidas en partes pudendas, por los puñetazos en el rostro, por las descorazonadoras formas de “hacer País”. Cada guayaquileño es su propio grupo de “a uno”. Nos disparan desde todos los ángulos y la reacción, nuestra reacción, sigue siendo la misma. Arribamos a una natural conclusión: Vociferar no sirve para nada. Vociferar “in situ” es inútil es marchar en el propio terreno...

“ Las  consecuencias de las acciones políticas, sociales y económicas que, por tantos años se abaten sobre nuestro País, nos empujan hacia la primitiva supervivencia diaria, a la imaginación sin pasado y al pensamiento sin futuro.   Consecuencia: la decapitación cultural de las generaciones nacientes y la futura esclavitud intelectual.   Un pueblo que invierte en Educación y Cultura, aunque sea tangencial y en los peores momentos, tendrá siempre una salida creativa.”

“ (El Museo de los Niños)… Es cívico. Es abierto. Es estimulante. Es experimental.   Recupera la cultura viva y cotidiana de la Ciudad, la amplifica para aceptar los retos y códigos de un mundo que cambia en cuestión de segundos. Si no podemos competir con la velocidad de los tiempos, si podemos inducir, a hijos y nietos, a la utilización gradual de los recursos generados por los mundos desarrollados.

“Se acabaron las momias que no pueden ser tocadas, los libros que no pueden ser leídos, el arte que no se puede pintar, el internet que no se puede explorar.   ¡Todo lo contrario!   Se prohíbe no tocar lo intocado.   Es un Museo cambiante e interactivo, desmitifica lo ya digerido por los “mass media” o los museos de viejo cuño.

Esto lo escribimos – a propósito del Museo de los Niños-  allá por el año 1999 y fue publicado en diario El Telégrafo en el mes de Julio.

¡Qué gran noticia el saber que de la Ciudad se erradican los Casinos en las zonas regeneradas! ¿Qué van a decir ahora los ludópatas del escándalo, la algazara y el desconocimiento del agua salada para los acuarios?

¡Qué gran noticia el escuchar que hablamos de construir el Museo de los Niños en el Malecón Simón Bolívar!   Este artefacto Urbano-Arquitectónico ya ha sido construido en otras partes del mundo.   La idea y sus realidades han sido probadas por, aproximadamente, cuatrocientas veces.

Las potencialidades de los cinco sentidos serán puestas a prueba.   Los niños podrán manejarse con autonomía, usar sus manualidades, jugar (que es su trabajo) y producir dándole a cada cosa un rol de importancia acorde con su desarrollo y sus posibilidades. No olvidemos: en el Museo de los Niños se aprende haciendo.

Aquí el niño no encuentra libreta de control, ni le otorgan medallas.   Simplemente aprende a su manera. Experimentando y desarrollando espíritu de competencia para consigo mismo.

Es coherente y cívicamente productivo que, la Municipalidad tome a cargo un desarrollo como este que puede ser el inicio o el prototipo de circunstancias más grandes.

“ ¿Qué mejor, para acercar a los infantes a la realidad urbana, que la misma parodia de la Ciudad, de sus “logos”, de su estructura de sus servicios, de sus instrumentos, de sus alternativas re-propuestas en un enorme juego infantil, en donde los visitantes son animadores y animados?

Conciudadanos, no esperemos que otros, de otros países vengan a “darnos pensando, diciendo y haciendo” lo que nosotros estamos en capacidad de iniciar.   No permitamos que las circunstancias nos dobleguen. Pensemos con claridad de futuro porque lo que pasa hoy, mañana quedará atrás.” ( R.Yturralde M. El Telégrafo 1999).

Creemos que el exterior hay suficiente experiencia como para capturarla para nosotros y, sin perder la iniciativa ni el control, desarrollar este proyecto que hoy empieza y su crecimiento es infinito –como la mente de los Niños-.
Las guerras del futuro serán producidas por alimentos, aguas y energías.   Parte de esta aseveración la estamos viviendo actualmente y no es necesario ser muy inteligente para notar hacia dónde se dirigen los esfuerzos de los países desarrollados y qué están tramando.   Mientras algunos países pobres pero suertudos –como nosotros (¿?)- nadan en momentánea riqueza petrolera y hemorragias palabreras, otros más viejos, avanzados y precavidos, ensayan y desarrollan nuevos tipos de energías, formas de alimentación y conservación del agua.

De otra parte, reduciendo el nivel de las aseveraciones anteriores, pensemos en nuestra Ciudad y en nuestra Provincia.   En su futuro como conjunto de espacios poblados urbanos o no que, para sostener sus anhelos de autonomías, deben invertir en un desarrollo sostenido, sostenible, sistémico, globalizado (por lo menos en nuestro entorno).  

Debemos aprovechar ahora que, a través de una liposucción geográfica, se han reducido nuestros territorios de responsabilidad sin mayor detrimento de los ingresos.   Aprovechemos aquello para endilgarnos algunas responsabilidades a cumplir durante el primer cuarto del siglo XXI.

Nuestros Líderes y cabezas capitales, sin descuidar la minucia politiquera del diario acontecer, deben superponer una visión de futuro y una misión de servicio presente, a todo intento de acallar con embrujos momentáneos y solicitudes atrabiliarias (por decir lo menos) de división del pensamiento emprendedor de los guayasenses.   Para muestra de lo dicho, miremos la solicitud de hacer de la Empresa Eléctrica una institución estatal.

Visto así, la conclusión es fácil y la acción difícil.   No imposible.

El Concejo Provincial del Guayas y la Municipalidad de Guayaquil, como instituciones jurídicas y emblemáticas, tienen que tomar la posta del desarrollo.   Eso significa seguir avanzando al galope tendido en los proyectos de presente, mientras se los protege con fuego de artillería de largo alcance.   Este fuego de artillería –que no es más que un símil- es la afirmación del lanzamiento de nuevas ideas, nuevos proyectos, nuevas modernidades.

Ya se ha probado que Guayas puede conseguir lo que desea.   Ya se ha mostrado que Guayaquil es Ciudad abanderada del desarrollo.  Pero –y este es un pero sorpresivo, como alacrán caído del techo- ya debemos ir pensando creativamente, distintamente, agresivamente y ambiciosamente.

Todo lo mencionado, anteriormente, es polvo al viento si no aventuramos algunas ideas que marquen un derrotero:

  • Islas de Energía: de alguna manera, los países y ciudades ubicados en los niveles enemundistas, podemos sacudirnos de nuestras dependencias energéticas.   Son sitios en donde se ubican todas las clases de energías posibles, renovables o no, que aseguren los abastecimientos de los sectores de consumo.   Podríamos empezar por la Santay.
  • Recorrido Provincial Periférico: formidable sería poder contar con un cinturón vial que recorra la Provincia del Guayas recogiendo –por mallas y transversales de carreteras vecinales-  la producción agrícola, artesanal, industrial, etcétera, de los diferentes pueblos y recintos guayasenses.   Esto puede ser una autovía o un ferrocarril, o, ¿Porqué no los dos?
  • Ruralizar las Ciudades, urbanizar los Campos: viejo principio de Frank Lloyd Wright.   Incrementar la oxigenación urbana (en todo sentido) y otorgar a las áreas rurales la categoría de Ciudad con todas las amenidades y servicios con que cuentan las urbes.   Esto, indiferente del tamaño físico y utilizando hasta el último centímetro de suelo.
  • Desarrollo de zonas de Playa: No es mucho lo que nos ha quedado. Pero la geografía y la historia nos demuestran lo que se puede lograr en turismo frente al mar y en áreas muy pequeñas.   Todo es cuestión de creatividad y fe en nosotros mismos.

Estas son solamente algunas ideas sueltas que iremos desarrollando en posteriores entregas, pero hay más, mucho más: Aeropuerto intercontinental y puerto de aguas profundas –que suponemos en fase proyectual-; Mini terminales terrestres fabricando una red de transporte y movilidad ciudadana; granjas flotantes; dragado de ríos y protecciones laterales – aprendamos de los pueblos que están bajo el nivel del mar-; redes consultoras de adultos mayores; en fin hay tantas y tantas ideas y bocetos mentales como para convertir a esta pujante y fértil Provincia en un gran hermanamiento de pueblos y ciudades que implanten una verdadera globalización al interno.

Discutamos algo menos las situaciones políticas y actuemos más sobre nuestras posibilidades de desarrollos creativos.
“No existe en el País la suficiente cantidad de botes de goma”, “la culpa es de los anteriores que no hicieron el mantenimiento de los canales”, etcétera, etcétera, etcétera.

¡Tanta inutilidad!

Para la primera aseveración –que garantiza la ineficiencia ministerial- bastaba con ordenar un avión de las Fuerzas Armadas y comprar los botes en Colombia o Perú en donde dicen que existen en cantidad suficiente.   No había que dejar pasar tres semanas o un mes desde que se produjo la inundación, para salir a decir que “no hay botes”.

Para la segunda aseveración –que también garantiza la ineficiencia burocrática-. Ha pasado un año desde que se sentaron en el cargo y no es tiempo de estar endilgando culpa a inútiles anteriores.    Pensamos que, si el Presidente es un Ejecutivo, debe rodearse de personas ejecutivas y no de sensualistas de cuentas que se pasan verificando, todas las mañanas, si la pierna que les amputaron hace veinte años aún continúa pegada a su ingle.

Mientras la burocracia cuenta y no decide, mientras elucubra y no soluciona, mientras dulcifica su estadía en el cargo y se maquilla para las fotos, gran parte de este Ecuador –que aseguraron, y aseguran a cada momento, ya es de todos- se está ahogando en cenizas volcánicas o en agua excedente.   Bien haría el Presidente en mandar a su casa a unos cuantos que no participan de su velocidad, o, que son obsecuentemente obedientes no deliberantes, o, que se preocupan de dorar la píldora para justificar sus impertinencias burocráticas.

La inutilidad y la ineficiencia son tanto o más repulsivas que la corrupción.   La inutilidad es una enfermedad cerebral.   La ineficiencia es, también, una forma de corrupción flagrante.

No somos los ciudadanos los que tenemos que preguntarnos.   Son las altas esferas la que deben cuestionarse el porqué de tanta ineficiencia en CEDEGË, en CORPECUADOR, en el Ministerio del Litoral y en todas aquellas instituciones que tienen que ver con las emergencias.   Si las anteriores administraciones han sido cuestionadas, porqué en esta -que es verdadera- campea, olímpicamente, el Jurasic Park mental con toda su fauna.

Si el hijo se corta la cara, el padre lo lleva inmediatamente a la clínica para que sea curado y suturado.   Después se preocupa del costo de la atención médica.  

¡Una emergencia, es una emergencia!

Si los compatriotas se están ahogando con agua o polvo, si el ganado se muere o asfixia, si las casas se destruyen, si los ríos se salen de curso, si los volcanes se les ocurre eructar, si el Gobierno declara una emergencia (como debe ser en este caso), lo natural, lo intuitivo, lo racional, lo humano es actuar sobre la marcha y no sentarse a pensar en la inmortalidad del cangrejo, ni en los huevos del gallo, o, en contar o los muertos, o, en conocer cuantos opositores están damnificados.   Simplemente hay que actuar con soluciones.   Los seres humanos están sobre el precio del petróleo o las mentiras televisivas.

¡Una emergencia es una emergencia!

La situación bien vale una frase para el Presidente: Ocupe a los mejores ciudadanos porque ya pasó el año de las cancelaciones políticas.   Ahora hay que resolver.
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