Corrían los tiempos de la llamada partidocracia; exactamente el 16 de enero de 1987, el presidente Febres Cordero, en la Base Aérea de Taura, había sido secuestrado; ya en la tarde, después de un día de tensiones para el país, Febres Cordero era liberado. En Guayaquil, sus seguidores le habían preparado un recibimiento, esperaban que sea apoteósico; la gente era traída desde los suburbios para engrosar las filas del recibimiento; este trabajo lo hacían los “líderes” que promovían invasiones, entre otros destacaban Balerio Estacio, Jaime Toral Zalamea y Carlos Castro. La pobre gente que estaba obligada a acudir a donde se les ordenaba, tenían la esperanza de que se haga realidad el ofrecimiento de un pedazo de tierra y poder construir una modesta vivienda; no importaba la extorsión y maltrato de quienes controlaban estos asentamientos, no asistir a la manifestación ordenada significaba perder el solar que les habían sido asignado; para estos extorsionadores era su modus vivendi; los políticos de turno en el poder les habían otorgado patente de corso, ellos tenían la obligación de “sacar a la gente” para las marchas y contramarchas.

Según los líderes de la llamada revolución ciudadana, ese tipo de extorsiones y chantajes se hacían en los gobiernos de la partidocracia, eran otros tiempos; según ellos ahora corren otros aires, nos gobiernan los líderes de manos limpias y corazones ardientes; nos han dicho en su propaganda permanente, abusiva e invasiva que las manifestaciones de respaldo a su líder son demostraciones voluntarias de sus seguidores, al grito de “esto no es pagado”; pero la realidad es otra, se sigue con la misma práctica de la narrada y es más, sin pudor ni vergüenza se ordena a los servidores públicos a salir a respaldar al gobierno; algo patético es la carta que enviara al presidente Correa el gobernador de Morona-Santiago, pidiendo la destitución de una veintena de funcionarios públicos que no habían acudido a la contramarcha en respaldo del régimen. El presidente Correa, respaldó el pedido de remoción y sin rubor, manifestó: “Todos deben tener esta visión política. El que no esté comprometido, tendrá que ser separado del cargo”.

Visto así, los tiempos de la partidocracia son apenas un pálido reflejo de lo que son los tiempos de la llamada revolución ciudadana.