He llegado a la conclusión de que no podríamos vivir, cualquiera que fuere nuestra edad , sin cuentos y sin juegos. Vibraba mi espíritu al escuchar en la escuela la heroicidad de Abdón Calderón , quien, sin brazos, aferraba con sus dientes nuestra bandera en el fragor de la batalla final del Pichincha. Juraba repetir su ejemplo si esas mismas circunstancias se me presentaban.

Luego comencé a distinguir entre la realidad y la posibilidad de las cosas y, ya en mi adolescencia, vislumbré que en el país existía una especie de hemiplejia intelectual de la que se aprovechaban políticos e historiadores. Comprendí, incluso, que la historia no había sido narrada – peor interpretada – con sobriedad y aseo mental y que la fantasía había primado sobre la verdad y trascendencia de los hechos. Con el pasar del tiempo, alteré mi particular diagnóstico: la distorsión de la historia no obedecía sólo a razones intelectuales sino principalmente éticas. Respondía a intereses regionales, a las subjetividades y ópticas de sus relatores.

Los cuentos han seguido llenando nuestra vidas. Algunos, inocentes e inocuos ; otros, perversos y trascendentes. Juegos y hechos fundidos en pasajes históricos que una élite se encargó de jerarquizarlos, disminuirlos , borrarlos , deformarlos , maquillarlos y etiquetarlos , para luego convertirlos en historia.

El concepto de Revolución es uno de los más manoseados durante los dos últimos siglos y he tomado arbitrariamente como punto de partida la Revolución Francesa ,conceptuada mundialmente como la revolución a seguir. Hoy, sin embargo, se la cuestiona en sus resultados filosóficos: la libertad y la igualdad no se hermanan muy bien. La libertad ha servido para acentuar las desigualdades. La igualdad impuesta sólo ha servido para enervar las libertades.

Ambas se encargaron de que la Revolución Francesa desemboque en el imperio napoleónico. El nazismo fue concebido como una revolución política que le salió al paso a otra revolución en marcha : la comunista. Aquel, proclamando el advenimiento de una raza superior ; la marxista, sublimando la explotación social de los pobres del mundo. Las dos fracasaron ignominiosa y estrepitosamente . No tuvieron respaldo ético ni razones técnicas e históricas que las asistieran. Demostraron que sus “razones prácticas” habían dado la espalda a la razón pura y legítima. La revolución del siglo 21 , en paises como Venezuela y Ecuador – al igual que lo ocurrido en la URSS y paises satélites – , sólo ha probado que unos las proclaman y otros los que se benefician de ellas.

Hoy retrotraemos la mirada 200 años y se habla de la “revolución quiteña de 1809”. Hasta escuché a una locutora de un canal de televisión gubernamental , referirse a tal fecha como la de la independencia de nuestro país. Paulatinamente se ha ido magnificando el significado de una gesta que pudo haberse adscrito a lo que hoy llamaríamos “golpe de Estado” – similar al sufrido por Zelaya – o, al menos, como un intento de otorgar autonomía administrativa a una Colonia, cambiando el fichero gubernamental de la Audiencia de Quito. A esa conclusión debemos llegar cuando esa élite quiteña , al integrar la Junta Suprema , anunció gobernar “interinamente a nombre y como representante de nuestro legítimo soberano el señor don Fernando Séptimo y mientras Su Majestad recupere la Península o viniere a imperar en América”.

Su lealtad al Rey se reitera al titularse representantes de aquél e imponerse un “juramento solemne de obediencia y fidelidad “, obligarse a sostener “los derechos del Rey” , y a dar “ guerra mortal a todos sus enemigos, principalmente los franceses”. Se dispuso la organización de “una fuerza militar competente para mantener el Reino” y, finalmente, se “ennobleció” la denominación de los cargos que en el mismo acto se adjudicaron : Juan Pío Montúfar, presidente de la Junta, fue Alteza Serenísima ; y sus colaboradores cercanos, Su Excelencia, Usía Ilustrísima , Su Señoría, etcétera. Hubo razón para deshacerse de una administración decrépita y corrupta, reemplazándola con otra del lugar. La ocasión era propicia : el rey de España había sido destronado por Napoleón. Mas, el “grito” no fue independentista. Un proceso libertario nunca puede comenzar declarando sumisiones y dependencias, a menos que se incurra en repudiable hipocresía , ajena a la nobleza de una gesta libertaria.

Así y todo, lo pagaron caro y el intento de asumir la administración sujeta fiel y obedientemente a una monárquía, se quiere apreciar como aportación a la causa que, una década después, con Bolívar y Sucre a la cabeza, concretó los ideales independentistas y libertarios. Eso debiera bastarnos, ¿verdad? . Mas, se ha llegado a solicitar que se considere a Montúfar, la “Alteza Serenísima” del cuento , como primer compatriota jefe de gobierno , precediendo como tal a Vicente Rocafuerte. Y que el retrato de aquél ingrese al Salón de los Presidentes en Carondelet.

La lección positiva que dejaron los quiteños de 1809, es que una administración corrupta y viciosa, por legal que fuere su origen, entraña una usurpación que la deslegitima y debe, por ello, ser reemplazada. Es un ejemplo válido y vigente que debiera inducir a muchos gobernantes a poner sus barbas en remojo. Nuestro Presidente, habilidoso orador y sagaz político , sigue cantando a la fracasada revolución cubana y remece los sentimientos de nuestro pueblo insatisfecho , convenciéndolo de que pronto será parte del poder popular (¿?) y así impedir el retorno de la oposición neoliberal. Por ello, cuando la institucionalidad hondureña en pleno expulsó a la corrupta y deslegitimada administración de Zelaya, haciendo lo mismo que nuestros quiteños de 1809, la condena febril y entrometida de Correa sobrevino para renegar de lo que, en definitiva, fue una operación de limpieza moral ejecutada con éxito por la oposición.

El golpe de Estado que los quiteños dieron con fugaz éxito , Correa no lo condena . Pudo haber dicho, en su hiriente y desbocado estilo, que fue dado por marqueses y pelucones (en verdad lo eran) , en defensa de sus personales intereses ; pero prefirió sumarse a la corriente oficial y tradiciónal . Su meta real es copiar el fracaso de la revolución cubana y cubanizar al Ecuador..Ya Repartieron banderas cubanas, se cantó al sanguinario Che Guevara y sólo falta jurarle obediencia al conductor de la revolución cubano-marxista-bolivariana, Su Alteza Serenísima el patán Hugo Chávez