Historia Internacional Opinión

Ingenuidad genocida

Otto Adolf Eichmann llevó a la muerte a más de cinco millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Fue juzgado en Jerusalén en 1961 y encontrado culpable de crímenes contra la humanidad. Lo condenaron a muerte y ejecutaron en la horca en 1962. 

Eichmann aceptó sin remordimiento haber planificado y coordinado el transporte de aproximadamente cinco millones de judíos, desde la Europa ocupada por Alemania hasta los campos de concentración y exterminio. Estaba orgulloso de la eficiencia con la que había obedecido las órdenes de su líder supremo, Adolfo Hitler. Según Eichmann, él había cumplido moralmente su deber al acatar las órdenes superiores sin cuestionamientos, implementando los procesos necesarios para cumplirlas, sin realizar juicios de valor sobre las consecuencias de sus acciones.

Hanna Arendt fue una filósofa judía que estuvo presente, reportó y analizó el juicio. La retorcida superficialidad de Eichmann la llevó a desarrollar una polémica pero certera teoría sobre la maldad: muchas acciones con resultados aberrantes se llevan a cabo por enfocarse ingenuamente en comportamientos promovidos por la sociedad o la autoridad, dejando de atender a las consecuencias de los actos. Sobre esta premisa, la maldad se podría llevar a cabo en ausencia de intenciones dañinas, sino porque la obediencia y conformidad social empujan a ignorar los resultados negativos de una conducta.

Eichmann fue encontrado culpable sobre la base de una ética diferente: que la calidad moral de las conductas no se encuentra en la obediencia irreflexiva a la autoridad o a lo que dicta la sociedad, sino que es necesario profundizar en el resultado, el beneficio o daño de las acciones. Según Arendt, el mal carece de esa profundización fundamental.

Basada en esa banalidad, Arendt aseguró que Eichmann no fue necesariamente un monstruo, sino una persona normal que actuaba sin pensar y se limitaba a someterse a la autoridad. Al hacerlo se alineaba con el mal, al cual era incapaz de reconocer en el pensamiento dominante de su sociedad. 

Se podría alegar que Eichmann fue adoctrinado por años, que el totalitarismo nazi pesaba sobre él y que una poderosa autoridad lo obligaba a obedecer sin cuestionar, bajo riesgo de perder la vida por insubordinación. Entonces, cabe preguntar científicamente qué validez tienen los principios de Arendt sobre personas mentalmente sanas, comunes y corrientes, ajenas al totalitarismo, cuyas vidas no dependen de la obediencia.

Bajo la influencia de las mismas declaraciones de Eichmann, el Dr. Stanley Milgram realizó un famoso experimento. Puso a prueba la obediencia de ciudadanos comunes quienes, siguiendo las instrucciones de un científico, debían aplicar una secuencia de choques eléctricos cada vez más intensos a otra persona que acababan de conocer. A pesar de escuchar gritos de dolor y pedidos de no seguir adelante, el 100% de los sujetos estudiados continuó activando choques eléctricos hasta llegar a 300 voltios (vale recordar que un tomacorriente tiene 110 voltios). El 65% de los participantes activó hasta el último interruptor etiquetado con “450 voltios PELIGRO CHOQUE SEVERO XXX,” inclusive cuando la otra persona había dejado de dar señales de vida. *

Los resultados del experimento de Milgram confirmaron la superficialidad del mal en personas mentalmente sanas y libres de coerción o adoctrinamiento. Se mostró que el sujeto común obedece a una autoridad que acepta voluntariamente como válida, y se siente comprometido a realizar las conductas que le son señaladas, sin sentirse responsable por sus consecuencias. 

Parafraseando a Arendt, no es que el sujeto tenga mal corazón, sino que no piensa, es ingenuo y superficial. Es solo al profundizarse lo suficiente para valorar positiva o negativamente los resultados del comportamiento, cuando se actúa de acuerdo con un pensamiento capaz de distinguir el bien del mal. Milgram mostró que la mayoría de las personas comunes no llegan a este nivel de profundidad, y que un porcentaje menor logra pensar y actuar responsablemente, pero a menudo lo hace demasiado tarde. Esta característica de la humanidad ha permitido que pueblos enteros participen ingenuamente en crímenes masivos y terribles genocidios.

* En el experimento, el científico y la persona que simulaba dolor eran actores. Los choques eléctricos también eran falsos, pero el sujeto que los accionaba no lo sabía.

 

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