Como lo indiqué la semana pasada, estos tres lunes los quiero dedicar a la mujer más hermosa y maravillosa del mundo. Después de presentar el poema de Rafael de León la semana pasada, quiero ahora presentar una poesía de Héctor Gagliardi, poeta argentino del que ya hablé el 20 de febrero cuando publiqué su poesía “El Padre”. Quiero aclarar que en esa ocasión me equivoqué y puse erradamente el título de la poesía que presento a continuación como “La Madre”, cuando su título real es “Varón”.

Esta poesía debe llamar a la reflexión a los adolescentes, porque no existe un amor más grande en el mundo terrenal, que el amor de una madre por sus hijos y ese amor, en muchísimas ocasiones es mal pagado, mal interpretado y menospreciado. Esta descripción de la madre, de su abnegación y de su amor es, aparte de real, maravillosa.

Varón

Héctor Gagliardi

Ya sé que te estás peinando
para salir enseguida,
que dejaste la comida
por encontrarla quemando,
que te vestís ensayando
ese paso que aprendiste
y todo lo que pediste,
tu madre lo va alcanzando.
¡Cómo sabe la viejita
lo que tu apuro reclama!
Te dejó sobre la cama
tu camisa favorita,
bien planchada, prolijita,
al lado de la corbata,
mientras raspa en la solapa
el lunar de una manchita.

¡Es claro que no lo ves!
Para vos no es importante,
para vos lo interesante
es el llegar al café,
donde triunfan los express,
el dominó, los dados
y el humo de los cigarros
le ponen toldo a un mashé.

Allí está la muchachada
del partidito al billar
después te irás a bailar
para caer de pasada
al volver de madrugada
otra vez por el café
y entrar a tu casa recién
con la gente levantada.

Lo que te pasa no es raro,
estás en la edad incierta
del chico que se despierta
teniendo pantalón largo,
en ese peldaño amargo
de la escala de la vida,
que por mirar hacia arriba,
se olvida lo que pisamos.

Es claro que sos muy dueño
para eso trabajás
y hasta de llapa entregás
la cuarta parte del sueldo.
Por eso es que a voz en cuello
tenés derecho a gritar:
La toalla, ¿donde está?
¡A ver si me traen pañuelos!
¡Sos el hombre de la casa!
la esperanza del mañana,
que al discutir con tu hermana
la hiere tu desconfianza,
que la pone en la balanza
de tu experiencia mezquina,
diplomada en una esquina,
molestando a las que pasan.

Que si tu padre protesta,
Por la vida que llevás,
enojándote, te vas
tirando la servilleta,
sin ver que tu madre inquieta
llorando corre a buscarte
y que te moja al besarte
cuando te alcanza en la puerta.

Pero decime, ¿Tenés
o no tenés corazón?
O vale más la reunión
de la mesa del café
que ese llanto que le ves
en los ojos a tu madre.
O que esperás, ¿qué sea tarde,
para llorarla después?

… Pero quedate algún día,
una noche tan siquiera,
dejala que ella te vea
y que tiemble de alegría,
que tocándote te diga:
¿está muy dura la almohada?
y que su mano arrugada
te acaricie todavía.

Dale una vez la razón
a quien tanto te defiende,
a quien tanto te comprende
con todo su corazón.
Que se duerma de un tirón,
sin esperar tu llegada,
yo te pido esta gauchada, pibe,
porque he sido igual que vos.