Opinión

La vía a la Costa y los distritos electorales

Al caer las siete y cuarenta y cinco de la noche de un viernes, era ya la hora de salir de mi oficina; y cuando esta llega, con mi maletín sobre el escritorio comienzo a guardar material de lectura para “entretenerme” el fin de semana.

Como es normal, subo, enciendo mi vehículo y comienza una diversión: el manejar con la ventanilla abierta sintiendo el viento golpeando mi rostro, sigue siendo para mí una diversión. Ruedo por Malecón, tomo la calle Loja, para subir por el paso elevado de Julián Coronel, surco los alrededores de la Universidad de Guayaquil y me adentro en Urdesa; pero ¡ojo! todo esto me toma más de veinte o treinta minutos, por desgracia de conductores apresurados e indiferentes que cierran las bocacalles, más semáforos apagados, sin olvidar la complicidad de vigilantes de tránsito acalorados.

Salgo de la a esa hora caótica Urdesa y tomo la apretada Av. Carlos Julio Arosemena, para continuar con la vía a la Costa (ahora conocida como la Av. del Bombero). Allí el transitar se complica un poco más, como todos los habitantes y visitantes de esta zona han sufrido y harto conocen. Antes de que COLISA ingrese a laborar en la zona y luego deje botada la avenida, el lío era la insuficiencia de la vía para recibir la “manada” de vehículos de todo tipo, color, valor y ancho que pululaban y pululamos todavía por los accesos de Los Ceibos para llegar a sus casas y departamentos. ¡Ah, y no olvidemos el quebradero de cabeza que era y es acceder a la Av. Leopoldo Carrera Calvo, arteria que conecta Los Olivos, Ceibos Norte y otros sectores! ¡Pobre Riocentro Los Ceibos y la gente que espera transporte público mientras traga toneladas de polvo!

Pero bien, avanzando lo que el ritmo de la cola enorme de carros consiente, llega un momento en que comenzamos a rodar con más soltura. Unos acelerando desaforados, y otros sorteando con cuidado los agujeros de mortero que adornan la calzada, haciendo placentero el “pasear” por allí. Cómo olvidar las cañas adheridas a bloques de cemento que fungen de señales de “peligro”, cuando en sí ellas son un peligro… Delante mí un Chevrolet Corsa en su mismo intento de llegar a casa a descansar, cae en un macanudo cráter y los ocupantes saltan en el interior como si fueran fréjoles dentro de una lata. La travesía de recorrer la avenida en el tramo que COLISA desarmó y atendió con demoras y que luego abandonó, parece exclusivamente tarea propia de vehículos de doble tracción.

Ahora, pasando por la polvareda que es el sector frente a Riocentro Los Ceibos, y viendo como los paseantes, peatones y los que esperan en paraderos improvisados dirigirse a sus destinos, mientras respiran esa tierra que levantan carros, buses y camiones, me pregunto: ¿Qué pasaría si las ciudadelas apostadas en la vía a la Costa o Av. del Bombero fueran una unidad política con derecho a representación política en el consejo cantonal de Guayaquil? ¿Qué pasaría si una nueva ley de elecciones entra en vigencia en el Ecuador, facilitando la elección de vecinos por vecinos de una parroquia para que sean los representantes de su sector los mandatarios ante los órganos políticos? En primer lugar, tendríamos a quién ir a reclamar directamente por esta desatención manifiesta, como es el caso de la Av. del Bombero. Así de sencillo. Ese vecino que se sienta a nuestro lado en misa; aquella vecina que entra con nosotros al Mi Comisariato o al Megamaxi; ese padre de familia que va a dejar a sus hijos al colegio Javier, a recogerlos al Alemán Humboldt; o el que pasa por la Mobil frente a Los Ceibos o la de Puerto Azul a poner gasolina y tomarse una cerveza. Ese o esa vecina sería nuestro eficaz nexo con el poder político, sujeto, actor representante más directo y eficaz que enterarnos de lo que nuestro municipio hace en nuestro sector y con nuestros impuestos.

En el Ecuador escogemos en sábanas o planchas grandes cantidades de nombres que como candidatos nos ofrecen los partidos y movimientos políticos; pero ni sabemos quiénes son, cuál es su trayectoria y si por lo menos conocen la ciudad o el barrio al que dicen servirán. Imaginemos que las parroquias urbanas (Tarqui, Letamendi, Ximena; etc.) o rurales (Posorja, Tenguel) a las cuales vamos cada 4 años (por lo menos en teoría) a depositar nuestro voto, sirven para algo más que para eso. Imaginemos que sirvan para definir físicamente el sitio, barrio o ciudadela donde uno vive. Imaginemos que por efectos de esta división territorial en los cantones, cada parroquia escoge a un representante político, de una cantidad mínima de candidatos. ¿Cómo sería nuestra relación, como ciudadanos comunes, con el poder? Sería más cercana, menos propensa al descontrol de nuestro mandatario o representante y con un fácil acceso a una verdadera participación democrática.

Lástima. Nada de esto está en el proyecto de constitución de Montecristi. El sistema electoral en plancha quedó intocado. Claro, a la revolución ciudadana le conviene la masa para controlar a los insurrectos y luego calificarlos de infiltrados… Por esto y otras falacias más VOTARÉ NO el 28 de septiembre próximo.

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