Opinión

¡Aborto si! ¡Aborto no!

Sin lugar a dudas, es la peor alternativa la que se está hoy discutiendo en nuestra sociedad; es tan lesivo para la juventud y adolescencia que lleguen a considerar el aborto o no aborto solo como el acto de salvar o no una vida.

Hay algo más sustancial  que ese si  y ese no  y de tanta responsabilidad para padres y maestros, con sus hijos y alumnos, que  en la escala de los valores morales cuente en primer lugar-el respeto mutuo de la pareja humana, considerando la dignidad del sexo.

Creo sin lugar a dudas, que padres y maestros estamos en  el momento más crucial de la vida del mundo, cuando la civilización se debate entre la cultura del sexo irresponsable considerado como lo “de avanzada” y el  aprecio a los principios morales como “lo anticuado”.

Hay  la confusión entre considerar el valor  real de la sexualidad, cual es considerarla una función natural  y noble con la que se cumple el más grande ideal del ser humano: amar y ser amado, creador de la vida; y el del conocimiento solo fisiológico y del encuentro de los cuerpos sin barrera alguna, sin importar las consecuencias de una concepción, cuyo resultado es la desgracia de un niño, que viene sin haber sido deseado, o planificado, y por ende no será amado, sumándolo a engrosar los millones de niños infelices, sin padre y madre juntos, que los ayuden a crecer.

La educación sexual no es  solo enseñar a nuestros adolescentes y jóvenes a usar preservativos o tomar anticonceptivos, sin censurar el libertinaje y la promiscuidad del sexo irresponsable;  sin enseñarles que el amor es un valor sublime que se ha de vivirlo respetando sus etapas, para que la unión de los dos sexos, cuando llegue, sea de dos seres maduros cronológica, fisiológica, emocional y materialmente  responsables,  conscientes de lo que significa darle la vida a un hijo.

Antes que estar enseñándoles a los hijos y alumnos, si hay o no que abortar, hay que enseñarle la sublimidad de la pareja humana en la unión formal y legal que les da a los hijos su derecho a vivir y a los padres los deberes que cumplir.

¡Basta de convertir en heroína a la mujer niña y adolescente que trae al mundo un niño al azar! justo esa niña o adolescente, que aterrada ante ese fruto de una unión clandestina, necesita más protección que nunca para rehacer su vida.

¡Padres y maestros  del siglo actual! Nuestra tarea ahora es otra, más dura que antaño, pero no imposible, enseñarles a nuestros hijos y alumnos a amar, viviendo cada uno de los momentos del amor: desde la amistad, el enamoramiento, el noviazgo considerándose el uno al otro como merecedores de respeto mutuo; en una abstinencia basada en los valores morales y de consideración a la dignidad del sexo respaldados en la guía y cuidado de sus padres.

Enseñar a los hijos y alumnos a honrar a su propio cuerpo y al ajeno; que vivir el amor impulsivo a esa edad, sin pareja fija de matrimonio es solo “hacer sexo”, lo que entraña también  el peligro de destruir su vida como decía Goethe, en Fausto a Margarita “Si hoy lo haces con uno, mañana será con otro y así seguirá al tercero, hasta que pierdas  la cuenta  y terminas siendo…”(¿ ?)

Cuando  sus hijos jóvenes y adolescentes, les digan “anticuados”, no se arredren, ni  crean que para estar in-con sus hijos-han de profesar el libertinaje.

En cada tiempo: hoy o antes, en éste o el siglo pasado, los hijos siempre que sus padres ponía y ponen reglas, normas y principios les decían y les dicen “anticuados”.  ¡No lo nieguen!,  ser más antiguos significa más experiencia, más comprensión  del bien y de la maldad, con más autoridad para prevenirlos, aunque ellos a esa edad se  crean dueños  de las tres i: invencibles, inmortales, e inmunes.

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