23 julio, 2024

La influencia de la música

Evocar a una persona, lugar o momento de la vida al escuchar una canción, o percibir un aroma es normal y frecuente, no citaré ningún «estudio científico» para corroborarlo, ya que estoy segura de que es innecesaria esa obligatoriedad, solo es cuestión de creer en esa sensibilidad humana, a la cual la ciencia aún no acredita ciertas facultades. 

Parte de mi niñez y pubertad se desarrollaron mientras vivía en el sur de la ciudad, pero estudiaba en un colegio ubicado en el norte. Debido a que mi hermano ya asistía al jardín de infantes, casi en el mismo horario, mis padres modificaron la rutina familiar, es así como la hija mayor (10 años) debía levantarse más temprano y caminar junto a papá hasta la esquina donde me recogería el expreso, puntual a las 06:00 a.m.

Era mi primera experiencia en un transporte escolar, esperaba impaciente debajo del  árbol que nos cubría de los aún débiles rayos de sol. Una camioneta Chevrolet LUV color azul se acercaba despacio y se estacionó frente a nosotros. En la cabina, dos pequeñas cabeceando de sueño junto a la conductora de piel blanca nacarada, ojos de color azul cristalino, cabello claro y corto enmarcado al rostro. A pesar de su seria apariencia saludó con una ligera sonrisa señalando la parte trasera, cubierta con su respectiva caseta y una reja que aseguraba tranquilidad mutua en el camino. Subí con la ayuda de papá, había un espacio libre entre dos estudiantes de secundaria. Me despedí, aunque él desconocía que sollozaba internamente por esta nueva aventura. 

Al llegar a nuestro destino, un inconfundible acento extranjero llamó mi atención. Soy Rebeka, a la hora de salida las espero en esta misma puerta, dijo mientras abría la «jaula» (así la denominé), para que bajaran las niñas y adolescentes a su cargo, luego se metió en el vehículo y apresuró la marcha. 

Después de algunas semanas, el miedo inicial se disipó por la complicidad y algarabía instauradas en el balde de la camioneta. Recuerdo que Rebeka nunca se enojaba, con una actitud apacible parecía que nada la perturbaba, ni siquiera el tráfico que sorteaba con precisión para llegar a tiempo, tal vez, la única ocasión fue cuando alguien se demoró y hubo un retraso. 

Creo que fueron dos o tres años en los que Rebeka, acompañada de las durmientes escolares en la cabina, nos llevaba al mismo lugar, a la misma hora. Siempre pensé que a las chiquillas las vencía el rígido horario matutino del recorrido, hasta que un día una de ellas faltó, Rebeka pidió que me sentara en el puesto disponible, algo que yo había anhelado desde el inicio. 

Con la mirada fija en el volante manejaba imperturbable, uno que otro resoplido al toparse con la luz roja en los semáforos. Me sentía privilegiada al estar en la cabina con la extranjera, de poca conversación. A unas cuadras percibí la diferencia entre ese ambiente con el de atrás, en el que las pasajeras hablaban sin cesar. 

Cuando una de la niñas no asistía, ocupaba su lugar. Ibamos todo el tiempo con la radio encendida, alternando las noticias con su cassette de música. Observé que su pálido rostro se transformaba al escuchar dos melodías en especial, no imagino el significado que eso tenía en su vida, debió ser algo grato y hermoso. 

Smooth Operator de Sade y Careless Whisper de George Michael, se convirtieron en mi referencia de aquella mujer llamada Rebeka, conocida como la rusa, por su lugar de origen, en ese entonces, la Unión Soviética. 

Un día me cambié de casa, también de transporte escolar. Rebeka no cubría esa ruta. No la vi más a la salida del colegio, se rumoraba que había regresado a su país. No hubo despedida, pero donde quiera que escuche esas canciones viene a mi memoria su imagen, el relajado ambiente en la parte delantera de la Chevrolet LUV color azul, y el efecto de la música en sus acompañantes.

Enciendan la radio, sobre todo, cuando sentimientos negativos ronden su espacio, no sé qué momento o persona recuerden, solo puedo asegurarles que lo sentido en su corazón será visible en sus rostros.



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