Opinión Política Sociedad

El eterno debate: izquierda vs derecha II

Durante mucho tiempo los sufragios se dividieron entre el asistencialismo de la izquierda (social) y el materialismo de la derecha (mercado). Esa brecha filosófica, mismo sin política e intereses personales de por medio, ciertamente ha perdido trascendencia ante el pragmatismo sobre cuánto gobierno dentro de la economía sería aceptable a cambio de un determinado bienestar de la sociedad y acerca de quién estaría mejor preparado para conducir el Estado. Esto sucede en parte porque los candidatos, multifacéticos líderes de tendencias y proponentes de políticas públicas, han migrado hacia una combinación ideológica que recoge virtudes de ambas visiones y desecha, al menos teóricamente, la oblicuidad de los extremos. Así, para los votantes, la presunta capacidad para producir resultados ha llegado a situarse muy por encima del reconocimiento ideológico. En otras palabras, no importaría tanto el color del gato siempre que sea efectivo cazando ratones.

En lo que realmente concierne al Ecuador, ¿será que las masas reconocen lo que la izquierda o la derecha proponen políticamente y aportan al debate filosófico? Es evidente que al electorado poco le apetece dilucidar sobre esta materia cuando su realidad confluye entre la supervivencia cotidiana y la resignación por un malogrado porvenir que ni la derecha, peor la izquierda, han conseguido cambiar. El argumento resultante es que más allá de alguna deficiencia en las tendencias, lo acontecido en el país es producto de una monumental falla de los individuos.

El gran elector nacional, compuesto por masas, ha perdido la poca fe que tenía en su clase política debido a la falta de consistencia entre el mensaje propagandístico electoral y no solamente su posterior accionar al asumir poderes políticos, como también su vertiginoso progreso económico. Esta realidad, fuertemente acentuada en los últimos 14 años y sin el prisma de afectaciones ideológicas que dejaron de ser protagónicas, parecería no impactar a todos por igual. Más allá de cualquier populismo, la derecha ortodoxa tiende a ser políticamente menos volátil y económicamente más realista, aunque no sin algún toque de superficialidad propia de aquella izquierda sin credenciales, autodenominada heterodoxa, que presume de liderar un baluarte de opciones mercantilistas, pero sin el beneplácito del mercado. Los más golpeados resultan ser los presuntos candidatos de la derecha, errónea y tergiversadamente visualizados como los verdaderos representantes de una opulencia generada a cuestas de las viscisitudes de los marginados sociales, vapuleados económicamente en estos últimos tiempos por el atosigante y contestatario mensaje de una izquierda populistoide que no escatima en demagogia. Tampoco es que los izquierdistas no requieran de un superlativo carisma, pero sin duda que el peso de este componente recae como nunca sobre los presuntamente más influyentes en el aspecto socioeconómico y aparentemente menos próximos a sus electores. En la práctica, sin embargo, la fórmula del triunfo palpita en el parecer del votante.

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