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Con hambre y sin dinero con Chávez …

Si pudiéramos resumir las últimas dos décadas de la historia politico-social del país y de los venezolanos en una sola frase de esas que ha dejado el chavismo para la posteridad, a falta de algo mejor, que explicara al mismo tiempo donde estábamos ayer cuando Chávez era el presidente y donde estamos ahora con su sucesor Nicolas Maduro, nos parece que la más representativa sería la de: “Con hambre y sin empleo con Chávez me resteo”. Un eslogan que fue compartido como consigna política-electoral en las barriadas populares, junto con su variante: “Con hambre y sin dinero con Chávez me resteo”; que para el caso es lo mismo.  

La frase, producto de la maquinaria propagandística de Chávez, ha venido siendo usada en todo este tiempo, aun durante el gobierno de Maduro con la correspondiente sustitución del nombre, como un grafiti sin pared; como el argumento implícito, más emocional que racional, de que Chávez encarna al colectivo y que serviría para demostrar, en una especie de reducción al absurdo, la fe ciega y absoluta por parte del pueblo, así como su grado de lealtad y sacrificio hacia Chávez. 

En ese lema “Con hambre y sin empleo con Chávez me resteo”, primo hermano de aquel otra posterior “Con Chávez todo, sin Chávez nada”, podemos encontrar dos mensajes principales, entre otros varios. El primero, encerrado en dicha versión original, va dirigido indirectamente a la oposición, a los “escuálidos” como Chávez solía llamar a todos sus integrantes, incapaces como eran de ganarle una elección. Su soporte estaría en el saber popular. En ese conocimiento profundo que tendría el pueblo, proveniente de su mala experiencia con esa oposición política de adecos y copeyanos durante cuarenta años, razón más que suficiente para no dejarlos volver. Un conocimiento, que le hace a ese pueblo proclamar en la calle una consigna como aquella; pues, aunque Chávez no lo esté haciendo bien, la oposición en todo caso lo haría peor y no hay confianza en ella. Chávez se puede equivocar y cometer errores; pero no engaña como lo hace la oposición.

El segundo mensaje de la frase, más subliminal si se quiere no obstante su lenguaje tan crudo y directo, va dirigido al pueblo mismo, es la consecuencia ya asumida, concretizada, de todo lo anterior. Una concientización del individuo concebido como masa, que lo conduce al extremo de aceptar cualquier circunstancia de carestía, estrechez económica o de penuria social y familiar como lo seria estar sin trabajo y pasando hambre, antes de reconocer que nadie puede gobernar mejor que Chávez, ni nadie puede reemplazarlo, porque el de Chávez es el único camino posible y su brújula la que marca el destino del país. 

Unos significados que quedaron patentizado en varias ocasiones, la última en el discurso de Chavez en Monagas, durante el cierre de su campaña presidencial del 2012, cuando delante de una gran concurrencia anunció que en la elección de ese próximo 7 de octubre no estaba en juego cualquier cosa. Que no se trataba de si me asfaltaron o no la calle, o me pusieron la luz, o de si no me dieron la casa que me prometieron, o si perdí el empleo. Que él asumía los errores cometidos, la autocrítica, comprometiéndose, eso sí, a que su nuevo gobierno sería mucho más eficiente. Pero que tuvieran en cuenta que lo verdaderamente importante, lo que estaba en juego en esta ocasión era mucho más que eso, era la vida de la patria lo que se arriesgaba ese próximo 7 de octubre y los venezolanos se la estaban jugando ese día.

La idea de dicha consigna, no es en sí misma original pues tiene algún antecedente, como ya ha sido señalado, en aquella otra del peronismo de los años cincuenta: «Puto o ladrón, queremos a Perón» y de la cual Cristina Kirchner también posee su propia adaptación. Sin embargo, funciona muy bien cuando se trata de utilizar el populismo como instrumento electoral y de manipular al pueblo. Su versión venezolana, mucho más idealista pues lo permitían las circunstancias del momento diferentes a las del líder argentino, fue echada a correr en las calles venezolanas por allá por el 2003, el mismo año en que Chávez pronunció aquel abigarrado discurso ante los miembros de la FAO, en Roma, en el cual refiriéndose al tema propio del evento como lo era la alimentación, llegó a decir que “Todo ser humano antes de ser parido, desde el momento en que es gestado en el vientre de una madre tiene derecho a la alimentación”. 

Palabras sin duda hermosas, sublimes, como aquellas otras comentadas hasta aquí, del “…con Chávez me resteo”, perfiladas a emocionar a los venezolanos y a quien no lo sea, incluso durante mucho tiempo; pero las emociones engañan, qué duda cabe, como le ocurrió a los de la FAO que en el 2015 le dieron un premio al gobierno de Maduro por haber eliminado prácticamente el hambre en Venezuela.

Después de veinte años e ido Chávez de este mundo, esas emociones han sido reemplazadas por otras más angustiantes, y aunque las palabras quedan ya no engañan a nadie, no al menos a los venezolanos en su gran mayoría que han visto como la frase en cuestión era en realidad una profecía que se hizo realidad antes sus ojos. Sin embargo, aunque ya nadie dice restearse, algunas de esas creencias, como resabios del pasado, permanecen en el subconsciente de algunos que parecieran conformarse con la situación actual de Venezuela cuando pregonan a los cuatro vientos que la oposición sigue no siendo confiable. 

De donde estábamos antes a donde nos encontramos ahora, da la impresión a veces de que nada ha cambiado; no al menos en el estado de confusión que sigue envolviendo al país en la búsqueda de una solución que solo tiene un final valedero: el cese de la usurpación y la erradicación del chavismo del poder.

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