Opinión Política

780 días

A partir del 1 de abril, al gobierno de Lenin Moreno le quedan algo más de 780 días de mandato. Aunque en verdad después de octubre del próximo año, todo lo demás transcurrirá en medio del bullicio electoral que empezará a crecer ya mismo, cuando los vapores del resultado electoral del pasado 24 de marzo calienten la atmósfera política. De manera que su tiempo todavía se reduciría a apenas algo más de 18 meses.

Para decirlo sin eufemismos, el tiempo de Lenin quedará corto. Muy corto si se trata de esperar que en 2021 entregue un país diferente al que recibió. Y quizá justo a tiempo, no para que alcance a dejar la mesa servida a su sucesor; pero sí para legarle por lo menos, las cuentas claras. Y el chocolate espeso. Veamos:

Hasta finales de 2019 debe lograr que su política económica genere confianza para atraer inversiones. Sin inversiones no crece la producción, ni el empleo, ni las exportaciones no petroleras. La incógnita al respecto reside en saber si tendrá la energía suficiente para aplicar el programa de reajustes negociado con el FMI, una de cuyas metas es bajar el gasto público para lo cual deberá reducir burocracia. No es fácil la tarea, porque implica una serie de efectos sociales cuyos indicadores se expresarán en más desempleo.

El gobierno considera —y así lo ha dicho públicamente— que es obligación del sector privado crear tantos puestos de trabajo cuantos despidos haga el sector público, como una suerte de vasos comunicantes. Pero todos sabemos que la capacidad de generar empleos no responde a esa dinámica. Por ejemplo, la industria de tamaño mediano y grande, tiende a utilizar procesos de producción más intensivos en capital antes que en mano de obra, incluso para mejorar en productividad y ser competitivos en los mercados interno y foráneos. Ergo, la solución pasa por los sectores agrícola, camaronero, pesquero y de la construcción, que son los que demandan mayores puestos de trabajo, por sus características de producción.

Sin embargo las actividades pesquera y camaronera se enfrentan a incrementos de costos de producción por la eliminación del subsidio al diesel. En enero —últimas cifras disponibles del Banco Central— las exportaciones de pesca y camarones fueron menores a las de enero del año pasado. En cuanto a la agricultura, tendrá que sumar a sus dificultades estructurales de producción y mercadeo, la ruina de sus cosechas de invierno, por las inundaciones. Queda entonces la construcción como última esperanza, mas para reactivarse dependerá de la capacidad del gobierno para destinar recursos que financien programas de vivienda. Y si el gobierno no tiene plata, ¿habrá constructores que se arriesguen a padecer los rigores de recorrer con sus proveedores, todo el calvario hasta obtener que les cancelen facturas vencidas?

Las alianzas público-privadas para construcción, mantenimiento y reparación de infraestructura —especialmente la que ha sido afectada por las lluvias— pueden ser otra alternativa. Pero también dependen de obtener financiamiento, en un entorno donde el costo del dinero es uno de los factores que más incide sobre el encarecimiento de la economía. Y no solo eso: hay una serie de trámites y requisitos burocráticos, constituidos con el fin de ralentizar —y no pocas veces con sesgo centralista— este tipo de alianzas.

Sostengo que el primer trimestre ya está perdido. Y que al terminar la primera mitad del año, el panorama no será mejor. Si los desembolsos anunciados por créditos multilaterales llegaren oportunamente y permiten oxigenar en especial a ramas claves de la producción que generan exportaciones, quizá hacia el tercer trimestre sea posible una recuperación, no importa si es leve, con tal de que se sostenga hasta concluir el año. Esto dicho, suponiendo que no habrá aumento del IVA y que, al contrario, se promoverá una reforma tributaria que elimine el ISD, a más de reducir aranceles para dinamizar el sector externo.

El gobierno debe tener claro que la situación de la economía es delicada. Y que superarla, no requiere ni medidas parche ni la aplicación mecánica del recetario del FMI. Se necesita algo más que eso: una visión de mediano y largo plazo, de manera que los ajustes inmediatos —necesarios e ineludibles— aseguren efectos de reactivación medidos sobre la inversión, producción, empleo y exportaciones.

El tiempo viene corto. Pero soy optimista: el Presidente Moreno y su equipo, puede hacer en 780 días mucho de lo que se ha postergado en los dos años previos, aunque solo sea para dejar las cuentas claras. Y quien sabe si el chocolate espeso.

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