Siendo éste el mes de la madre y siendo María nuestra Madre del Cielo, vale la pena recordar este precioso poema del Padre Julio Alarcón Menéndez, SJ, quien escribió este poema que se encuentra en el libro “Pequeñeces” del Padre Luis Coloma; a veces la pequeñez de nuestra alma nos hace olvidar de las promesas que le hicimos a ella cuando estábamos en el Colegio.

Este es un poema a la Dolorosa del Colegio, nuestra amada Madre Dolorosa, la que hace poco más de 106 años lloró en el comedor del Internado del Colegio San Gabriel de Quito de los Padres Jesuitas, un milagro comprobado y aceptado por la Iglesia Católica y la Santa Sede, milagro que fue observado por el Padre Andrés Roesch, SJ, Prefecto del Colegio, el Hermano Luis Alberto Alberdi y 36 alumnos entre 10 y 17 años, internos del Colegio. Jaime Chávez, uno de los alumnos fue el primero en ver que la Virgen del cuadro abría y cerraba los ojos y llamó la atención a sus compañeros, quienes luego de un rato llamaron la atención del Padre Prefecto del Colegio, que al comienzo no creía pero al final alzó los ojos y se dio cuenta de lo que pasaba. Era una época de cambios políticos.

En 1895 triunfa Eloy Alfaro, se impone el laicismo, se hostiga a la religión católica, se prohíbe la enseñanza religiosa, la entrada al país de nuevos religiosos y novicios en las órdenes existentes. En mayo de 1897 ocurre el asalto de las tropas alfaristas al Colegio San Felipe de Riobamba, con saqueo del plantel, profanación de la capilla, el Sagrario y las formas sagradas, detención de los padres y asesinato del Padre Rector Emilio Moscoso. Se niega a la Iglesia su personería jurídica y se denuncia el Concordato con la Santa Sede, “Padrón de ignominia” y se declara al país laico para todo (en realidad, no se lo declara laico, pues laico, de acuerdo al DRAE, quiere decir que no tiene órdenes clericales, que es independiente de cualquier organización o confesión religiosa, sino anticlerical y anticatólico). Se cierran muchas iglesias, se intenta suprimir la Diócesis de Portoviejo e impedir la posesión de su sede al nombrado Obispo Juan M. Riera, OP. La crisis de la enseñanza religiosa era inevitable: No se veía ninguna luz en este panorama desolador, especialmente para la educación católica, cuando se produce este prodigio espléndido en el Colegio San Gabriel de Quito, ante el grupo de internos que estaban cenando la noche del 20 de abril de 1906, acompañados del Padre Prefecto y un Hermano Jesuita. Un cuadro de la Virgen de los Dolores, litografía de Francia, movía los ojos, los abría y los cerraba mirando a los colegiales. Todos lo vieron por unos 15 minutos. La autoridad eclesiástica del momento, el Vicario titular, Monseñor Ulpiano Pérez Quiñones, manda a retirar el cuadro y proceder a una minuciosa investigación, estudios, exámenes repetidos de cada uno de los testigos del prodigio. Todos, separadamente, con palabras ingenuas y reflexivas, según la edad, repetían la misma versión: los ojos de la Imagen del Cuadro, colgado en la pared, se abrían y se cerraban, miraba a los alumnos y cerraba los párpados; volvía a mirar y a cerrar los ojos… por un cuarto de hora; susto, emoción, restregarse los ojos, rezar… ¿Qué era aquello, tan raro…? Cuando terminó la investigación, se estudiaron los testimonios concordes, se analizaron las circunstancias…

El 31 de mayo, oídos los investigadores y peritos, se emitió el veredicto canónico de la Iglesia de Quito, refrendado por la Iglesia de Roma, en cuatro puntos:

  1. “El hecho verificado en el Colegio de los jesuitas está comprobado como materialmente cierto.
  2. El hecho, por las circunstancia en que acaeció, no puede explicarse por causas naturales.
  3. El hecho, por los antecedentes y las consecuencias no puede atribuirse a influjo diabólico.
  4. En consecuencia, puede creérselo con fe puramente humana, y por lo mismo, puede prestarse a la Imagen que lo ha ocasionado, el culto permitido por la Iglesia, y acudir a Ella con especial confianza”.

Tras la aprobación oficial, prende rápidamente la devoción a esa Imagen que se llamará “La Dolorosa del Colegio”; devoción fervorosa, entusiasta, permanente y creciente ya por más de cien años. Es un notable acontecimiento de religiosidad popular, pero que penetra en todas las capas sociales del Ecuador; que no se reduce a expresiones externas: cantos, flores, procesiones, cirios, besos, lágrimas, plegarias…sino que ahonda en la fe de este pueblo, invita a las virtudes evangélicas, a comportamientos cristianos, a la conversión de los alejados. Los abundantes milagros y gracias especiales, materiales y espirituales, otorgadas por mediación de la Madre Dolorosa constantemente, robustece esa fe y confianza, y se convierte en una constante misión evangelizadora.

El poema del Padre Julio Alarcón Menéndez es un verso a la Madre, a nuestra Madre Dolorosa, nuestra Madre del cielo, que la mayor parte de los que estudiamos en los Colegios de los Jesuitas, la llevamos con nosotros siempre en el corazón.

Disfrutemos este poema de amor a Nuestra Madre Dolorosa:

DESPEDIDA DEL COLEGIO

Padre Julio Alarcón Menéndez
(en el libro Pequeñeces, del Padre Luis Coloma)

Dulcísimo recuerdo de mi vida
bendice a los que vamos a partir,
¡Oh Virgen del recuerdo, dolorida,
recibe tú mi adiós de despedida
... y acuérdate de mí.

Lejos de aquestos tutelares muros
los compañeros de mi edad feliz
no serán a tu amor jamás perjuros,
conservarán sus corazones puros,
... ¡Se acordarán de tí!

Mas siento al alejarme una agonía
cual no la suele el corazón sentir…
En palabras de niño ¿Quién confía?
Temo… No sé qué temo Madre mía
... por ellos y por mí.

Dicen que el mundo es un jardín ameno
y que áspides oculta ese jardín…
que hay frutos dulces de mortal veneno,
que el mar del mundo está de escollos lleno…
¿Por qué estará así?

Dicen que por el oro y los honores
hombres sin fe, de corazón ruin,
secan el manantial de sus amores
y a su Dios y a su Patria son traidores
.... ¿Por qué serán así?

Dicen que de esta vida los abrojos
quieren trocar en mundanal festín;
que ellos, ellos motivan tus enojos
y que ese llanto de tus dulces ojos,
¡Lo causan ellos, sí!

Ellos, ingratos de pesar te llenan.
¿Seré yo también sordo a tu gemir?
¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
no quiero goces que a mi Madre apenan,
¡No quiero ser así!

En los escollos de esta mar bravía
yo no quiero sin gloria sucumbir,
yo no quiero que llores por mí un día,
no quiero que me llores Madre mía…
¡No quiero ser así!

Y mientras yo responda a tu reclamo,
mientras me juzgue con tu amor feliz
y ardiendo en este afecto en que me inflamo
te diga muchas veces que te amo,
¿Te olvidarás de mí?

¡Ah, no! Dulce recuerdo de mi vida,
siempre que luche en peligrosa lid,
siempre que llore mi alma dolorida
al recordar mi adiós de despedida,
¡Te acordarás de mí!

Y en retorno de amor y fe sincera
jamás sin tu recuerdo he de vivir.
Tuya será mi lágrima postrera…
Hasta que muera, Madre, hasta que muera,
¡Me acordaré de ti!

Tú en cambio, Madre, cuando llegue el plazo
de alzar el vuelo al celestial confín,
estrechándome a ti con dulce abrazo,
no me apartes jamás de tu regazo…
¡No me apartes de ti!