Lenin Moreno tiene una sonrisa natural y afable que no creo ha sido nunca ni ensayada ni posada. Luce apacible y trasmite equilibro espiritual. Si llega a ir a Estocolmo a retirar su Nobel de la Paz, eso será lo que destaque. Su silla de ruedas no ha podido con él. No le ha llenado de amarguras, ni de odios ni afanes de desquite. Comencé a observarlo con mas detenimiento a partir de su anuncio abierto, claro y transparente respecto a que seis años en el cargo de vicepresidente del Ecuador le son suficientes. Creo que él sí ha robado la simpatía de la gente y que sería un excelente candidato al cargo que quisiera si de ambiciones se tratase. Su renunciamiento no ha hecho otra cosa que agrandarlo. Así de simple debería ser el desenvolvimiento de los políticos, sin apretujar, insultar, ofender y querer prevalecer en cualquier tema, en cualquier momento y en todo lugar. Contrasta todo esto con ese afán de ubicuidad y de prevalencia que evidencia el Presidente Rafael Correa ansioso de tener reconocimiento en todo momento y en todo lugar y movido, quizás, por un caldero de pasiones o envuelto en una fiebre existencial.

Hace catorce años dos jóvenes delincuentes le dispararon durante un asalto en el que no había puesto resistencia. Ese incidente le cambió la vida. Lenin Moreno convirtió su desgracia en algo positivo y superando las limitaciones e incomodidades físicas que debe tener, ha llegado a granjearse la simpatía de todos los ecuatorianos. Un agradable entorno familiar le rodea, y sin otro recurso a su alcance lanzó una campaña adecuada en beneficio de los discapacitados, pero especialmente trasmitiendo un sentido común amable, enfocado a metas nobles y concretas. Sin poses ni enlaces publicitarios poco a poco fue adquiriendo un reconocimiento por su personalidad y su labor.

Ser amable es toda una verdadera revolución. Imaginen ustedes a policías, a burócratas, a médicos, a jueces y a ciudadanos amables, y gran parte de los problemas estarían si no resueltos, sí logrando y desde ya, la meta del buen vivir. Si Ecuador llega a desarrollar el sentido de la amabilidad, lo cual es acorde con el modo de ser pacifista que prevalece en sus habitantes, la mitad de los problemas comenzarían a superarse de inmediato, porque esa es la mejor forma de avanzar en lugar de hacerlo a patadas como ha caracterizado la labor de nuestro Presidente. No son lo correazos enfermizos de los sábados los que nos van a educar, ni son los desafíos con la camisa abierta los que alcanzarán los buenos resultados. Al contrario, ocasionan muertes, heridas y odios insuperables. Y de odio en odio, solo árboles y bosques de venganza y revancha se pueden cosechar.

La sonrisa de Lenin contrasta con la mueca de sabelotodo que se ha dibujado, de sábado a sábado, en el rostro de Rafael Correa. Es una expresión burlona marcada de sarcasmo, de infinita sorna que inflama a sus opositores porque logra poner a flor de piel un lucha de clases atípica, ya que finalmente este gobierno tiene el apoyo tácito de los grandes sectores productivos del país enfrascados que estan en recoger el producto de la piñata petrolera que emana del dadivoso presupuesto estatal.

Siempre será políticamente difícil eso de seleccionar a la persona que complete una fórmula electoral. El vicepresidente es un cargo ingrato y por los general es aislado del círculo de poder de quien ejerce el cargo titular. No quisiese pensar si el 30 de septiembre el Corcho Cordero hubiese sido el vicepresidente de Correa y dejo a la imaginación de cada uno de ustedes el respectivo guión. Lo cierto es que será muy complicado buscar un perfil adecuado de alguien dispuesto a acompañar a Rafael Correa y a asumir el papel de vicepresidente de alguien tan auto predestinado a gobernar hasta el final de su todavía joven y agitada juventud.

Recibir el premio Nobel de la Paz es algo muy difícil de alcanzar. Pero por primera vez en lo que llevo de observador político, siento que al interior del Ecuador hay un pleno consenso respecto a que es justo apoyar a Lenin Moreno en esta sana pretensión. Mucho dependerá de esos nórdicos que son muy difíciles de descifrar. Son gélidos y a lo mejor la sonrisa de Lenin Moreno para ellos no sea sino una cuestión de buenos modales sin trasfondo en la revolución cultural que puede darse en una nación como la nuestra, donde parece que sin trompones o agravios no se resuelve nada, ni siquiera la ubicación de un monumento en una ciudad.

Hace bien Lenin Moreno en anunciar anticipadamente que no se va a nominar a la reelección. Posiblemente siente que la revolución de Correa le puede arrastrar hacia situaciones por las que él no quiere transitar. Quedará ante nuestras retinas como un demócrata, y debe saber que las metas trazadas por este gobierno personalista de Rafael Correa, tiene una determinación respecto a su deseo de durar en el cargo el máximo tiempo posible yendo de elección en elección por la inercia de un sistema de publicidad que lo eleva por encima de toda realidad. Ese síndrome de Hybris del que nos habla David Owen en su libro “En el poder y en la enfermedad”, aquí y ahora en Ecuador ofrece una paradoja digna de estudiar, cuando un inválido demuestra como puede superar su enfermedad, y otro muy saludable se enferma de poder.