Wagner se encontraba a sí mismo tan completo como artista, que se vio capaz de diseñar incluso su propio teatro. Ya no sólo piensa en todos y cada uno de los aspectos de sus óperas, sino que, además, crea el teatro donde estas óperas tienen que representarse. Porque resulta que, como Luis II de Baviera aceptaba prácticamente todo lo que él quería, Wagner se atrevió a hacer construir un teatro donde, con aquella “modestia” que le caracterizaba, solamente pudieran representarse obras suyas.

Pero hay que matizar algunas cosas: Wagner estaba convencido de que lo que él estaba haciendo tenía una importancia trascendental, porque representaba poner los cimientos, crear las bases y las estructuras de lo que, en el futuro, sería la nueva música popular alemana. Él creía firmemente que estaba dando a Alemania lo que Alemania nunca había tenido. Por eso concibió la idea de que el pueblo alemán dispusiera de un teatro donde se programaran solamente este tipo de obras. Un teatro popular alemán que, respondiendo a esta idea de servicio al pueblo, tendría que ser gratuito para que pudieran acceder a él ricos y pobres. Un teatro al servicio de todo el mundo, que no hiciera distinciones de ningún tipo. Un teatro que fuera igualitario y democrático.

Por eso en Bayreuth, que es donde está el teatro que Wagner acabó diseñando y construyendo, no existen los palcos, ni tampoco los pisos que habitualmente tenían los teatros de la época. La sala del teatro de Bayreuth es un patio de butacas inclinado y en forma de herradura, a la manera del teatro griego, con el objeto de que nadie tenga una posición mejor que la de nadie. Sin embargo, sí que hay dos o tres palcos en Bayreuth. Porque cuando el rey, que era quien lo había financiado todo, informó de que asistiría al estreno del teatro, Wagner creyó excesivo hacerlo sentar en una butaca al lado de un espectador cualquiera, y mandó construir algún pequeño palco para el rey y para un reducidísimo séquito. Aun así, estos dos o tres palcos no tienen una situación privilegiada, porque, como el teatro estaba pensado sin contar con ellos, son más bien pequeños y no están precisamente en la mejor situación.

Si el teatro tenía que ser gratis para todo el mundo, ¿con qué medios económicos esperaba contar Wagner para poder montar las óperas? ¿Quién iba a pagar los fastuosos montajes que él mismo exigía? ¿Quién iba a pagar a los cantantes y a los músicos que iban a protagonizar las óperas? ¿Y quién iba a remunerar a todo el resto de artistas que trabajarían en esas obras? Porque es evidente que, por mucho que contara con el apoyo incondicional del rey, un planteamiento así debía de ser inaceptable, incluso para el monarca. Ésta es justamente la gran utopía wagneriana, que nunca se cumplió. Wagner no pensaba en pagar de ningún modo todo eso, porque esperaba que los artistas que trabajasen en Bayreuth lo hicieran completamente gratis. Serían artistas alemanes, naturalmente, y estarían tan absolutamente convencidos de que trabajar en Bayreuth era hacerlo directamente para el pueblo alemán, que todos estarían dis-puestos a cumplirlo de forma altruista. Eso, como es lógico, nunca funcionó.

Pero Wagner pensó que realmente esto funcionaría, del mismo modo que creía que él no tenía por qué pagar lo que consumía y que, sin dudarlo un minuto, estaba dispuesto a cargarse de deudas sabiendo que, cuando aquellos acreedores miserables que no entendían cómo había que tratar a los artistas se le lanzaran a la yugular, tendría que marcharse de la ciudad con el rabo entre las piernas. Seguramente, si en algún momento concibió la idea de que ese planteamiento altruista del teatro popular no funcionaría, enseguida se la quitó de la cabeza pensando que ya acabaría pagando Luis II, o que ya terminaría saliendo el dinero de alguna parte. Es esta grandilocuencia, típicamente romántica, que Wagner lleva al último extremo. Wagner vivió profundamente esta actitud vital del “ya pagará otro”. Esta actitud supone no tener ninguna consideración hacia los que están trabajando a tu lado.

Es verdad que Wagner cuando ideó el funcionamiento de este teatro, tuvo algunas ideas que jamás pudieron llevarse a cabo, sin embargo hubo otras que no solamente se llevaron a término, sino que hoy en día están comúnmente aceptadas y se ponen en práctica en todos los teatros de ópera del mundo, porque, además, han favorecido mucho al espectáculo. Aparte de que ¡WAGNER ES EL ÚNICO COMPOSITOR DE LA HISTORIA DE LA MÚSICA QUE HA CONSEGUIDO TENER UN TEATRO DONDE, DESDE EL DÍA DE SU ESTRENO, EN 1876, HASTA HOY, NO SE HA ESCUCHADO NI UNA SOLA NOTA QUE NO SEA SUYA! En el teatro de Bayreuth solamente se interpreta a Wagner. A nadie más.

Quisiera hablar un poco de las características y de las novedades absolutas que el compositor quiso que tuviera la sala, y también de por qué eligió esa pequeña ciudad del centro de Alemania llamada Bayreuth para construirla.

Para empezar, Wagner quería que su teatro fuese de madera para ser coherente con la idea que ya hemos comentado de teatro democrático. A su manera de ver, un teatro que se definía así, no podía estar construido con piedras nobles, ni con dorados, etc. sino que debía ser de madera. Por lo tanto, Wagner buscó un lugar, en Alemania, donde hubiera un teatro de madera que le permi-tiera ver sus características principales, o incluso que pudiera ser aprovechado para la noble causa.

Y descubrió que en Bayreuth había uno. En Bayreuth había un pequeño teatro precioso, de madera, que todavía existe al que pude conocer en toda su magnificencia cuando asistí al Festival Wagneriano del 2006, de estilo rococó, de manera que Wagner tomó el tren y fue a verlo. Pero claro, una vez allí, enseguida se dio cuenta de que aquel teatrillo no le serviría para nada, entre otras razones, porque ése es, seguramente, el teatro más jerárquico del mundo. Es un teatro construido en 1748 por la Margravina Guillermina de Bayreuth, que era hermana de Federico II de Prusia, y que contiene un palco real impresionante, con una corona inmensa encima, además de otros muchos pequeños palcos y palquitos rodeándolo. Por eso y por algunas otras razones Wagner descartó enseguida ese teatro para su proyecto.

Pero el alcalde de Bayreuth, que era un tipo listo, pensó: “Me interesa que este individuo se quede aquí”, y le propuso: “Comprendo que a usted no le interesa este teatrito, pero, si quiere, yo estoy dispuesto a cederle unos terrenos en aquella colina de allí y, además, le daré esos otros terrenitos para que pueda usted construirse una casa para Ud. su familia y su perrito”. Wagner, naturalmente, lo aceptó de la forma más natural porque “sabía que el mundo existía para servirlo a él, al genio más grande que la música había creado”. Pero no lo aceptó únicamente por el regalo, sino también porque el emplazamiento de Bayreuth le gustaba mucho. Bayreuth, estando relativamente cerca de Múnich, no quedaba lejos de Berlín, y eso le hizo pensar que, si construía su teatro cerca de Prusia, tal vez el káiser se interesaría también por el proyecto.

Otra razón probable por la cual Wagner quiso construir finalmente su teatro en Bayreuth es que él no quería levantarlo en una ciudad muy grande e importante, porque tenía la pretensión de que, una vez construido el teatro, la ciudad que lo acogiera fuese conocida única y exclusivamente por eso. Y lo consiguió, porque hoy en día el nombre de Bayreuth está abso-lutamente asociado a Wagner y a su teatro. Es probable que esto también sea cierto. Pero, si hubiese existido sólo este motivo, le habrían servido el setenta por ciento de las ciudades alemanas.

Por cierto, relatemos una anécdota sobre Bayreuth… La primera Tetralogía completa que se hizo en Bayreuth se representó en 1876 y, para el estreno de Siegfried, Wagner se preocupó de que en la escenograma hubiera un dragón gigante, que compró en Viena. Pues bien, los que le enviaron el dragón lo envolvieron en un gran paquete, en el cual escribieron: “Richard Wagner – Beirut”. ¡Y el dragón en cuestión se fue al Líbano!

Cuando la gente entró por primera vez en la sala de Bayreuth, se dieron cuenta enseguida de que en ese teatro había una serie de novedades importantes. La primera de ellas ya la hemos comentado: No había pisos elevados, y prácticamente tampoco había palcos, excepto los dos o tres que se construyeron para el rey. ¿De qué más se dio cuenta el primer público de Bayreuth? De lo mismo que si vas allí actualmente, porque todo lo que vamos a relatar ahora se conserva exactamente igual, por fidelidad a la idea wagneriana. Se dieron cuenta de que no solamente el teatro era de madera, sino que lo eran también, y de madera dura, todas las sillas de la sala. Con el agravante de incomodidad que significa que, además, esas sillas no tienen reposabrazos. Esto es de lo más molesto e incómodo, porque El crepúsculo de los dioses, por ejemplo, dura cinco horas, sin saber dónde demonios apoyar los brazos

A parte de esta incomodidad, hasta hace pocos años las butacas eran únicamente de madera y, como es de imaginar, cuando llevabas una hora sentado, ya te dolía todo, empezando por el sitio donde la espalda pierde su noble nombre. Ahora ya no, ahora han puesto unos cojines pequeñísimos en el asiento, que sirven de poco, pero que alivian algo la dureza de la madera. El respaldo continúa clavándose inmisericordemente en la espalda de todo el mundo, no vaya a ser que poniendo otro cojín se pasaran de comodidad y traicionaran la voluntad, claramente expresada por Wagner, de que su teatro fuera incómodo. Pero ¿por qué quería eso? Para que la gente no se durmiera.

Hay que tener en cuenta que, por lo general, sus óperas eran larguísimas pero, sobre todo, que otra de las grandes novedades que Wagner impuso en su teatro fue que, durante el espectáculo, las luces de la sala se apagaran. Wagner exigió que se hiciera eso, que hoy se ha generalizado, pero que en aquel momento no se hacía en ningún teatro, para que la gente no pudiera distraerse. Apagando las luces de la sala, el público solamente podía mirar hacia el escenario, que era lo que estaba iluminado, y, por lo tanto, tenía que olvidarse de quién estaba y quién no estaba en la sala, de cómo iba vestida la gente, y de superficialidades de este tipo. Pero claro, con las luces apagadas, el riesgo de que el público se durmiera era mucho mayor, y por eso el teatro tenía que ser incómodo.

Más cosas. Para evitar que la mirada del espectador pudiera perderse entre los músicos de la orquesta, Wagner introduce también otra innovación: obliga a soterrar la orquesta del modo que hoy en día conocemos. Hasta entonces, la orquesta estaba situada aproximadamente al mismo nivel que las primeras butacas de platea, pero Wagner dice que eso se acabó. Que, de ahí en adelante, y teniendo en cuenta que el sonido sube, la orquesta se oirá perfectamente, pero no se verá, porque tocará soterrada en un foso. Así, la gente no podrá distraerse mirando si el primer violín se mete el dedo en la nariz, si es guapo o feo, o si hace muecas cuando toca. Ninguna distracción. Ninguna posibilidad de mirar a ninguna parte que no sea el escenario.

El foso de la orquesta de Bayreuth, es pues, único en el mundo, pues está ubicado debajo del proscenio y de buena parte del escenario y oculto a los ojos del público. Había dos razones acerca del porqué de esta ubicación:

  • Un foso de orquesta abierto a la sala como tiene el común de los teatros de ópera del mundo distrae la atención de la gente.
  • La música que sale del foso de la orquesta en un teatro con foso abierto a la sala, obra como una especie de cortina sonora que afecta la percepción clara de las voces que están en el escenario y, las más de las veces, amortigua o directamente las tapa.
  • Con este tipo de foso Wagner solucionó ambos problemas. El foso de la orquesta del teatro de la “verde colina”, localiza la música instrumental en ese espacio que se prolonga misteriosamente por debajo del escenario y mediante le concha bota el sonido al fondo del escenario en donde se mezcla con las voces de los cantantes

El piso descendiente del foso, dividido en generosos escalones donde se ubican los músicos, es lo suficientemente ancho y profundo como para albergar la potente orquesta wagneriana. Los instrumentos de cuerda y las maderas vienen primero, luego los metales y finalmente abajo la percusión. Esto crea una especie de efecto “estratificado” para los diferentes registros de la orquesta.

Una abertura que se extiende por todo el frente del escenario y que posee un discreto ancho que va desde el borde del proscenio hasta el límite entre el foso y la platea, materializado por una pantalla acústica, permite escapar los sonidos de la orquesta. Esa pantalla acústica tiene la función de enviar los sonidos instrumentales hacia el escenario para que allí, luego de mezclarse con las voces, recién penetren en la sala y el público tenga una percepción completa de la música instrumental y vocal unidas como una sola cosa, permitiendo a los cantantes no desgañitarse para competir con la orquesta wagneriana. (En otros teatros esto no es posible y muchos cantantes han destrozado sus voces interpretando a Wagner en esos escenarios)

El director, ubicado en el escalón más alto, es el único de los ocupantes de este sitio capaz de poder ver, hacia abajo, la orquesta, y hacia arriba, la escena. Este “abismo místico”, como lo llamaba Wagner, que separa la “realidad” (la sala) del mundo que se presenta en la escena, permanece totalmente fuera de la vista del público. En Bayreuth no se ve la cabeza agitada del director y sólo asoma el tímido resplandor de las luces de los atriles de los músicos, los cuales tampoco afinan sus instrumentos allí sino en una sala aparte. Ese acostumbrado momento previo, común a todos los teatros de ópera, en que escuchamos escalas, pasajes de la obra que se ejecutará y algún que otro discreto timbal, también distrae y desconcentra al público.

Por lo tanto, en Bayreuth, el primer sonido que se escucha es el que corresponde a la primera nota de la obra a exhumarse. Antes de eso no hay absolutamente nada de música ni sonidos, sólo el murmullo del público que calla automáticamente al comenzar a apagarse lentamente las luces al mismo tiempo que las “señoritas de azul” cierran las puertas con llave desde adentro de la sala. El que llegó tarde, tendrá que esperar el próximo acto para poder entrar. Sin aplausos para el director cuando entra, porque no se sabe cuándo ha ingresado, de pronto, comienza a surgir la música de la “orquesta invisible” con una calidad acústica increíble y allí empieza la magia.

Wagner, además, quería evitar a toda costa que la gente fuera al teatro a relacionarse, en lugar de ir a ver una obra de arte y, por ese motivo, elimina también los pasillos de la platea, característica que, tras una reforma que se hizo posteriormente, aún quedó más remarcada. Así pues, hoy en día, se entra en la sala de Bayreuth y se está obligado a acceder a la localidad desde una punta del teatro o desde la otra, pero en medio no hay ningún pasillo. Como se puede imaginar, esto hace que el acceso a la butaca sea muy incómodo, porque para llegar al asiento treinta y tres se tiene que obligar a levantarse a las treinta y dos personas que se sientan antes que uno. Por eso, en Bayreuth, existe la costumbre de no sentarse hasta que ha llegado todo el mundo, para evitar el tener que levantarte continuamente. Y la salida es igual de dificultosa porque, obvia mente, una vez que se ha conseguido llegar al sitio, aunque sólo sea para evitar la vergüenza de incomodar de nuevo a esas treinta y dos personas, ya nadie se mueve.

Y eso es, precisamente, lo que Wagner quería: que la gente llegase a su butaca y permaneciese allí hasta el final del primer acto. ¡Se han acabado las relaciones públicas! Con este mismo objetivo, es decir, con el objetivo de que la gente no entre y salga durante la representación, incluso hoy en día, una vez que ha empezado la ópera, las siete puertas de ambos lados que dan acceso a la sala se cierran con llave.

En verano, en Bayreuth hace un calor absolutamente asfixiante, porque no ponen en marcha el aire acondicionado bajo ningún concepto Para preservar la voz de los cantantes, por el ruido, porque antes no se hacía, por la tradición, porque son alemanes…El caso es que no lo utilizan y lo que a veces hacen, como una gran concesión, es regar el techo del teatro con agua durante el descanso. Si a esto se aumenta el hecho de que los hombres visten smoking y las mujeres vestidos largos las cosas se ponen peores; pero todo por el Gran Wagner para quien su música y su persona eran más importantes que todo el mundo incluyendo sus alrededores.

El festival siempre reserva una serie de localidades para la prensa de todo el mundo que decide cubrirlo, pero deben saber que, si un particular quiere ir, las colas para conseguir entradas suponen años de espera. Además, las entradas son nominales, de modo que, con el tiquete, solamente puede asistir el propietario. No se puede dar la entrada a otra persona, porque en la puerta pueden pedir perfectamente un carnet o una tarjeta de identificación que certifique que se es el titular de aquella localidad.

Las funciones comienzan siempre a las 4 de la tarde (excepto “El Oro del Rin” y “El Holandés Errante” que comienzan, por lo general, a las 6 de la tarde. Por lo general la gente comienza a llegar a las 3 de la tarde. Quince minutos antes de iniciarse la función, una fanfarria suena desde el balcón lateral a la entrada principal; diez minutos antes de la función vuelve a sonar la fanfarria, ahora dos veces, y finalmente, cinco minutos antes vuelve a sonar (ahora tres veces).La fanfarria también llama a los asistentes en los entre actos de la misma manera.

Es importante anotar que junto al Teatro existen restaurantes de diferentes calidades y precios en donde se puede cenar durante los intermedios que suelen durar lo suficiente como para que la cena pueda ser servida por partes