22 mayo, 2024

En lo cotidiano está siempre la semilla de lo extraordinario

“Esforzate en ser feliz”.

Eso acabo de leer en un texto.  

No pude seguir la lectura. Me detuve instantáneamente en esa frase. Es más, casi me pongo a llorar. De hecho, mientras escribo alguna lágrima se me escapa, aunque hago el esfuerzo por retenerla. 

¿Cómo me esfuerzo para ser feliz? De repente me doy cuenta. De repente descubro que me sentí feliz hoy cuando volvía de buscar a Gracia, mi hija menor, al colegio. Esa simple vuelta en auto, ese intercambio de palabras, esa cotidianidad, esa oportunidad de poder advertir un momento tan simple como algo extraordinario, me regaló un momento intenso de felicidad…y lo agradecí.

Ayer cuando estaba cocinando recibí un audio de mi otro hijo, Derek, diciéndome: -Ma, llegué bien al club. Te quiero mucho. ¡Guau! Me desarmó. Me sentí feliz. 

Quizás la clave para ser feliz no está en esforzarme, sino en lo contrario, en no esforzarme, en no buscar la felicidad, sino en recibir lo que venga con los brazos abiertos, en abrir mis ojos con mi alma incluida y que en ese abrir de ojos, perciba esa felicidad que a veces está escondida. 

El arte de encontrar la felicidad en los detalles cotidianos

Quizás la clave esté en aceptar lo que me toque e ir encontrando destellos de felicidad en medio del caos inclusive. Como estos días, donde la enfermedad pegó nuevamente a nuestra puerta y nos dejó sin palabras, sin ánimo siquiera para protestar. Así que abrimos nuestros brazos y le hicimos lugar. Y de repente, como de manera milagrosa, voy encontrando pedacitos de felicidad. En un abrazo sentido con mi esposo. En esa dependencia absoluta de Dios. En esa armonía que se experimenta cuando uno se entrega y va descubriendo que la felicidad no es siempre estar de fiesta o en vivir sin ningún problema. A veces la felicidad más cara se encuentra en medio de la oscuridad. 

Quizás el esfuerzo que tengo que hacer sea ese, aceptar mi realidad con todo lo que contiene, con lo lindo y lo feo, con lo fácil y lo difícil, con lo que esperaba y con lo que no esperaba, con las decepciones y con las sorpresas que aparecen en medio del camino. Porque de repente en medio del desierto, aparecen oasis que nos permiten revivir y los disfrutamos de manera intensa y la vida cobra otro sentido y la alegría se triplica. 

Un momento normal y cotidiano se transforma en “el momento”.  

Y lo que ayer parecía imposible de transitar, hoy nos regala una nueva mirada de la vida y en especial de las personas. Y las relaciones pasan a ser lo primero. Y cada encuentro verdadero nos transforma y nos hace más humanos. 

Y nos damos cuenta que en lo cotidiano está siempre la semilla de lo extraordinario. 


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Siempre terminamos llegando a donde nos acogen, a donde nos esperan. Se trata de la esperanza. De comprender que vivir es bueno. Que hay un sitio donde protegerse: de la lluvia, de la nieve, del sol inclemente, de la noche que nos trae fantasmas y bruma. Es una invitación a caminar: yo camino, tú caminas, todos caminamos y nos encontramos en el camino.

Es mirar adentro, centro de todo lo que nos pasa. La esperanza de ver morir el conflicto y ver nacer la alegría de las nuevas oportunidades. En la mañana yo espero que al nacer el nuevo día, el nuevo tiempo traiga la solución de algunas cosas y en la noche ya no espero lo que no pudo pasar en el día. Empiezo y termino, estoy vivo para el ahora, vivo para el momento, existo despierto, para existir y cantar, bailar, el gozo de decir: “te amo”, para aceptar que mi muerte también esta ocurriendo ahora, que la muerte nos pasa al otro y a mí, que trae la despedida del conflicto y de la alegría.

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