18 julio, 2024

Ecuador, ¿golpe de Estado?

Durante el cierre de la segunda conferencia internacional de consenso sobre Seguridad Penitenciaria y Ciudadana celebrada hace apenas unos días en la capital de Ecuador el presidente de ese país Daniel Noboa revelo qué los violentos sucesos del mes de enero que pusieron en vilo a toda la población y condujeron a la intervención del ejército respondían a un intento de golpe de Estado. En momentos en que una delegación de altos funcionarios de los Estados Unidos ha venido sosteniendo reuniones con el gobierno de Noboa, la noticia fue recibida con cierta cautela por los sectores políticos y la opinión pública, a la vez que sirvió para anunciar la extensión, por otros treinta días, del decreto de excepción y conflicto armado dentro del cual el propio Noboa dijo que se reduciría el tiempo de los toques de queda nocturnos con el fin de darle un respiro al sector comercial e industrial, así como a la clase trabajadora del país. Un recelo que algunas fuerzas políticas y sociales ya han expresado, entre ellas la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador, CONAIE, con cerca de cuarenta años de constante actividad en la historia política del Ecuador y un rol opositor y antagónico importante en la caída de gobiernos como los de Abdalá Bukaram, Jamil Mahuad  o Rafael Correa, entre otros. 

Las advertencias al gobierno de Noboa apuntan en su conjunto al peligro que encierra la ayuda ofrecida por los Estados Unidos a través de la jefa del Comando Sur, Laura Richardson, por la posibilidad que deja abierta para que dicho país con un largo historial intervencionista en Centro y Suramérica trate de mantener una representación militar en territorio ecuatoriano, riesgo que también Nicolás Maduro, quien llamó “diablo” al gigante del norte, ha recordado a su colega ecuatoriano. 

La comandante de EE.UU., Laura Richardson, llegará a Ecuador, luego de visitar a las autoridades de Colombia

Sí los motivos por los cuales Noboa alargó la presencia militar en las calles ecuatoriana son esas y en verdad las diferentes organizaciones criminales que azotaron al país durante el mes de enero estaban perpetrando un golpe de Estado o si, por el contrario, se trata de una excusa con la cual justificar ante los ecuatorianos, quizás pensando en la elecciones del 2025,  la restricción de las libertades y derechos individuales consagradas en la constitución y en las leyes por otros treinta días, pronto lo sabremos. En nuestra opinión parece una actitud exagerada e innecesaria pues el estado de excepción está establecido en la constitución, que permite llevarla hasta los noventa días, y ya existe, por lo demás, un antecedente de agosto del año pasado cuando el expresidente Lasso en circunstancias similares, que ya avisaban lo que venía si no se tomaban medidas extremas, decretó el estado de excepción por sesenta días. 

Más que cautela o recelo lo que a nosotros nos causó la revelación de un golpe de Estado fue asombro, y no debido a que no haya ocurrido, sino más bien por la extrañez que nos dejó al oírla y qué nos trajo a la memoria una de esas películas que muestran una sociedad distópica en la que impera la anarquía, la rapiña y la delincuencia como única forma de convivencia en la que no existen reglas, salvo la ley del más fuerte, guiada por la violencia, la desconfianza y el miedo. Y es que pensar en que un golpe de Estado pueda ser llevado a cabo por organizaciones criminales, por muy poderosas que sean, es a nuestro modo de ver algo inédito, que si bien no es imposible de pensar, sí de tragar. Quizás nos estemos dejando arrastrar por la tradición y la historia, y ello nos impulse, por ende, a rechazar cualquier participación, a la hora de tumbar gobiernos, de   bandas de narcotraficantes, de maras, de mafias o de asesinos en serie que pretendan sustituir a los militares o al pueblo, sobre todo en nuestra América, en dicho papel protagónico, no obstante que, dada la inconstitucionalidad de los golpes de Estado contra los gobiernos democráticos, sean por definición, unos delincuentes quienes los perpetran. Somos más bien de la idea de qué a esas organizaciones tan poderosas de narcotraficantes y criminales no les hace falta dar un golpe de Estado de la manera tradicional, es decir, con armas, la toma de canales de televisión o del palacio presidencial. 

Desde el Ecuador basta con levantar la vista hacia el norte o de bajarla hacia el sur para darse cuenta de que, desde hace ya un tiempo, los gobiernos de algunos países se encuentran en manos de bandas muy bien organizadas sin necesidad de aspavientos o de mostrar sus armas automáticas de última generación en las calles.



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