19 julio, 2024

Las dos escuelas

Recientemente, el 21 de febrero, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEVAL) hizo público los resultados de la prueba Ser Estudiante (SEST), una iniciativa que pretende ser una adaptación local de la prueba internacional PISA, también administrada por el INEVAL desde 2013. La prueba SEST evalúa los aprendizajes logrados por los estudiantes en Matemática, Lengua y Literatura, Ciencias Naturales y Ciencias Sociales en la Educación General Básica (BGU) y en el Bachillerato General Unificado (BGU) en instituciones fiscales, fiscomisionales, municipales y particulares (INEVAL, 2024).  A simple vista se aprecian algunos avances en los puntajes obtenidos respecto a la misma prueba del año anterior.

Fuente: INEVAL, 2024.

La mayoría de los estudiantes no alcanzó el puntaje mínimo (700 puntos, Nivel Elemental, ver la figura) requerido en las distintas asignaturas. Las diferencias no varían significativamente con respecto al año anterior, salvo un descenso en los establecimientos educativos de sostenimiento particular. La educación fiscal y la municipal no sobrepasó el nivel elemental.  La educación fiscomisional apenas llegó a los 700 puntos, aumentando un punto respecto al año pasado.  En cambio, los estudiantes de instituciones particulares obtuvieron mejores puntajes, obtuvieron 709 puntos, aunque el año pasado alcanzaron 720.

Las posibles causas de estos bajos resultados podrían atribuirse a la crisis educativa derivada de la pandemia, al aumento de la deserción escolar, la interrupción de los estudios y la falta de preparación de los docentes. No obstante, todas estas explicaciones, describen en última instancia, un fenómeno que se manifiesta con fuerza: el deterioro de la calidad en la educación nacional. No busco consuelo al señalar que esta triste realidad educativa es compartida por muchos países, algunos de ellos con democracias consolidadas y de larga data.  Pero, sería nefasto confirmar la hipótesis de que países democráticos tengan la población menos educada y, en cambio, autocracias poderosas se distingan por conocimientos de calidad y alta aplicabilidad en sus respectivas geografías.  ¿Será acaso que estamos ante el surgimiento de dos escuelas, la una mediocre, producto de las democracias gastadas y, la otra de calidad impuesta por los eficientes totalitarismos emergentes?

Sin embargo, evitemos extraviarnos en los intrincados senderos de la política y centremos nuestra atención en lo que sucede en los salones de clase, en las calles y en nuestros propios hogares.   La mayoría de nuestros estudiantes enfrenta dificultades para construir argumentos coherentes, elaborar silogismos con conclusiones elementales o sustentar afirmaciones de manera oral o escrita. Los escasos enunciados que formulan suelen consistir en eslóganes impregnados de un sentimentalismo que opaca a la razón.   En ese sentido, nos estamos transformado en seres humanos de expresiones breves, al estilo Twitter, capaces de comunicarnos en 280 caracteres, unas 45 palabras, a menudo cargadas de antipatía y errores ortográficos.  Quizás esto se relacione con la tendencia a decir poco porque se conoce poco. Ejemplo de ello es la reducción progresiva de las horas de clase dedicadas a asignaturas como Historia o Geografía, diluyéndolas en la categoría genérica de «Ciencias Sociales» para dar paso a otras temáticas más de moda. En el fondo, es un problema de suma gravedad, porque mientras nuestros estudiantes carecen de herramientas para comprender el pasado, interpretar el presente y proyectar el futuro, la historia tristemente se repitirá y la geografía cobrará su revancha.  

Pero, esto no pasará con las élites que se educan en la escuela privada, en la que disponen de todo tipo de recursos para aprender.  La élite forma a sus hijos en escuelas de élites.  No seamos ingenuos, ni los políticos, ni los grandes empresarios confían la educación de sus hijos a la escuela pública o subvencionada.  Para muchos jóvenes de bajos recursos, la educación concluye con la secundaria, y aún aquellos que acceden a la universidad encuentran limitaciones.  Y para quienes sí lo hacen, deben prontamente obtener una maestría o un título de postgrado, invirtiendo una considerable cantidad de dinero, cuyo retorno demora, en el mejor de los casos, más de tres años.  Esta realidad contrasta notablemente con la educación universitaria de las élites, no solo por la fortuna que cuesta estudiar en una universidad de élite, sino también porque brinda acceso a círculos exclusivos, clubes privados que funcionan casi como verdaderas mafias, en las que se mueven entre ellos, se dan trabajo entre ellos, excluyendo al resto de la sociedad. ¿Será acaso que estamos ante dos escuelas, la una que asegura el retorno inmediato de la inversión y la otra que no proporciona una inserción eficaz en el mercado laboral, ni contribuye a merecer un salario digno, obligando a los graduados a trabajar en empleos no relacionados con su formación universitaria? ¿Será que, de manera indirecta, estamos fomentando la frustración y el resentimiento de los jóvenes hacia una sociedad que parece los ha obligado a dar la espalda a su vocación?

Es difícil de responder a estas preguntas sin un análisis serio y estratégico.  Los indicadores del INEVAL nos mueven hacia esa dirección. Si nos resignamos a aceptar la existencia de las dos escuelas, no solo estaremos siendo complices de esas desigualdades de aprendizaje y corroborando su relación perversa con las condiciones de vida los estudiantes, sino que también perpetuaremos un bucle que reproduce el sistema, pero no lo cambia, y en el que unos pocos ganan con que a muchos no se les comparta el saber.

Referencia

INEVAL. (2024, February 16). “Ser Estudiante”Banco de Información. Banco de Información. http://evaluaciones.evaluacion.gob.ec/BI/nacionales-informes-y-resultados/?fbclid=IwAR3-8WUbCiV5ePaHijpwoJg9QVl30JzCkbIfkMtoCtohELOX1StGRDeipSw

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