23 abril, 2024

Desalojo

(Cuento publicado en la antología Latinoamérica en Tinta Fresca-vol. 1)

Vi tres rayas de sangre en mi techo, me desperté dos veces esa noche, con ahogo, apnea del sueño. Estábamos desolados. La casa está en peligro, fue lo que sonó en mi cabeza.

Algo me dijeron, las voces, sobre las conversaciones con Atina en tiempos de COVID-19. Arañaban las sábanas de mi cama, como cuando los gatos afilan sus uñas sobre las telas de los muebles.

Escuché un código: ACIHC 165184941. Fácilmente lo pude descifrar: Chica perdida.

Quiero sentir que no existe el miedo porque solo quiero creer en Dios. No tengo miedo, pues Dios está junto a mí. Repetía esa frase una y otra vez, en mi cabeza, pero no lograba sentirme mejor, porque no creía en ella. 

“Estoy atrapada, no puedo hablar, ni puedo escuchar”. Era un sonido sordo, como una voz de mujer. Un eco… Desperté. Todo había sido un sueño.

Ese día, mientras soñaba y luego cuando desperté, ese viernes 13 de marzo, llegó una notificación al departamento de Sibila, mi cuñada.

Sibila ya había salido y pasaron la carta, debajo de la puerta. 

Por la mañana Sibila fue al centro médico a donde le realizaban la diálisis, llevó las llaves y el dinero para el taxi en su monedero. Olvidó el teléfono celular, que, junto al cargador, quedó sobre la cama desarreglada.  Sibila tenía planeado regresar para solucionar algunos pendientes. 

Al salir de la sesión de diálisis, se sintió algo mareada, vomitó. Una vecina de diálisis, con quien estuvo conversando en la sala de espera, compartió el taxi con ella. Regresaron juntas, cada una iba a desembarcar en la dirección de su respectiva casa, mientras se hacían compañía en el trayecto. 

Habían avanzado unas cuadras y a Sibila le dio un infarto. ¡Pare!, ¡por favor!, gritó la vecina de diálisis, creo que está muerta. Avanzaron rápidamente hasta la estación de policía, ¡sí, está muerta!, dijo el policía, una vez que examinó a Sibila, dentro del taxi. El taxista y el policía la bajaron del auto y la dejaron ahí, en la estación de policía.

El cuerpo inerte de Sibila se quedó solo, sin su monedero y sin las llaves del departamento.

Pasaron los días y por Facebook la vecina de diálisis encontró a los familiares. Los familiares, que consistían en un hermano, llevaban unos días buscándola. Su hermano menor, el único de sus cuatro hermanos que se preocupaba por ella, había ido a visitarla al departamento, al no encontrarla, la llamó varias veces al teléfono celular, pero Sibila no respondió. Ella, mujer independiente y conflictiva, estaba alejada de todos. Pero Alberto solía ayudarla económicamente y ella necesitaba esa ayuda. 

No se llevaba bien con su familia.  Al decir de todos, era una mujer jodida. 

Solía contactarse con su hija, quien vive en el extranjero y leía los mensajes que le enviaba Sibila, al menos una vez a la semana. Aunque por lo general, según se supo después, no respondía a sus llamadas. No quería problemas con su madre.

Su hija no vio mensajes esta vez, ya casi por una semana, ni llamadas perdidas, por algunos días, más de los acostumbrados. Se preocupó y contactó a la familia, al tío Alberto.

Alberto, luego de conocer sobre la muerte de Sibila, la buscó por la morgue de los hospitales, hasta que al fin dio con ella. 

Yo entendí mi sueño, era sobre la muerte de Sibila.

Alberto fue a reconocer el cadáver, olía muy mal. Descompuestos ambos, el cadáver y el hermano; al entierro acudieron pocos, unas seis personas, entre ellas, Atina, una sobrina loca, quien conversaría sobre los tiempos del COVID-19, en sus relatos disparatados, por redes sociales. Además, contaría sobre lo sucedido a Sibila. 

El día anterior al funeral, los familiares, Alberto y un ayudante, llegaron al departamento para retirar las cosas. Las pocas de valor ya no estaban; el teléfono celular y el cargador estaban tirados en la cama.

Ya había empezado la pandemia, había miedo e incertidumbre por todas partes. Además de los muertos perdidos y las largas filas para poder encontrarlos.

En el departamento, todas las cosas de Sibila esperaban su regreso. Desde los corazones azules pegados en la puerta de entrada, hasta el celular tirado en la cama, con el cargador desconectado, esperando por los mensajes que nunca más enviaría a su hija y por las llamadas a la misma hija, quien no tendrá para qué contestarlas. Estaban los calzones recién lavados tendidos en el baño, la ropa en orden, todo limpio. Y la foto de la hija, único adorno sobre la pared de la cocina, sonreía.

La carta también estaba ahí. 

Los familiares, el ayudante de Alberto, recogieron un papel que estaba en el piso, al parecer lo habían pasado por abajo de la puerta: “Tiene de plazo hasta el viernes 13 de marzo para desalojar el departamento. El contrato de arriendo ya está vencido. Le recuerdo que debe tres meses de arriendo que deben ser cancelados lo más pronto posible.

Por favor, al salir con sus cosas, deje las llaves en administración”.



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