15 abril, 2024

Un ciego puede guiar a otro ciego

Hace unos pocos días conocí a alguien excepcional.  Espero que a la persona sobre quien me referiré, quizá cuando “escuche” este texto (porque no podrá leerlo), lo primero que querrá hacer es, con benevolencia, corregirme.  Porque el empleo de la palabra “ciego” es políticamente incorrecto, porque dentro del argot del lenguaje inclusivo no está bien visto -o escuchar- las manidas palabras: sordo, manco o mudo para adjetivar a una persona con discapacidad.  Por eso, quiero compartirles tres lecciones que aprendí con él y que, sin que se diera cuenta, me sirvieron para reflexionar en mi propia vida y muy probablemente inspiren nuestras propias luchas cotidianas, grandes y pequeñas. 

Lo conocí brevemente, gracias a la gentil invitación que me hizo una reconocida universidad ecuatoriana para presentar una sencilla ponencia basada en mi tesis doctoral sobre educación en la ciudad de Cuenca.  No olvido lo que me ocurrió en el primer instante al verlo cuando nos encontramos para tomar el avión. Rondando los 60 años, de mediana estatura, portando gafas negras que contrastaban con su generosa cabellera blanca, caminaba aferrado a un delgado y hueco bastón de aluminio que terminaba con una pelotilla blanca atornillada en el extremo inferior. Era un bastón especial, de esos, que en su interior llevan un cordel para permitir plegarse en tres o cuatro partes cuando ya no se necesite tantear el mundo exterior.  

Debo admitirlo, con arrepentimiento, sentí al principio un poco de lástima por él. Porque no podía ver y yo sí. Porque dependía de un bastón y de otras personas y yo, no.  Porque se perdería la experiencia visual de volar, porque no podría ver los colores del cielo azul despejado, ni las nubes blancas que envuelven el avión al surcar los aires, ni los gestos, ni los movimientos de los otros pasajeros durante el vuelo. Y, como seguramente lo están sospechando -y lo verificarán al cabo de unos minutos de lectura-, todo eso empezó a cambiar dentro de mí al verlo y sentirme arrojado a reflexionar sobre la ceguera, que era más mía que la de él.  Definitivamente, cuando regresé a casa traía conmigo los conocimientos y experiencias de un evento académico, pero llevaba en mi memoria y en mi corazón algo más: el ciego no era él, sino yo. Y, definitivamente, un “ciego” puede enseñar a caminar en los vericuetos, en los que veces se convierten los caminos de la vida, a otro “ciego” como yo.

La primera lección que me enseñó fue la de dar mayor atención a mi capacidad, y menos a lo que no puedo hacer.  Y cuando, escribo “mayor” lo hago tentado a escribir en su lugar “toda mi atención”, porque cuando lo hacemos, damos ese paso difícil, que mucha gente -como yo- no se atreve a dar, de hacer de nuestras capacidades, aunque sean muy pocas, un factor -estrictamente en el sentido multiplicador del término- de cambio en el mundo y con quienes nos rodean.  La capacidad puesta en acción nos transforma en “agentes”, utilizando la concepción latina del término “agĕre” que significa el que hace, el que obra, es decir la persona que ha descubierto que, aunque tenga miles de imperfecciones, falencias y errores, es capaz de ser un agente, alguien que tiene la capacidad de obrar.  Todo lo contrario, es considerarse a uno mismo un “paciente” (de “patiens”, el que padece), que sufre, que se conforma con no hacer nada, ni siquiera trata de explorar sus capacidades escondidas. Me di cuenta que yo mismo y muchas otras personas quieren ver -y esperan de mí-, un “agente” que obra algo y no un paciente a la espera de que otro -un agente- haga algo por mí.

Atravesar el camino que nos conduce a ser “agentes” es característico del proceso de la madurez humana.  Al principio de la vida, cuando bebés, éramos indefensos, débiles,  delicados, dependientes totalmente de los demás, éramos “pacientes”.  Y luego, lentamente aprendemos, desde cero, a convertirnos en agentes y nos convertimos en adultos que tomamos las riendas de nuestra vida reclamando y ganándonos nuestra capacidad de acción.

Mi estimado amigo “no-vidente” (término que tampoco me gusta porque nombra a alguien por lo que “no es”)  tiene, en mi opinión, una de las discapacidades más adversas, porque no solamente limita la capacidad de mirar, de fijarse con la mirada en el detalle y la totalidad, sino que en gran medida, restringe o suprime su capacidad de acción para muchas de las funciones más elementales.  Y aun así, no se sintió derrotado.  Supongo que habrá hecho grandes esfuerzos para superar el “shock” del accidente automovilístico a sus recién comenzados treinta años, que lo encarceló en la jaula de la ceguera.  Y sin embargo, a diferencia mía y de muchos de ustedes que podemos leer, que seguramente tienen las mismas -o quizá más- capacidades latentes que yo, él no solamente perdió de un momento a otro, la capacidad para ver, sino que tuvo que superar esa discapacidad y, por si fuera poco, volver a convertirse en un “agente” con otras capacidades, un agente que volvió a recuperar su capacidad de acción.

Si me apuran en resumir esta lección en pocas palabras diría: Desarrolla tu capacidad de acción, supera tu discapacidad. Deja de ser un paciente y transfórmate en un agente. 

La segunda lección que me regaló mi sorprendente compañero de viaje fue la de perseverar en la capacidad de acción y persistir en ella, a pesar de que cambien los escenarios, las condiciones y hasta los mismos hechos que hicieron posible que esa capacidad irrumpa en nuestra vida.  Para ello, no basta con que la capacidad se haya desarrollado eficientemente, se la domine y se vuelva habilidoso con ella.  Se requiere juntar otros elementos, que son como el combustible que permite que la capacidad no se apague.  Se trata de los valores, las preferencias, las metas y un serio proceso de transformación interior para hacer que esas capacidades, nos empujen a tomar decisiones que se conviertan en acciones.  Si tus valores, preferencias, metas y tu transformación interior son incoherentes entre sí, incompletos o débiles, quedarás paralizado sin importar cuánto te hayas aplicado a desarrollar tus capacidades.

Y precisamente cuando esos elementos -el combustible que hace que siga activándose la capacidad- tienden a escasear, a ponerse a prueba, es precisamente el momento en que las circunstancias iniciales cambian.  La persona a la que me refiero en este artículo, a causa de su imposibilidad de ver, desarrolló varias capacidades para salir de la oscuridad.  Una de ellas fue la de manejar el código braille, con todo lo que eso implica, tiempo, dedicación y habituarse a leer con los dedos.  Pero al poco tiempo las circunstancias empezaron a cambiar.  A los pocos años, le surgió la posibilidad de trabajar para una universidad en el área de inclusión.  Y, como en casi todas las instituciones educativas, no había una amplia gama de textos y otros materiales de señalética escritos en braille para hacerle la vida más llevadera.  Supongo, que el cambio de ser una persona vinculada a las asociaciones de no-videntes y cambiar eso por el trabajo en una universidad no fue para él nada fácil. Tenía la opción de dejar pasar esa oportunidad y quedarse en su entorno seguro.  No podía tampoco ponerse en el plano de exigir que la universidad y sus dependencias se adapten a sus necesidades. Peor aún, bajar los brazos al darse derrotado porque si aceptaba el reto el entorno al que estaba habituado, cambiaría radicalmente.  Debía persistir en su capacidad de acción aunque eso implique replantear sus objetivos y estrategias.  

El resultado de su decisión fue sorprendente, sus capacidades no disminuyeron, se ampliaron.  Además de su habilidad dáctilo-lectora, supo utilizar la tecnología, para leer, investigar y escribir no solo con los dedos, sino también con su oído y con su voz. Es admirable verlo hoy cómo escucha textos, envía mensajes, redacta informes, responde emails desde el teclado de su computador o utilizando su teléfono celular.  Hoy la universidad para la que trabaja está orgullosa de tenerle a él como uno de los editores principales de una de sus revistas científicas.

Finalmente, la tercera lección: No hay que ser ingenuos, siempre aparecerán obstáculos.  Hay que reconocerlos y decidir entre derribarlos o, simplemente, rodearlos.  No voy a detenerme a considerar en qué pudiera consistir esa fortaleza necesaria para echar abajo los muros con los que nos enfrentamos en la vida.

Me centraré en algo que es mucho más fácil, pero que pocas veces nos ponemos a considerarlo.  Les recuerdo que habíamos dicho en la primera lección sobre la importancia de poner énfasis en lo que podemos hacer y no en lo que no podemos hacer.  Pues bien, en lugar de abatirnos por la frustración que genera el no poder eliminar los estorbos y decir “hasta aquí llego, no puedo hacerlo”, es mucho mejor bordear el muro y decir “puedo hacerlo, pero otra manera”.

Con su bastón de aluminio mi estimado amigo me ensañaba a cada paso a caminar juntos, a subir las escaleras, a cruzar las calles -las lizas y las empedradas- y bordear huecos, piedras, tachos de basura, postes de alumbrado púbico, y desniveles que a menudo se interponen sin misericordia en el camino de las personas con movilidad reducida. Y así, flanqueando los obstáculos llegábamos juntos, acompañándonos, a nuestro destino.  El último día de nuestra estancia en Cuenca, fuimos a un conocido lugar de la ciudad a comprar los famosos “dulces de Corpus”.  El lugar estaba atiborrado de gente. Eso me recordó también que algunas personas podemos ser de gran ayuda a otras para avanzar en medio de los tropiezos, pero también a veces ciertas personas se convierten en nuestros propios obstáculos.  A esas personas también hay que esquivarlas.

El bastón de aluminio aquí tiene una misión fundamental. A mi estimado amigo le servía sobre todo para conocer lo que tenía enfrente, si era posible seguir, dar un paso largo o corto, o simplemente dar un rodeo.  Nosotros también necesitamos de un bastón, una especie de “sensor” para mantener una evaluación actualizada de lo que podemos hacer, del entorno físico y social específico en el que nos encontremos en cada momento.  Este detector es esa actitud que implica darnos cuenta, no solo sobre el alcance de nuestra capacidad para derribar o sortear un escollo, sino también para saber si, lo que parece un muro, lo es en realidad. Sin esa actitud fácilmente nos dejamos engañar por un espejismo de muro.  Y, todavía es peor cuando sin ese bastón, que la podríamos llamar “sabiduría” o “auto-conciencia”, no sabemos decidir qué muros deben preocuparnos, cuáles podemos derribar o cuándo es el momento de cambiar completamente de dirección.  Quizá algunos piensen que esto podría ser cobardía, falta de talento o una actitud de fracaso.  Pero, prefiero la falta de éxito a la falta de fe.

Hasta aquí lo aprendido de un ciego y mi ceguera, en tres lecciones de vida.  Él, que veía más allá de las sombras y yo, que no podía salir de una falsa realidad que opacaba mi visión.  Gracias Hugo. Definitivamente, un ciego pudo guiar a otro ciego como yo, porque la verdadera ceguera es solo un infeliz estado del alma.

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4 comentarios

  1. uau… grandes lecciones que no imaginé transmitir… solo me sorprende lo viejo que me viste… jajajajaj… un fuerte abrazo y continuaremos caminando

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