28 mayo, 2024

Los enamoramientos y los coqueteos (I)

HAN SIDO MUY VARIADOS, DE ACUERDO CON LAS ÉPOCAS. INCLUSO EL BESO, INICIALMENTE ERA EN LAS MEJILLAS Y MUCHO DESPUÉS EN LA BOCA, EN LA ÉPOCA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA.

EN LA COLONIA, los españoles no enamoraban a las indígenas, simplemente las escogían para ellos y punto.

En la etapa de la Independencia de España, los enamoramientos empezaban con muy discretos coqueteos de parte de ellas a ellos. Estos discretos coqueteos se daban en las iglesias, durante las misas, cuando las mujeres usaban obligatoriamente mantillas, que eran transparentes y lo expresaban con una ligera sonrisa. Posteriormente en los restaurantes, cuando utilizaban los abanicos de madera, los cerraban y los abrían, hasta llamar la atención del susodicho.

En el Guayaquil antiguo, post independencia de España, en casas de un sólo piso no muy alto, las chicas, arrojaban un papel arrugado a la calle cuando se acercaba el jóven que les gustaba, éste a su vez les dejaba en la calle, la frente de su casa, otro papel manuscrito, que era recogido por la empleada de confianza de la jóven que pasaba asomada en la ventana.

Con posterioridad, el guiño de ojos, del ojo derecho generalmente, era una manera de decirle a la chica, que te gustaba. Pasaban meses, hasta que podías visitarla, algunos utilizaban sus destrezas musicales y poéticas para enamorarlas, como Medardo Angel Silva. Que se enamoró locamente de su alumna, a la que le enseñaba clases de piano y se le declaró, tenía a duras penas 14 años y ella no lo aceptó, lo consideraba un viejo de 20 años apenas. Los jóvenes de aquellas épocas tenían un revólver en sus bolsillos del saco, el alumbrado era de velas o de gas, Medardo, no soportó el desaire de su alumna y se suicidó delante de ella, en la sala de de la casa de su alumna. Medardo Angel Silva, el primer poeta al que se lo denominó como miembro de la “generación decapitada», extremadamente románticos, no soportaban un desaire como ese.

Ya en el Guayaquil moderno, el tiempo del “vacile”. duraba meses, hasta que la chica de tus sueños, se daba cuenta que siempre con tu mejor ropa de vestir, aparecías en los lugares que ella frecuentaba con sus amigas, un club social, el cine, en un restaurante de moda o en las fiestas que se hacían en casa. Posteriormente a ese “vacile”, una serenata, a la media noche, en la casa donde vivía y desde la calle con los guitarristas, si ella se asomaba a la ventana (y no te lanzaba una lavacara de agua),significaba que le gustabas. Si no se asomaba, por temor a sus padres, de alguna manera te lo hacía saber con alguna amiga común.

Después de ese “trámite”, si había clic entre los dos, las amigas de ella, entraban en acción y te lo decían, en alguna otra fiesta o reunión social: “Fulano, tu le gustas a mi amiga sultana”. Si no te atrevías a declararte, te presionaban: “mi amiga espera que hoy te le declares” y si no lo hacías te presionaban por segunda ocasión.

Incluso, con la declaración, la respuesta de la susodicha no era inmediata. Algunas decían, “dame una semana para pensarlo”, otras tres meses. Esto le pasó a un compañero de colegio, que se le declaró a a una chica muy bonita a la que todos hubieran querido ser su enamorado. Ella le respondió: después de tres meses te contesto. Él la espero y ella le dijo que no lo aceptaba.

La expresión de aquellos días, cuando una chica te gustaba era “me doy tres caídas por ella”.

Así eran las cosas. Con las chicas de familia, pero cuando te aceptaban, sólo tenías derecho a cogerte de la mano con ella, encontrarte en el cine, El Presidente y el 9 de Octubre eran los mejores de la época, y sentarte junto a ella, en el asiento que te guardaba, junto con sus amigas.

Yo, tenía la costumbre de llegar empezada la función. Había en los cines, los acomodadores, con una linterna te dirigían hasta un asiento desocupado, avanzabas lentamente, hasta que una manito se alzaba, para señalarte donde estaba sentada. Si tu enamorada vivía en el centro de la ciudad, podrías acompañarla a pie hasta su casa por la calle 9 de Octubre. En el interín podías invitarle una dulce y una cola. Yo escogía uno pequeño que quedaba en la esquina de una casa de madera, de 9 de Octubre y García Avilés, que atendía una dama alemana-ecuatoriana, que traía unos exquisitos dulces de Quito, después, a pie hasta su casa en el centro. Sino vivía en el Centro, ella se iba a su casa con sus amigas, el padre de una de ellas las llevaba en su automóvil.

Los jóvenes de los años sesenta del siglo pasado, acostumbraban a pararse en las esquinas de las calle 9 de Octubre y sus transversales. Los de la calle Santa Elena, se denominaban los de “Santa Nueve”. Mi hermano, mis primos mayores y sus amigos de la Academia Militar Juan Gómez Rendón y del Colegio San José la Salle, “paraban” el mitad de la Av. 9 de Octubre, entre Boyacá y García Aviles, se llevaban “Barrio La maldita” (BALAMA), los que paraban en la esquina de Boyacá y 9 de Octubre, se denominaban, los de “Boca Nueve”. También eran famosos los del Bongo y los del Milko, (más jóvenes y muy ricos algunos),se creían los mas guapos. mas adelante los del Milko, los últimos “paraban” en El Malecón y 9 de Octubre, era los mayores.

Los enamoramientos en esas épocas se daban, desde esos sitios y a través del saludos de las chicas, que paraban a la salida del cine con sus padres, por la Av. 9 de Octubre. Si te contestaba el saludo con una sonrisa coquetona, quería significar que le gustabas. Yo no “paraba” en ninguno de tales barrios de la Av. 9 de Octubre, pero eran amigo de muchos de ellos. El horario de lunes a viernes era desde las 5 p.m. hasta las 6h30, en la que ya empezaban a retirarse a sus hogares.
(Continuará)

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Los seres humanos nos preguntamos constantemente ¿quiénes somos? Necesitamos saber para descubrir nuestra verdadera identidad. Eso lleva toda una vida, la gran mayoría de las veces, mientras tantos peregrinamos, buscamos, vivimos, pero debemos vivir a plenitud, ese es el desafío, pero no lo hacemos, sufrimos por saber quiénes somos. Una cosa es segura, una pista para descubrirlo son nuestras acciones, nuestras obras que no definen quienes somos, sino lo que podemos ser. Y podemos ser santos o pecadores, grandes o pequeños, he ahí la maravilla de la libertad y de las posibilidades humanas. Cuenta C. Valles:

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