28 mayo, 2024

La parábola de las gemelas que ejercieron el derecho que querían tener

“No estoy a favor ni en contra del aborto…pero lo justo es que si la mujer puede ejercer su derecho a matar a su hijo, el papá debe tener el derecho de abandonarlo si es que la madre decide tenerlo. Mi dinero, mi decisión. Y si estoy equivocado, entonces capaz todos estamos equivocados.” – Dave Chappelle 

Lama y Nona eran hermanas gemelas que fueron separadas al nacer al ser enviadas a criarse a lugares distintos cuando sus padres fallecieron repentinamente. 

Al encontrarse después de muchísimos años, ambas conversaban llorando desconsoladamente, ya que Lana contaba que había padecido a sus quince años una violación, lo cual dejó huellas imborrables en ella.

Nona, por su parte, le contaba que también sufrió un evento traumático a la misma edad, ya que mientras viajaba en un auto junto con sus vecinos, tuvieron un accidente en el que fallecieron todos, menos ella y Abel – el abuelito del vecino -, quien estaba prácticamente en estado vegetal.

Lana continuó su relato diciendo que Nona no podía imaginarse cómo odiaba al niño que tenía dentro de su vientre; le recordaba la espantosa violación y la impotencia de no haber podido hacer algo al respecto. 

Algo similar le decía Nona: “Tener que cuidar al anciano Abel sentía que me arruinaba la vida. No tenía dinero, y tener que cuidarlo me evitaba vivir la plenitud de mi vida, ni siquiera podía trabajar…”.

Lana, por su lado, le confesó que por su rabia decidió terminar con su embarazo, yendo a un doctor para que le realice el aborto.

Nona le contó que ella hizo exactamente lo mismo: no le quedó más que llevar al anciano Abel a un doctor amigo, quien por un dinero terminó con su vida. “Prácticamente ya no era un ser humano”, le explicó. “Estaba en estado vegetal”.

Pero en el momento de la conversación – ya siendo mayores las gemelas – sentían un remordimiento tan profundo que no eran capaces de entenderlo ni de vivir con él. Justificaban su acto diciendo que habían ejercido su derecho a decidir sobre su cuerpo y sobre su futuro. Mas, sin embargo, no entendían por qué la conciencia las acosaba.

“Si alguien nos hubiera advertido que no es fácil matar a un ser humano…”, ambas se lamentaban. “¿Por qué la sociedad me dijo que eso era normal y que era un derecho mío?”, dijo Lana con frustración.

“Es una tragedia, he pensado ahora con calma que lo hubiera podido llevar a un hospicio”, le contestó Nona. “Y yo lo hubiese podido dar en adopción”, confesó Lana; y continuó: “Ahora no puedo parar de pensar que no me preocupé por el derecho de mi hijo, por más pequeño que este haya sido. Era sangre de mi sangre, ADN que salió en parte de mí prácticamente desde el instante de la violación”.

“Por lo menos tú mataste a quien nunca habías visto, yo maté a alguien con quien incluso había conversado”, le respondió con lágrimas Nona. 

“Créeme que es lo mismo… Créeme que es lo mismo. El mensaje que nos dio la sociedad no me ayudó”, le dijo Lana. “Al ser humano llámalo anciano, adulto, joven, bebé, feto, zigoto o cómo quieras. Ser humano es SER humano…”

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