16 junio, 2024

Introducción al libro sobre Olmedo a publicarse en 2020, año del Bicentenario. (1)

El historiador Francisco Campos, al referirse a José Joaquín Olmedo considera que “…debe ser considerado bajo dos aspectos. El Primero como hombre público, cuya vida entera ha sido un constante y continuado servicio a la Nación; el segundo como hombre de letras, cuyas obras le han llevado a la más encumbrada altura”. Mi libro trata sobre su vida pública. Muchas obras se han publicado sobre él, pero lo único estudiado hasta el cansancio es su poesía. Ella se analiza palabra por palabra de cada estrofa. En contraste, la historia no reconoce la importancia de Olmedo en la Independencia de Ecuador; los historiadores se limitan a identificarlo como el gran poeta de lo que fue América española. El historiador Abel Romeo Castillo lo reconoce cuando afirma “…la vida del hombre de Estado, la del insigne jurista y legislador, que fue impulsado por sus compatriotas a enfrentar difíciles circunstancias políticas, no ha sido suficientemente estudiada”.

Olmedo fue mucho más. Ser poeta en la historia no tiene la misma importancia que ser gran estadista, como él lo fue, en toda la extensión de la palabra; lo demostró en los importantes cargos públicos que desempeñó: su trabajo en las Cortes de Cádiz, diputado y secretario (1811 a 1814); su participación en el 9 de Octubre (1820); presidente del Gobierno Provisorio de Guayaquil (1820 a 1822), Diputado en el Parlamento de Perú y miembro de la comisión que redactó la Constitución peruana (1822-1823), Ministro Plenipotenciario de Perú en Inglaterra (1825-1828), Prefecto (1829), Vicepresidente de Ecuador (1830), Presidente de la Convención Nacional de 1835, Alcalde de Guayaquil (1838), Gobernador interino de la Provincia de Guayaquil (1839), y uno de los líderes de la Revolución de 1845. Además tuvo otros cargos de menor importancia, entre ellos: redactor del periódico El Patriota de Guayaquil, Corregidor, Subdirector de Instrucción Pública, Administrador de Sales y miembro de la Junta de Camino. Olmedo sigue sin conocerse. Tan larga y fructífera carrera pública debería ser incluida adecuadamente en la historia. Aún falta escribirse acerca de su legado, como Zúñiga escribió 16 tomos sobre Vicente Rocafuerte (1945).

Las fuentes más confiables para un historiador son las cartas de los protagonistas. Existiendo centenares escritas por Olmedo, llama la atención que no todas hayan sido debidamente analizadas. Hay misivas en el exterior: Lilly Library de la Universidad de Indiana en Estados Unidos, Memorias del General O’Leary, Historia del Perú Independiente y en biografías de Olmedo escritas por historiadores extranjeros, entre otras fuentes externas. Ha existido poco interés en los historiadores al no haber revisado todas para escribir una biografía completa de tan ilustre guayaquileño. Hay documentos en España y Perú donde pasó muchos años. En este nuevo libro sobre Olmedo, se lo conocerá a través de su correspondencia. Por falta de espacio no es posible comentar todas; se ha seleccionado las cartas más importantes de cada época de su vida, comenzando por las que escribía a sus padres desde Lima. No hay mejor homenaje a tan preclaro ciudadano que dejarlo narrar su vida, triunfos y derrotas.

Esta obra sobre Olmedo, no es una biografía más; no incluye su vida como poeta, ni analiza sus poesías. La principal labor del historiador es escribir sobre lo que no está investigado. No tiene sentido escribir sobre lo mismo, no se aporta nada nuevo. Me ha interesado conocer qué hizo en Cádiz además de leer su discurso sobre las mitas; su rol como responsable de la Junta de Gobierno de Guayaquil, su desempeño en Lima durante los años que vivió en Perú, qué hizo en Londres cuando representó a Perú en el reino de Gran Bretaña, su actuación desde que fue legislador en la primera legislatura de Ecuador hasta su participación en la Revolución de 1845. De todos estos períodos, muy poco se ha analizado su función como presidente del Gobierno Provisorio de Guayaquil, entre fines de 1820 y fines de Julio de 1822. No ha sido debidamente estudiado para conocer el Olmedo estadista, político, estratega y diplomático, pero al mismo tiempo implacable defensor de los intereses de Guayaquil. Uno de los buenos libros sobre Olmedo, apenas dedica 20 páginas de las 580, a describir la labor de Olmedo en esos años.

El biógrafo Enrique Piñeyro tiene una magnífica descripción de él “No es posible decir con cabal exactitud que fuese Olmedo hombre de estado o activo adalid político; y es lo cierto sin embargo que la política ocupó toda su existencia. A pesar de que sus virtudes domésticas, su carácter apacible y conciliador, lo mismo que su hermoso genio poético y su amor al estudio, debieron a una alejarlo del campo de las luchas implacables, de los rencores homicidas, de las rivalidades feroces, penetró en la palestra política y en ella se mantuvo desde la primera hora que fue dado a los americanos dedicarse a los asuntos públicos…”  

Olmedo mostró su cualidad de líder cuando aceptó la responsabilidad de asumir la presidencia de la Junta de Gobierno y organizar un ejército para liberar el resto de la Audiencia de Quito, En más de una ocasión no tuvo miedo de enfrentarse a Bolívar y demás subalternos como Mires, Sucre, Flores, entre otros. En lo militar, sin tener experiencia, Olmedo fue planificador, estratega y experto logístico, preocupado de mínimos detalles, como se evidencia en numerosas cartas a Toribio Luzuriaga, general peruano, que reemplazó a Febres Cordero y Urdaneta, tras la derrota de Huachi; también al General José Mires de Colombia, Sucre, San Martín y otros.

Olmedo supo rectificar y tomar decisiones duras y oportunas para consolidar su autoridad. Entre ellas, destituir a Gregorio Escobedo, militar peruano que actuaba de jefe militar, quien aprovechándose del cargo había dañado la imagen de Olmedo y las libertades por las que luchaba. En carta a San Martín (22/11/1820), le explicaba lo sucedido: “La principal acusación consistía en haber Escobedo conspirado contra este país, preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia”. Otra acusación: “…habiendo preso, desde el primer día, a todos los europeos sin distinción; y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos.  Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido…”.

Olmedo conoció el fracaso, pero este jamás lo venció; frente a las más duras derrotas, mostró optimismo y elevó la moral de subalternos y Libertadores. No buscó cargos públicos, se los ofrecían por sus conocimientos y experiencia, no aceptó todos. Ejemplo, como diputado  en Lima fue invitado a formar parte del Congreso y ayudó a redactar la Constitución. Años después, Olmedo mostró su capacidad de liderazgo en los cargos que ocupó. A diferencia de Rocafuerte, Olmedo fue sencillo, no beligerante ni extremista, sin mayores poses, especialista, gran abogado y constitucionalista, conciliador, tomó riesgos calculados, se especializó en limar asperezas y en conseguir consensos. Fue muy apegado a su familia y país por lo que sufrió mucho en sus largas estadías en el exterior, en total, más de 15 años. En lo que Rocafuerte y Olmedo coincidieron fue en ser liberales y nacionalistas. Tuvieron personalidades opuestas y no coincidieron en las estrategias a seguir. Fueron cercanos a Juan José Flores y luego terminaron de enemigos.

 

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