20 julio, 2024

Jesucristo en la Historia de los hombres

“No tiene importancia creer que Cristo ha muerto, lo creen los judíos, los paganos los pecadores, lo creen todos. La fe de los cristianos en que Cristo resucitó. Para nosotros lo decisivo está en creer en la resurrección” (S. Agustín).

Nació en un establo, en una humilde aldea; hijo de una campesina. Creció en un pueblito donde trabajó como carpintero de barrio hasta los treinta. Por tres años fue un predicador errante. No formó un hogar. No vivió en ninguna gran ciudad, ni viajó lejos de donde nació. Jamás escribió ningún libro, ni ejerció cargo alguno. No hizo ninguna de las cosas que se relacionan con la grandeza humana.

Cuando todavía era joven, la opinión de su pueblo se volvió en su contra. Sus amigos lo abandonaron; fue entregado a sus enemigos; sufrió la farsa de un tribunal de justicia y fue clavado en una cruz entre dos ladrones. Mientras agonizaba, sus verdugos se disputaron su única propiedad: su túnica. Lo enterraron en una tumba prestada.

Es el único personaje histórico que ha dicho cosas tan descomunales como: “el que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío” o “el que ame a su padre o a su madre más que a mí, no puede ser mi discípulo” o “el que ame su vida más que a mí, no es digno de mí”; cosas que sólo podían ser dichas por un demente o por Dios mismo; pero sería muy raro que la humanidad entera acepte dividir su Historia tomando como punto de referencia a un demente… y un demente sea el que haya determinado incuestionablemente el destino de su Historia…

Veinte siglos han pasado y sigue siendo la figura central de la humanidad. Ha tenido y tiene masas incontables de seguidores incondicionales a través de los siglos, y hombres y mujeres de toda edad, clase y condición que han muerto por Él.

Sin ser artista, las piezas musicales más sublimes se han compuesto para Él, y todos los grandes pinceles le han retratado. No fue escultor, pero acapara la mejor madera, el mejor metal, el mejor mármol, el mejor marfil. Tampoco fue arquitecto, pero la filigrana en piedra de las catedrales se bordó para darle culto. Aunque no pisó la universidad, las universidades se erigieron en su nombre.

Todos los ejércitos, todas las marinas, todos los parlamentos y todos los monarcas juntos no han conmovido la vida del hombre tan poderosamente como esta “Vida Solitaria”.

No es verdad que todas las religiones sean iguales. Porque la religión islámica no es Mahoma, sino lo que Mahoma dijo; la religión budista no es Buda, sino lo que Buda dijo; el confusionismo no es Confucio, sino lo que Confucio dijo. Y así, todas las religiones son doctrinas, no personas. Excepto la Religión cristiana; porque el cristianismo es no es una doctrina, sino una Persona: Jesucristo. Si en el cristianismo hay unas normas y doctrinas, todas ellas giran en torno a una Persona viviente, Jesucristo.

Cristo es el único hombre de quien se afirma con rigor histórico que atravesó el túnel de la muerte y regresó para declararnos sobre el más allá. En el mundo hay muchos sepulcros famosos por lo que contienen; los restos de personajes famosos de la historia: las tumbas de Napoleón, Lincoln, Kennedy. Toda ellas son famosas por lo que contienen: los restos de personajes que vivieron y murieron. En Jerusalén, sin embargo, hay una tumba famosa, no por lo que contiene, sino por lo que no contiene: el sepulcro de Jesucristo…. El que estaba allí, hoy vive: Jesucristo.

Una de las pruebas de la pervivencia de Jesucristo en la Historia la aportan, sin querer, sus enemigos. El ataque al Cristianismo es una ininterrumpida constante histórica No es posible que tanto odio se pueda sentir hacia un muerto. En todo caso, – ¿Qué tiene este “muerto” que a tantos vivos fastidia? – ¡Que está vivo!

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El viejo Akiba era sumamente pobre. Su casa teína una chimenea. Una noche tuvo un sueño: En un país muy lejano existía un castillo y el castillo tenía un puente, bajo el puente había un tesoro escon-dido; un tesoro tan fabuloso que si él lo poseyera resolvería todos los problemas de su vida. Apenas despertó, se puso en camino hacia ese desconocido país. Al cabo de unos días encontró el castillo con el puente de sus sueños. En un descuido del guardia, Akiba es metió bajo el puente y se puso a cavar, buscando su anhelado tesoro.

Estaba enfrascado en tu excavación y, de pronto, oyó un fuerte grito: – ¡Eh, tú, viejo! ¿qué haces allí, qué buscas? Akiba no tuvo más remedio que contarle al guardia su sueño. Cuando el guardia oyó el relato, echó una estridente carcajada, y dijo: ¡Qué ingenuo! ¿Tú crees en los sueños? Yo soy más realista que tú. Yo no creo en los sueños. Esta misma noche he soñado que en un lejano país hay un tal Akiba, que tiene una chimenea en su casa, bajo la cual hay escondido un tesoro. Y, aquí estoy en mi trabajo diario. Yo no vivo de sueños, sino de mi trabajo.

Akiba oyó el relato del guardia lleno de asombro: el desconocido Akiba del sueño era él… Inmedia-tamente, a toda prisa volvió a su casa… Allí, justo bajo el chimenea, encontró un fabuloso entierro de monedas de oro y joyas preciosas.

2 comentarios

  1. Una excelente reflexión ,para no fabricarnos tantas ideas absurdas de Jesucristo.El amor y fe nos hará ver con claridad el camino a seguir las huellas de Jesús .

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