20 abril, 2024

A Guayaquil, barca novia de un río y un mar

Manuel Benítez Carrasco nació en el barrio el Albayzín de Granada, España, el 1 de diciembre de 1922. Allá por los años cincuenta deja España y viene a América, donde vive en algunas Ciudades, entre ellas, Guayaquil.

Bohemio de alma y poeta prolífico, escribió muchas poesías, entre ellas las famosas “Soledades” (soledad del amor desprendido, Soledad del amor indiferente, soledad del amor generoso), Tus cinco toritos negros, El perro cojo, Tengo el caballo a la puerta y esta preciosa poesía que regaló a Guayaquil.

Este hermoso poema describe al Guayaquil de ese entonces, cuando aún no estaba en la cima del Cerro del Carmen, el monumento al Corazón de Jesús, el Cristo que nos protege, y en su lugar había una cruz grande y hermosa. Pero dejemos que sea Manuel Benítez Carrasco quien nos describa ese Guayaquil, sus hermosas mujeres, ese enamorado río y el fuerte brazo de mar.

A Guayaquil, Barca novia de un río y de un mar
Manuel Benítez Carrasco

El Ecuador tiene una…
una barca tropical
por la que se mueren, mueren
de amor, un río y un mar.
Por la que más de un nevado
cuajaría su nieve en sal
para ser su vela blanca;
por la que más de un volcán
quisiera ser marinero
para ser su capitán.

Pero la barca ya tiene
las velas y el Capitán.
que, como alas de la tierra,
tierra que quiere volar
tierra fingiéndose velas
en olor de santidad,
los montecillos del Carmen
y de Santa Ana están
tirantes al viento como
diciendo: Vamos al mar,
y a la proa de la barca,
reina de la barca va,
la mujer guayaquileña,
Capitana, Capitán,
estrella con que la tierra
puede muy bien dialogar
con las estrellas del cielo;
pequeña rosa carnal
que por criolla y porteña
es por dos veces triunfal,
mujer que es a un tiempo barca,
mujer que es a un tiempo mar.
Mar por los ojos que tienen,
que en cada mirada dan
mareos a quien los mira;
mar también por el coral,
por el coral que en la boca
está haciendo de guardián
de las perlas de sus dientes,
envidia de las del mar.
Barca por lo que de vela
tienen cuando echan a andar,
como si un viento de garbo
las llevara a pasear,
y porque como una barca
van salpicando al pasar
una espuma de hermosura
por dondequiera que van.

Guayaquil es una barca
que no quiere navegar,
que si navegar quisiera,
bien podría navegar,
porque velas no le faltan,
no le falta capitán,
la cruz en el mirador
es un grumete de paz,
gallardete de su fe,
mástil de su cristiandad,
luz, vigía, carta, brújula,
y timonel celestial.
La Virgen de las Mercedes
vigila desde el compás;
y remos… bueno, los remos
no le habrían de faltar,
porque el Estero salado
sería un remo de sal
y sería el rio Guayas
otro remo de cristal;
con que navegar podría
si quisiera navegar.

Guayaquil es una barca
una barca tropical
-proa entre azul y bananas
quilla entre cacao y sal-
por la que se mueren, mueren
de amor, un río y un mar.

Por ella quisiera el Guayas
ser tan grande como el mar
y el mar quisiera ser río
para poderla besar.
El río pasa y la besa
loquito de amor, y el mar
mas loquito todavía
río arriba quiere entrar
disfrazado de marea
para poderla besar.
Mas el río nunca lo deja,
nunca lo deja llegar.

Pero el mar es galán fuerte,
no en vano se llama mar,
y un día dijo a la barca:
Yo te tengo que abrazar;
y sacó del mar un brazo,
alargó el brazo de mar
y en el Estero Salado
le dio un abrazo de sal.
Desde entonces mar y río
de día y de noche están
en lucha de amor por ver
quien se la puede llevar.

El mar le dice al oído…
¿qué puede decir el mar?
si no palabras de espuma
y piropos de cristal
y promesas de una boda
entre esmeralda y coral.

Guayaquil lo escucha y ríe
y no quiere contestar.

El río galán le dice:
Quédate conmigo, barca,
yo te traigo algo que vale
más que el mar y su esmeralda;
te traigo de tierra adentro
agua y tierra ecuatorianas;
con ellas yo soy por ti
ante el altar de la patria,
si tú rosa, yo tu tallo
para tenerte en mi rama;
si tu barca, yo tu río
para mecerte en mis aguas;
si tu mujer, yo soldado
de amor y cristal en guardia,
velando de noche y día
alrededor de tu falda.

Guayaquil lo escucha y ríe
y no quiere contestar
aunque sin decir, le dice
que sí… que se quedará.

Guayaquil es una barca,
una barca tropical,
-proa entre azul y bananas,
quilla entre cacao y sal-
novia del mar y de un río,
que no quiere navegar
por más que de amor por ella
mueran un río y un mar.

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Entre las poesías de Buesa, hay una que me intriga y me fascina. No tiene título y se encuentra en uno de sus libros, en medio de otras, así mismo, sin título.

Se refiere al paso que todos daremos en algún momento, al final de nuestras vidas y a la forma como esperaremos ese momento.

Filosofar sobre el momento final de nuestra existencia es algo por lo que algunos muestran un recelo y un temor, para mí infundados, puesto que hasta ahora no he conocido a nadie que no vaya a dar ese paso en algún momento de su existencia, si es que no lo ha dado ya.

Para mí, Morir es el epílogo más hermoso de una existencia plena. Lo importante no es ese momento, sino lo que ha ocurrido, lo que hemos hecho en ese camino que el tiempo nos permitió discurrir entre nuestros semejantes. Lo que uno hizo y lo que uno dejó sin hacer, lo que uno sembró en el corazón de los demás, las raíces que se ahondaron en nuestra alma y las que se secaron por caer en tierra árida o perjudicial para ellas. El balance global y el destino eterno, lo va a dar Dios, cuando llegue el momento de nuestro juicio final.

6 comentarios

  1. Precioso poema de Manuel Benítez, de quién conocía alguno, pero no sabía que había hecho este homenaje a Guayaquil.
    Gracias a quién me indicó que lo leyera y a quién lo publicó.

  2. Este poema fue grabado por Alfonso o Gabriel Espinoza de Los Monteros alla por los años 70 …………que pena que no haya vuelto a sonar en las radios o TV nunca mas……….era espectacularmente bueno !!!!

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