14 abril, 2024

Del odio al amor hay un paso: el perdón

En estos tiempos que nos toca vivir en que el dinero se ha convertido en el dios y fin buscado por la gente por necesidad económica y poca fe tenemos muchas consecuencias negativas.

Estas, apoyadas por la propaganda del gobierno de la lucha de clases, de empleados contra empleadores, pobres contra un poco menos pobres, etc., y apoyadas por la crisis económica, que es real (cada vez a la gente le alcanza para menos), y, como dije antes, por la falta de fe (porque como decía Jesús: “¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres…?”, refiriéndose a la multiplicación de los panes que acababa de hacer).

Todas estas circunstancias generan odio de hermano a hermano, de compatriota a compatriota. Y del odio nada bueno sale. Nos estamos llenando de juicios laborales donde el empleado abusa del empleador en una lucha activa, a diferencia de la “guerra fría” en donde el empleador abusaba del empleado. Nos hemos ido de un extremo a otro en lugar de buscar el punto justo. Y estas riñas se las ve en los diarios con compañías grandes y a diario en el resto de contratos laborales. Tampoco ayuda que todo tenga que estar firmado por el inspector de trabajo, incluso la renuncia de una persona; porque no es que es instantáneo, sino que le dan cita por lo menos para un mes después y en ese mes se empieza la persona a contaminar con el aire que se respira, debido a los abogados laboralistas abusadores y embaucadores que buscan su propio lucro y no ayudar a su cliente. Esto lo digo por vivencia propia.

La solución del tema laboral y detener esta corriente de odio de división es misión del Gobierno. Pero el terminar con el odio existente es labor de cada uno, ya no busquemos a otros que lo hagan por nosotros. Tengamos claro que más daño se hace el que odia que el odiado. Quien odia se convierte en una persona distinta a lo que siempre ha sido: Una persona llena de podredumbre por dentro.

Por lo tanto, las palabras del Papa Juan Pablo II, quien visitó hace años nuestro hermoso país, se hacen más reales cada día: “Quiero, pues, dirigir con profunda convicción una llamada a todos, para que se busque la paz por los caminos del perdón. Soy plenamente consciente de que el perdón puede parecer contrario a la lógica humana, que obedece con frecuencia a la dinámica de la contestación y de la revancha. Sin embargo, el perdón se inspira en la lógica del amor, del amor que Dios tiene a cada hombre y mujer, a cada pueblo y nación, así como a toda la familia humana. Pero si la Iglesia se atreve a proclamar lo que, humanamente hablando, puede parecer una locura, es debido precisamente a su firme confianza en el amor infinito de Dios. Como testimonia la Escritura, Dios es rico en misericordia y perdona siempre a cuantos vuelven a Él. El perdón de Dios se convierte también en nuestros corazones en fuente inagotable de perdón en las relaciones entre nosotros, ayudándonos a vivirlas bajo el signo de una verdadera fraternidad.”

Y es que tenemos que vencer esta marea de odio que nos enfrenta. Por eso sostengo que del odio al amor hay un solo paso: EL PERDÓN.

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Cuatro y treinta y ocho; sentado en la terraza de mi casa, mirando al mar de frente.

El, tranquilo; su color azul no nos decía nada. En cambio pensé: “qué exageración tanta medida de precaución”. Casi todo el pueblo desde temprano en la parte alta con aquel temor de morir arrastrado por la gran ola; aquella, que venía desde el otro lado del mundo.

La marea en su pleamar normal seguía subiendo, poco viento, el cielo nublándose anunciando lluvia. De pronto, mirando una de las piedras en frente veo que queda descubierta; la marea baja drásticamente empezándose a secar la bahía, el mar se pone calmo pero con un tintinar ligero sube de un momento a otro. Llega la primera ola más arriba que una marea alta normal. Me inquieto, pero sigo parado al filo del mar solo en mi terreno.

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