Hay sociedades ricas que consumen mucho. Hay otras que consumen menos y que desearían consumir también mucho. Deseo comprensible, pero no factible porque antes habríamos agotado los recursos del planeta y nos habría enfermado o matado la contaminación.

Ese momento se ha acercado porque lo que antes se producía en sociedades ricas ahora se produce en otros países a menores precios (de esos precios parte va a los dueños de las marcas, generalmente en países ricos). Ese abaratamiento ha aumentado el consumo, convirtiéndose en una amenaza más cercana para nuestra supervivencia. Para contrarrestarla tendremos que reemplazar eficiencia económica por supervivencia económica.

En nuestro país el primer paso sería ajustarnos a nuestra realidad. Lo haríamos consumiendo producción local e importando lo que nos alcance con los recursos producto de nuestras exportaciones, siempre después de haber cubierto el servicio de nuestra deuda y de haber hecho reservas prudentes. De esas exportaciones se debe excluir las de recursos naturales no renovables que tienen que ser utilizadas en importar lo que genera riqueza: maquinaria, tecnología. Utilizar esos recursos, nuestro patrimonio, para importar productos de consumo es como ir vendiendo nuestra casa cuarto por cuarto para comprar cortinas y adornos. Consumiendo lo nuestro e importando lo posible viviríamos nuestra realidad, no el espejismo de prosperidad que trae el endeudamiento externo o el derroche de recursos naturales no renovables.

Algunas importaciones que se reemplazarán localmente lo serán con mayores precios por el menor mercado local, lo que reducirá el consumo. No será tan terrible. Recordemos que el consumo actual es en parte innecesario, para imitar al vecino o ceñirse a la publicidad. Se utilizaría más mano de obra local, tal vez con menos eficiencia, pero con más humanidad. Sería una sociedad más justa, más estable y más feliz.

Podríamos hacer más eficiente el consumo con IVAs diferenciados. Por ejemplo, los carros económicos tendrían un IVA mucho menor que los grandes.

Todo lo anterior sería muy difícil de aplicar en sociedades donde los gobiernos son elegidos con campañas financiadas por grandes empresas y necesitan ofrecer consumo creciente a sus votantes. No es nuestro caso.

Ojalá que no tengamos que esperar a que la situación global empeore tanto que votantes en el ancho mundo estén dispuestos a consumir menos para evitar la catástrofe. Hasta que lo estén viviremos tiempos cada día más oscuros. Mientras tanto, preocupémonos de poner nuestra casa en orden.

Yo no estaré vivo, pero mis hijos y nietos sí. Por eso clamo, como Jeremías clamaba.

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