25 febrero, 2024

Días horribles

Hay días en la vida que son horribles. 

Pienso que todos los seres humanos tenemos días así, inclusive aquellas personas santas, hasta el mismo Cristo, tuvo días malos y una muerte dolorosa. 

Revisando mi propia vida y mis momentos de dolor, noto que cada vez se han intensificado, pero ruego a Dios que ya hayan llegado a su clímax y la intensidad empiece a descender, para recuperar los días mejores. Al fin y al cabo, es un derecho humano el ser felices.

Cuando era niña, recuerdo que tuve un hongo en las manos, ubicado en el espacio entre el índice y el pulgar; me produjo unas úlceras (llagas) en el pliegue de ambas manos. Tenían que curarme con un remedio que tenía un signo de muerte en el frasco (como los venenos). Cuando mi mamá me ponía eso, el ardor que sentía era terrible, así que luchaba con ella, con gritos y llanto, para evitar el remedio, y mi mami, por pena no me lo ponía o no lo hacía completando la dosis.  Hasta que un día una de mis tías tomó la batuta del asunto y me ponía el medicamento. Ella no tenía miramientos. Imagino que, a mi mamá, el remedio le ardía y le dolía más que a mi, eso lo entiendo ahora que tengo hijos. Si algo triste o doloroso les sucede, por mínimo que sea, yo lo siento como propio, inclusive con más fuerza. 

Cuando fui adolescente me luxé un brazo, luego me fracturé una pierna, y por último me dio apendicitis. Creo que fueron los dolores físicos más fuertes que tuve hasta mi adolescencia. 

Una vez casada, cuando iba ser mamá por primera vez, el dolor de parto lo sentía incomparable con cualquier otra cosa que haya sentido en mi vida. Pero después tuve cólico biliar, en otra ocasión cólico renal, éste último supero todos los anteriores.

Hasta aquí, sólo he hablado de dolores físicos, pero hay otro dolor más profundo que es el dolor emocional, ese que hace que duela el cuerpo y el alma también. Lo he sentido al perder a seres muy amados, sobre todo cuando perdí a mi mami. Sentía que caía en un abismo y la cabeza se me partía en pedazos.

Me han pasado otras cosas en la vida, a donde he sentido mi cuerpo como triturado, descuartizado de la pena y del dolor.

Más, llegó el cáncer. No voy a quejarme y decir que me dolió demasiado, porque no fue así. Lo que viví fue intenso y fuerte, terrible, pero al fin de cuentas, llevadero, con todo el apoyo que tuve y he tenido de mi familia y amigos. Las secuelas del tratamiento si duelen.

Una de esas secuelas, por las múltiples diarreas debido a la inmunoterapia, fue una fístula anal. Ese dolor es insoportable. Te provoca morir. Es tan fuerte que sí te puede llevar a perder el conocimiento. Nadie en el mundo debería tener un dolor así. 

Todo esto que cuento, obvio, estoy hablando de mí misma. 

Sin embargo, tengo que salir de mi; como me lo han sugerido varias personas y ver la realidad de otros; sin duda no de todos, pero si de muchas personas que sufren dolores de mayor martirio, en cuya vida, simplemente no existe la esperanza, ni saben qué es eso. 

Una vez conocí de primera mano el caso de tres hermanos, un señor y sus dos hermanas, los tres minusválidos. Él, que podía al menos arrastrase por el piso, era el encargado de salir a buscar el pan de cada día y además de ser quien hacía de todo en ese hogar, sus hermanas solo podían estar acostadas en una cama. Ese es un ejemplo de millones de dolores o situaciones peores y que realmente prefiero ni mencionar.

Un colega de “escritura”, luego de leer uno de mis anteriores artículos, me dio un consejo que a su vez se lo había dado su papá, me dijo algo así: “cuando se sienta mal, Karyna, mire hacia abajo” y me contó su historia, que es impresionante, sobre todo, por su valor y fortaleza, después de todo lo que ha padecido.

Así que ahora, viviendo el postoperatorio de la fístula, cuando siento que ya no doy más y que mi cuerpo no aguanta, pregunto: ¿Cómo puede mejorar esto? ¿Qué más es posible? Cuerpo, ¿Cómo te puedo contribuir para que te sientas mejor? (frases que no son mías, son de unas herramientas llamadas, en español, Acceso a la Consciencia). También, siguiendo el consejo que me dieron, miro hacía abajo, y como se dice tradicionalmente “ofrezco el sufrimiento”. 

Es bueno hacerlo, ofrecer el dolor, por alguien que está sufriendo más, al menos uno se siente útil, en ese momento en que ya no se desea sentir nada de nada.

Hay tanto por lo que ofrecer, por nuestro país, en unos días tan feos, en los que, por salud mental, lo mejor es no escuchar las noticias…

Agradecer, además, porque se tiene la posibilidad de un tratamiento y la esperanza de la mejoría. Gracias a Dios, por cada día de mi vida, por mi familia, por mi papi, hijos y esposo, cuyo apoyo y amor son incomparables; gracias a mis buenos amigos y amigas. Aprovecho para dar las gracias al doctor Edgar Sigüenza, proctólogo, y su equipo de trabajo. En media sedación, durante la cirugía, recuerdo que yo hablaba tonterías, y entre otras cosas le dije que le agradecería públicamente, en uno de mis artículos, por su excelente labor en la cirugía y ayudarme así a curar la fístula.

Este es un tema complejo de escribir, medio feo, pero necesario compartirlo, para mí. Me gustaría hablar solo de cosas buenas y ser portadora de ánimo y alegría, en todo momento; pero es que las cosas “malas” (aparentemente malas) también ocurren. Digo aparentemente, porque a todo en la vida hay que tratar de mirarle el lado bueno, o el aprendizaje que nos da, en lo posible.

Hay días horribles, pero son los días bellos los que nos sostienen, de esos días he tenido muchísimos y mantener la esperanza en que llegaran días mejores. 

Le pido a Dios, que así sea para todos. 


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Cuando era niña solía jugar al “concurso de belleza” y también a “viajemos a Costa Rica”.

El concurso de belleza lo hacía vistiendo a mis muñecas, sobre todo a Mariquita y a Karyna, con los vestidos que mi abuela Carlota cosía para ellas. Las ponía a todas bien arregladitas, paradas, apoyadas en la pared y empezaba a discernir cuál sería la ganadora.

Viajemos a Costa Rica, lo jugaba con mis primos Rossella y Piero, cuando ellos venían de visita ya que vivían en Esmeraldas. Nos encerrábamos en el amplio closet que yo tenía para guardar los juguetes, ese era el avión. Y de ahí partíamos a Costa Rica. ¿Por qué Costa Rica? Porque ahí vivían nuestras tías, la tía Carmen y la tía Gloria, y tal vez por el deseo de ir a verlas no se nos ocurría otro destino. Pasábamos horas imaginando el viaje, “metidos en el avión”.

1 comentario

  1. Prima uste es un ser admirable y muy fuerte y gracias a Dios q esta pasando ya todo esos cosas q cuenta y q ahora las puede escribir y q recupere su completa salud fisica y su parte interna uste cuenta conmigo siempre .la admiro por su fortaleza . La quiero y muy lindo lo q escribe ya q habre su corazon para contarlo . Gracias l.qm. patsy

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