23 abril, 2024

Agradecido en la paradoja

La gratitud, en su sentido más profundo, significa vivir la vida como un don que se ha de vivir con agradecimiento. 

Pero la gratitud de la que habla el evangelio abarca toda la vida: lo bueno y lo malo, lo gozoso y lo doloroso, lo santo y lo no tan santo. ¿Es esto posible en una sociedad donde la alegría y la tristeza, el gozo y el sufrimiento, la paz y el conflicto permanecen radicalmente separados?

¿Podemos hacer frente a los numerosos anuncios que nos dicen: “No puedes estar alegre cuando estás triste; pero sé feliz: bebe esto, haz aquello, ven aquí, ve allá…y tendrás un momento de felicidad en el que puedes olvidar tu sufrimiento”? ¿Es realmente posible abrazar con gratitud toda nuestra vida y no solo las cosas buenas que nos gusta recordar?

Jesús nos llama a reconocer que la alegría y la tristeza no están nunca separadas, que el gozo y el sufrimiento están muy unidos, y que el lamento y la danza son parte del mismo movimiento. Por esta razón nos llama a ser agradecidos por todos los momentos que hemos vivido y a afirmar nuestro camino único como la forma que Dios tiene de modelar nuestro corazón para que sea más conforme al suyo. La cruz es el símbolo principal de nuestra fe y nos invita a encontrar esperanza donde vemos dolor, y a reafirmar la resurrección donde vemos la muerte. 

La llamada a estar agradecidos es una llamada a confiar en que todo momento de nuestra vida puede ser considerado como el camino de la cruz, que nos lleva a una vida nueva. Cuando los discípulos iban a Emaús y se encontraron con Jesús, no podían creer que había que esperar fruto de todo el sufrimiento del que habían sido testigos. Pero Jesús les reveló que precisamente por el sufrimiento y el dolor nació nueva vida. Me resulta muy fácil poner los recuerdos malos bajo la alfombra de mi vida y pensar solo en las cosas buenas que me agradan. Pero, si lo hago, me impido a mí mismo descubrir la alegría que subyace a la pena, la paz escondida en medio de mis conflictos y la fuerza que se hace visible en medio de mi debilidad. 

Henry Nouwen- “All is Grace”, pp. 39-40



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