25 febrero, 2024

Jorge Wagner Velasco

Gracias a la gentileza de su sobrino, mi gran amigo, compañero y colega, el prestigioso Gineco-Obstetra y ex Ministro de Salud, Dr. Guillermo Wagner Cevallos, puedo presentar estas primicias de un escritor no conocido, ecuatoriano, guayaquileño y montubio de cepa, hombre brillante, no sólo por sus conocimientos, camaradería, hombría de bien y de gran sensibilidad de alma, que desafortunadamente abandonó prematuramente nuestro mundo.

Jorge Wagner Velasco, vio la luz en Guayaquil el 13 de agosto de 1913, en el hogar formado por el muy prestigioso Cirujano y Gineco-Obstetra Dr. Jorge Wagner Gilbert, cuyo nombre lleva con orgullo, la Sala de Cirugía y partos de nuestro prestigioso Hospital Gineco-Obstétrico Enrique C. Sotomayor, y Doña Celinda Velasco Letamendi, honorable dama de nuestra sociedad.

Jorge pasó la mayor parte de su infancia en la Hacienda Chojampe, a orillas del Río Guayas, un poco al sur de Guayaquil y en la orilla este del río, donde éste se junta con el río Taura. Esta hacienda ganadera era propiedad en común de su padre Jorge Wagner Gilbert con sus primos, los Gilbert Pontón y otros familiares. Allí, con sus primos, entre ellos Enrique Gil Gilbert, disfrutaban de las historias montubias, cabalgaban, ordeñaban y llevaban una infancia feliz. Esto motivó que muchas de sus poesías se refieran a aventuras montubias, explica su amor por el campo, y su alegría de carácter.

Brillante estudiante, entró a seguir la carrera de su padre y fue un destacado estudiante de Medicina. Tuvo la suerte de estar entre los invitados por la primera dama de los Estados Unidos, Mrs. Eleanor Roosevelt, junto con otros destacados estudiantes a una visita a U.S.A., donde conoció a Albert Einstein y conversó con él. Fue ganador del premio de Clínica Interna Dr. Julián Coronel. Desafortunadamente un problema grave renal de salud, le impidió continuar los estudios y un compañero de Universidad, contaba que en una ocasión, en que un Profesor, por no haber podido asistir a clases por su enfermedad, y pese a que su examen era perfecto, le puso un 9, el sólo comentó, “Bueno, alguna vez tenía que sacar un nueve.”

Luego de una larga agonía, falleció el 22 de agosto de 1946, a la temprana edad de 33 años.

Quiero presentar de él, en esta ocasión un poema que realizó durante su tiempo de estudios en el Hospital Luis Vernaza, con motivo de la muerte del famoso Cojo 15.

El Cojo 15 era un hombre del barrio de la Quinta Pareja, famoso porque fue herido en la pierna durante la famosa revuelta del 15 de noviembre de 1922, magistralmente descrita por Joaquín Gallegos Lara, en su novela “Las cruces sobre el agua”, de donde vino su apodo: El Cojo 15.

El Cojo 15 murió en el Hospital Luis Vernaza, allá por 1940 y Jorge nos deleita con su reseña de la muerte de este hombre del pueblo.

Espero que disfruten esta tierna historia de un Guayaquil de antaño, que creo que siempre vale la pena recordar:

LA MUERTE DEL COJO QUINCE

Jorge Wagner Velasco.

Sobre un ruedo de afligidos
la luna se está quebrando;
acordes de tres guitarras
que tienen sabor de barrio.

El viento cruza la esquina
sin rumor de duelo a mano
y en la calleja se mueven
lentas la horas cansadas…

El duelo criollo, de luto
no sé porqué se ha trajeado
recogiéndose en los pechos,
en los ojos y en los brazos.

¿En donde se metió el Cojo
que no reluce su garbo?
¿En donde están las muchachas
que su guapeza espiaron?

El Cojo se fue de noche,
casi muerto y caminando…
frío estaba de desdén
y en sus ojos algo amargo
que mezclaba con bravura
para contener su llanto.

Para dejar la calleja,
se bebió su último trago,
entonó una canción triste
y ante su rostro bronceado
trazó el último espiral
el humo de su cigarro.
Para hablar de su tristeza
cuatro estrellas se juntaron;
yo las vi juntarse en cruz,
¡y no era la Cruz de Mayo!

El Cojo se fue de noche,
casi muerto y caminando…
La luna trilló, de amiga,
su camino solitario;
el viento se puso tibio,
quizás por acompañarlo.

Porque nadie lo supiera,
cruzó “La Quinta” callado,
el suburbio de renombre
se escondió en sus techos bajos,
la luna pintó siluetas
de tejas y de bijao.

Para acompañar su paso
y apoyar su lerdo tranco,
puertas viejas y ventanas
y techos desvencijados
y puntales carcomidos
y alcobas al aire claro
y rincones de aguardiente,
de pinta y cantares agrios,
se mezclaron con el viento
en un secreteo largo…

El rumor fue decreciendo
hasta hacerse casi extraño
y envolver a las lechuzas
y al doblar del campanario.
Llegó al Hospital de noche,
casi muerto y caminando…
¡Cojo! ¿Qué haces a estas horas
por éste que no es tu lado?

-No es por la herida en mi pecho
que en cruz la trazó mi mano,
cuando de lejos miré
por última vez mi barrio;
ni por las mil cicatrices
de los cuatro mil sablazos;
ni por mi pie, bien seguro
que “El Quince” lo bautizaron.

Vengo aquí porque yo sé
que es inútil mi resabio,
que es inútil mi esperanza,
que ya no sirven mis brazos.
Anoche encontré mi estrella
en cielo bien estrellado
y ya que voy a morirme,
quiero ser muerto liviano.

El Hospital se hizo un tomo
de leyenda y de relatos
con tristeza de años idos
y alardes de tórax ancho.

Cuando el Cojo iba a morir,
una monjita entró al cuarto;
el Cojo se incorporó,
hinchó su tórax bien amplio
y dijo con voz sonora
y humildad de cholo bravo:

“Madrecita, Usted que sabe
hablar con Dios y los Santos,
prenda una vela a la Virgen
y rece y pídale algo;
para mí no pida nada,
pida por esos muchachos
con alma de Guayaquil
y Guayaquil en los brazos,
que abundan en mi calleja,
que dulcifican los barrios,
que caminan largo tiempo
por las calles, sin zapatos,
pero que también relucen
entre las gentes de rango”.

Ya no pudo decir más,
se quedó el Cojo callado;
se desplomó lentamente
hasta quedar acostado.
La monja con siete enfermos
a bien morir le ayudaron.

Un taciturno estudiante
se retiró murmurando:
“Yo también tengo una pena
con ojeras de cansancio,
también le rezo a la Virgen,
a un crucifijo y a un Santo.
También no pido por mí,
pido por unos muchachos,
que a veces los llamo amigos,
que a veces los nombro hermanos
También un motivo tengo
cuando me bebo mis tragos,
cuando canto cosas tristes
y cuando empuño las manos…”

El Cojo ya se murió…
no han dicho nada los diarios,
pero se han entristecido
casi todos los muchachos.

Yo también me he puesto triste;
me voy a beber un trago,
a ese ruedo de afligidos
que la luna está mirando.

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Los pecados capitales

José Antonio Ochaita, de quien ya hablamos, tiene otras hermosas poesías que merecen recordarse.
Vamos ahora a recordar otra de ellas. Vamos a ver “Los siete pecados capitales”:

Los siete pecados capitales
Autor: Jose Antonio Ochaita

Lo mismo que un San Jerónimo,
hueso, pellejo y raigambre,
llorando estoy en tu puerta
mis pecados capitales.

Los siete no…, los catorce,
que a catorce cientos saben,
que cada uno de los siete
que en el catecismo se abren,
se hicieron siete y setenta,
y setecientos azares.
Solo por tí, por el gozo
pecador de aprisionarte.

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