18 abril, 2024

Control de Precios

El esposo reclama a la esposa ¿Por qué no compras lo que se necesita? – ¡Los precios están por las nubes!

Él: ¡Tiene que hacer algo el gobierno!

Es una presión insoportable. Los gobiernos siempre responden igual: Ante la escasez por el motivo que sea, el deterioro de la capacidad de compra del salario, preocupación por el creciente costo de la vida y reclamo de acciones, enfrentan el problema de la peor manera: Con la Ley de Costos y Precios Justos.

Todos los mandatarios en la historia han probado acciones contra natura. Tenemos para ejemplo: El Código de Hammurabi que hace más de 4.100 años impuso un férreo sistema de controles de precios y salarios en Babilonia.

Resultado: Ocasionó una fuerte caída en la actividad económica y comercial durante su reinado y el de sus sucesores. El límite a los precios y salarios sacaba del mercado a productores y trabajadores que no estaban dispuestos a producir por debajo de sus necesidades; haciendo que disminuya la oferta de bienes y a menor oferta aumentan los precios.

En el Siglo de Oro de Atenas, una ciudad estado populosa pero con una región rural limitada para producir alimentos, naturalmente existía mucha demanda y poca oferta. Así las cosas, el gobierno estableció un ejército de inspectores para controlar los precios “justos”.

El propio Aristóteles aprobaba esta política dado que él mantenía que el gobierno tenía que velar porque los víveres fueran vendidos en el mercado a un precio “ecuánime”. Pero aún bajo amenaza de pena de muerte, que muchas veces recayó sobre los propios inspectores que no podían hacer cumplir la ley, el mecanismo se presentó como un fracaso absoluto ya que el precio de los abastos continuó escalando cuando la oferta era menor a la demanda.

Igual resultado obtuvo el gobierno de Londres cuando trató de controlar el precio del vino en 1119 y en 1330. La ley establecía que la bebida se vendiera a un precio razonable. Ante la escasez que produjeron los controles y el malestar de la población el gobierno correspondió cediendo su postura.

Lo mismo resultó durante la Dinastía Tudor que en distintas épocas probaron controlar el precio de muchas mercancías. Durante el reinado de Enrique VIII, de excesivos gastos, incluso llevaron al monarca a conseguir fondos extras acuñando con menor contenido metálico las monedas, lo cual aceleró más el aumento general de precios.

Al otro lado del Mar del Norte, se produjo un fenómeno similar en Bélgica, entre 1584 y 1585, cuando la ciudad de Amberes fue sitiada por los españoles, lo cual generó escasez y un tenaz aumento en el precio. El gobierno de la ciudad decidió poner precios máximos con inexorables penas para aquellos que vendían alimentos a precio de mercado.

El resultado fue doblemente negativo: Por un lado retrocedió la entrada de productos desde el exterior ya que ningún comerciante quería correr el riesgo de atravesar las fuerzas agresoras para vender sus productos a un precio menor al del mercado; por el otro, se alentó un consumo descontrolado de los alimentos ya que estos estaban más baratos de lo que marcaba el mercado.

La consecuencia de esta medida terminó favoreciendo al Duque de Parma que en 1585 logró ocupar la ciudad de Amberes.

Durante la Revolución francesa, la Convención Nacional emitió la “Ley del máximum general” (Loi du maximum général, 1793) sin éxito en su aplicación.

Un actor inverosímil: el republicano Richard Nixon estableció un control de precios en Estados Unidos entre 1971 y 1973, ¿el resultado? Idéntico al de las economías socialistas: escasez y mayor carestía.

Los ejemplos mencionados demuestran la inutilidad de aplicar controles de precios. En el siglo XXI las autoridades económicas no terminan de comprender que el buen deseo de bajar el precio de bienes, que se tendrá que concatenar con el de los servicios que se ofrecen en el mercado, terminan inexorablemente desalentando las inversiones y la oferta de los mismos, causando un efecto exactamente opuesto al que se busca, perjudicando a productores y a consumidores.

Sólo hay una receta que termina la enfermedad: Fomentar la producción y libre intercambio mientras se prescinden los aranceles sobre proteccionistas.

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  1. UN BUEN GOBIERNO DEBE PROVEER A LOS CIUDADANOS: BUENOS PUERTOS, CARRETERAS, Y SEGURIDAD PERSONAL Y JURIDICA Y NO METER LAS NARICES NI LAS UÑAS EN LO PRIVADO.
    COBRAR ESO SÍ LOS IMPUESTOS MÍNIMOS INDISPENSABLES PARA PODER REALIZAR LO ANTERIOR, PERO SIEMPRE CON TOTAL JUSTICIA.
    EL DÍA QUE LOS CIUDADANOS DE LOS DIFERENTES PAÍSES ENTIENDAN ESTO, HABRÁ MÁS OFERTA DE BIENES, TRABAJO Y FELICIDAD.
    ¿NO TE PARECE ANTONIO?

  2. No entienden estos gobernantes de pacotilla. No comprenden nada al comercio.
    Es la oferta y la demanda la que siempre ha estabilizado los precios; a mas disposición de productos, mas precios bajos.
    Esos ideólogos retardados no comprenderán nunca, o fingen no entender. No entienden que el país artificial eslavo que ellos admiran, ya no existe. Que La Unión Soviética y su eje de la Cortina de Hierro, cayeron justamente por eso; por tener un gobierno de metiches, de idiotas y de incompetentes.

    Parece que esa camarilla de gobernantes inútiles que tenemos de parapeto en los ministerios, jamás ha visto fotos o documentales en blanco y negro de los años de infierno que vivieron rusos y ciudadanos de los países del Este.
    Las colas para obtener los productos básicos se extendían por cuadras y cuadras. Se vendían los puestos en las colas, para los que había que amanecerse si se quería obtener un par de huevos, un pedazo de piltrafa que ni mi perro se comería, o un par de botas de caucho.

    La escasez de productos básicos, es una consecuencia normal de la imposición de precios ideados por burócratas idiotas que nunca han puesto los pies en un supermercado, o peor en una plaza.

    La escasez vendrá apenas impongan control de precios, pues nadie podrá más productos a la venta, si estos no le proporcionan ninguna, o una miserable ganancia. Yo misma si fuese verdulera, me dedicaría a vender otra cosa, donde el gobierno estupido no meta su hocico.
    Disculpe mi violencia verbal, pero me indigna ser gobernada por una tarea de imbéciles.

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