Pandora siguió creciendo conforme cumplía sus meses, aprendió a comportarse dentro de casa, retirarse a su cuarto cuando yo le ordenaba que se retire. Y digo esto porque los animales deben acostumbrarse a que una sola persona les dé órdenes.
Pandora se acostumbró a que yo sea la que le ordene hacer cosas, ella me obedecía en forma excelente. Lo primero que le enseñé fue a saludar a la familia.
Ella era feliz saludando, se sentaba y daba la mano. Cuando se trataba de mi hija, el saludo consistía en hacerle piruetas alrededor de ella, así demostraba su amor.
Cuando llegó la enseñanza del baño, la acostumbré a que cada palmada ella tenía que traer cada implemento para el baño.
Una palmada, iba Pandora y traía la toalla; otra palmada, el cepillo, y así sucesivamente hasta completar lo necesario para el baño. Todo eso lo ponía en la toalla y lo llevaba al lugar del baño.
Luego, en la misma forma, después del baño y de secarla y cepillarla, le enseñé a que lleve todo a donde lo había sacado.
Nadie lo creía. En una ocasión llegó a visitarnos una hermana mía y justo tocaba bañarla a mi Pandora. Vio todo lo que hacía la perra y me dijo: «¿Cómo hiciste que aprendiera a hacer tantas cosas?».
Yo le contesté: «Con mucha dedicación y sobre todo con amor, como se le enseña a un hijo».
Así pasaba el tiempo y Pandora crecía y se volvió la compañera inseparable de mi hija, iba con ella a todas partes y más aún la iba a buscar cuando no la veía, salía a buscarla y muchas veces la traía del pantalón cuando mi hija no le hacía caso.
El pastor alemán no es el primero en el mundo, pero es el segundo en todo, no hay quien le gane. Es de una inteligencia y destreza fantástica.
Pandora aprendió todo lo que le enseñé, jamás usó cadena, solo collar donde tenía su nombre y el lugar donde vivía.
Veía televisión conmigo y con mi hija, sabía la hora que yo encendía la TV. Ella iba conmigo, se echaba y miraba la TV como algo normal.
Pandora salía con mi hija todas las mañanas al porche, mi hija se sentaba con su muñeca y a sus pies Pandora permanecía echada hasta cuando mi hija se levantaba.
Una mañana que mi hija abría la puerta y la escuché a Pandora un poco inquieta, me levanté y las vi a mi hija y Pandora que la rodeaba a la bebé. Al ver que no pasaba nada fui a preparar café en la cocina.
De repente oí un grito, ladridos de perros, pero fuertes y un ladrido que no era de Pandora. Dejé lo que estaba haciendo y corrí a la puerta de entrada, casi me desmayo, veo sangre en el banco de madera y en el piso del porche.
¿Mi mente trabajó como un huracán, pensé tantas cosas en ese instante ya que estaba viendo sangre y qué imaginé? Que algún animal atacó a mi hija o que Pandora se había vuelto un animal infernal.
En ese momento mi imaginación se volvió loca. Comencé a llamar a mi hija y a Pandora. Pero no respondían, salieron los vecinos con escopetas, se me acercaron a preguntar qué pasaba. Yo les conté que no veía a mi hija ni a Pandora.
Entonces alcanzaron a ver a Astrid, que era una perra también pastora alemán, pero mal cuidada; los dueños se habían ido hace una semana y la habían dejado encerrada en la casa.
Suponíamos que al ver a mi hija y a la perra se le ocurrió atacarlas y lo hizo.
Cuando encontramos a mi niña y a Pandora en la parte de atrás de la casa escondidas, me di cuenta de que la sangre que vi en el porche no era de mi hija, sino de Pandora.
Mi hija conversó todo, la perra llamada Astrid comenzó a correr y se le tiró encima a mi hija, entonces Pandora se atravesó y salvó a mi hija de una muerte segura.
Pandora tuvo que ser llevada al hospital, tenía un brazo desgarrado, estaba muy mal; gracias a Dios a mi hija no le pasó nada, a más de la impresión del ataque de Astrid. Naturalmente hasta ahora lo recuerda, igual que yo.
Con el tiempo Pandora se recuperó y yo tuve que enseñarle a caminar porque no podía bajar la pata de adelante. Cuando aprendió volvió a ser la misma de antes.
A Astrid no la volvimos a ver más, decían que se fue a la montaña, otros decían que la mataron porque se había hecho salvaje. Lo cierto es que desapareció.
Así transcurrieron los años, mi hija ya iba a la escuela y la perra la acompañaba y la iba a buscar.
Llegó un momento terrible para todos, nos daban el pase para Ecuador.
No podíamos traer a nuestra perra, ya que no sabíamos dónde íbamos a vivir.
Había un ingeniero que quería mucho a Pandora y ella se llevaba excelente con él, me dijo: «Déjala conmigo, no va a sufrir, yo la voy a cuidar». Hablé con mi hija y ella, con lágrimas en los ojos, me dijo: «Está bien, porque si la llevamos va a sufrir, no tendrá dónde correr».
Se la entregué al ingeniero. Hablé con Pandora, me entendió, se despidió de nosotros, se embarcó en la camioneta y no nos dejó de mirar hasta cuando el carro se perdió en la lontananza.
Cuando regresamos a Ecuador supimos que Pandora había ganado un campeonato, llegó a ser campeona, sus padres también habían sido campeones.
Así termina la historia de Pandora. Muchas lágrimas nos costó dejarla. Y ahora yo recordarla.
Este escrito es un homenaje a ese animal maravilloso llamado Pandora.

Sin dudar Pandora fue un perro excepcional segursmente con muchas mas historias y anécdotas. El perro para mi es el animal más noble y fiel ellos merecen ser tratados con amor y respeto porque nosotros somos su mundo hasta el final de sus vidas. Gracias por compartir este relato.
Los perros son seres realmente increíbles. Desde niño les tenía mucho miedo, pero al mismo tiempo siempre los he querido tanto que poco a poco logré superar ese temor… al menos con la mayoría. Historias como la de Pandora me recuerdan por qué son capaces de darlo todo por las personas que aman.