10 agosto, 2026

Guayaquil no comenzó con nosotros, ni terminará con nosotros

La historia tiene una costumbre que desconcierta a quienes confunden las crisis con los epitafios: jamás concede la última palabra al desaliento. Los siglos son un inmenso cementerio de certezas. Tebas conoció el esplendor y el silencio; Cartago creyó que el comercio bastaría para desafiar al destino; Constantinopla, durante un milenio, pareció una ciudad destinada a conversar con la eternidad. Sin embargo, ninguna escapó al juicio inexorable del tiempo. Además, las civilizaciones que todavía iluminan la memoria humana no son aquellas que jamás tropezaron, sino aquellas cuyas ideas sobrevivieron a sus derrotas.

Los mármoles de Atenas conocieron el estruendo de la guerra antes de convertirse en el símbolo de una civilización. Roma sobrevivió a conspiraciones, incendios y derrotas antes de legar al mundo una idea del derecho que aún ordena nuestra convivencia. Las ciudades han sido, desde siempre, lugares donde la grandeza y la fragilidad aprenden a coexistir.

Guayaquil no escapa a esa antigua condición.

Es importante recordar que cuando el ruido de la coyuntura pretende convencernos de que una ciudad no avanza por sus dificultades, esa es una ilusión tan antigua como la política misma.

Guayaquil merece una mirada más larga.

No la mirada impaciente que mide la historia por el calendario electoral, sino la que entiende que las ciudades son más que un escenario político.

El verdadero patrimonio de la ciudad

Guayaquil existe porque millones de voluntades distintas aceptan compartir un mismo horizonte. Su verdadera riqueza no se encuentra únicamente en sus puertos, sus avenidas o sus mercados, sino en ese patrimonio invisible que ninguna crisis logra confiscar: la energía creadora de sus ciudadanos.

Toda gran ciudad ha debido decidir, alguna vez, si vivir de la nostalgia o del porvenir.

La primera invita a contemplar lo que fuimos; la segunda nos obliga a preguntarnos qué somos capaces de construir.

Quizá esa sea la pregunta decisiva para nosotros los guayaquileños o para quienes viven en esta ciudad.

Además, no podemos recuperar un pasado ilustre, pero podemos estructurar un mejor futuro a la ciudad.

La responsabilidad por el bien común

Recordemos que hay una enseñanza que atraviesa la filosofía clásica, el humanismo renacentista y las mejores páginas de la modernidad: ninguna comunidad florece cuando deposita toda su esperanza en unos pocos; florece cuando descubre que la responsabilidad por el bien común pertenece a todos.

Por eso, el porvenir de Guayaquil no espera únicamente decisiones acertadas; espera ciudadanos que vuelvan a creer que la excelencia, la honradez, el trabajo, la cortesía, el respeto por lo público y la confianza de un futuro mejor.

Guayaquil no es una circunstancia pasajera, no es un titular, ni tampoco una coyuntura; Guayaquil es nuestra casa que nadie se crea dueña de la ciudad. Ella a todos nos pertenece y es deber de todos ayudarla en su planificación y progreso.

En consecuencia, todos esperamos el renacer de la ciudad del Río Grande y del estero que a la diestra del Guayas se levanta.

2 comentarios

  1. Guayaquil es una ciudad pujante, forjada por su clima, por el espíritu luchador de su gente y por la manera en que enfrenta cada uno de sus retos. Por eso, Guayaquil, la Perla del Pacífico, es y será siempre un ejemplo de fortaleza, progreso y perseverancia para todo el país y para el mundo, gracias a Dios.

  2. ¡Qué emoción leer tu primer artículo, Carlos! Nada mejor que empezar por tu ciudad, Guayaquil, incansable y siempre luchadora, has retratado con enorme claridad las virtudes de esta tierra pujante pero sobre todo la responsabilidad que tenemos con su futuro. Has hecho un trabajo extraordinario. ¡Estoy muy orgullosa de ti querido hijo! Éxitos en tus siguientes aportes.

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