Había una vez un joven cachorro de león que heredó el Palacio de la Montaña (Noboa). Aunque era joven, se creía el más fuerte y sabio de todos los animales. Le molestaba que los demás no lo admiraran lo suficiente, y cada vez que alguien cuestionaba sus decisiones, respondía con rugidos y desplantes.
Al otro lado del gran río vivían los animales de la Llanura mexicana. Durante muchos años, ambos pueblos habían intercambiado frutas, semillas, flores y pescado mediante un gran puente de comercio que beneficiaba a todos.
Un día, enfurecido porque un zorro de la Llanura había encontrado refugio en una casa protegida por antiguas reglas del bosque, el cachorro perdió el control.
—¡Nadie desafía mi autoridad! —rugió.
Sin consultar a los ancianos ni escuchar a los sabios búhos, ordenó a sus guardianes cruzar los límites sagrados de la embajada a punta de fusil y entrar por la fuerza donde ninguna garra debía entrar.
Los animales de la Llanura quedaron indignados (embajada mexicana) y dicen:
—Mientras el cachorro gobierne con impulsos y no con prudencia, el puente permanecerá cerrado —declararon.
Al principio, el cachorro celebró.
—¡He demostrado mi fuerza! —presumía.
Pero los días se transformaron en meses. Los productores de bananas no encontraban compradores. Las flores se marchitaban en los almacenes. Los pescadores regresaban con sus redes llenas y los mercados vacíos. Los artesanos vendían menos y las familias pagaban más por muchos productos.
Entonces el cachorro comenzó a escuchar los murmullos del bosque.
—La fuerza sirve para abrir caminos —decían algunos—, pero la soberbia sirve para cerrarlos.
Preocupado, envió mensajes a la Llanura de Claudia Sheinbaum. Pidió conversaciones. Solicitó reabrir el puente. Buscó acuerdos que antes había despreciado. Pero reconstruir la confianza resultó mucho más difícil que destruirla.
Fue entonces cuando una vieja tortuga, que había visto pasar muchas generaciones de gobernantes, reunió a los animales y les dijo:
—Un país no es un juguete ni un trofeo personal. Quien gobierna no puede actuar según sus enojos, porque cuando un gobernante convierte sus caprichos en decisiones, la factura no la paga él; la paga todo el pueblo.
Desde aquel día, los animales comprendieron que el verdadero liderazgo no consiste en demostrar poder, sino en administrar con prudencia las relaciones que sostienen el bienestar de todos.
Moraleja
Cuando el orgullo ocupa el lugar de la prudencia, las puertas que se cierran para un gobernante terminan cerrándose para todo su pueblo. Gobernar es pensar en las consecuencias antes de actuar, porque los caprichos de un líder pueden convertirse en las cargas de una nación.
Las cifras del desastre
Las cifras del desastre del intercambio comercial de los dos países es alucinante. Ecuador exporta a México productos que son un orgullo para el Ecuador, es decir, son su eje económico:
-
El banano, esa fruta que Ecuador presume como la mejor del mundo: existen pérdidas por 420 millones de dólares.
-
El camarón: 310 millones de dólares en pérdidas.
-
El sector de las flores y rosas: 180 millones de dólares en pérdidas.
-
El cacao y el chocolate ecuatoriano: 140 millones de dólares.
-
El atún en conserva: 195 millones de dólares.
El agujero negro es de 1.145 millones de dólares, sin contar con los sectores en pérdidas con costos indirectos que lo están pagando las familias ecuatorianas en medicinas, en electrodomésticos y costos de reparaciones de vehículos de carga para los empresarios, etc., que lo presionan para que se siente a gobernar con firmeza, pero con prudencia de un estadista.
Esta versión conserva el mensaje político y social, dicho con frontalidad y sin sesgos políticos, lo que nadie hace por congraciarse con el gobierno en turno. Dicho como fábula, lo transforma en una enseñanza más universal sobre la responsabilidad, la diplomacia y los riesgos de la soberbia en el ejercicio del poder.
