10 agosto, 2026

La política nacional se ha degradado a niveles preocupantes

La polarización nos ha llevado a extremos impensados. Hemos abandonado el raciocinio y nos hemos inmiscuido en una guerra de tribus alimentada por los algoritmos.

Los principales magnates de la inteligencia artificial y los algoritmos están gestando un poder capaz de destronar al democrático, que hoy se desvirtúa por la división, por la propia gente y por una polarización cada vez más profunda. En el corto plazo, esto es un gran combustible para los políticos; en el mediano plazo, esto constituirá una eventual eliminación de la democracia.

Los algoritmos no se limitan a reflejar nuestras diferencias: las fabrican, las afinan y nos las devuelven convertidas en identidad. Cada clic es una pequeña confesión que el sistema aprende a explotar, y con cada explotación nos aleja un grado más de quien piensa distinto.

Ya no basta con el viejo hombre masa que describía Ortega y Gasset, ese que repetía consignas sin examinarlas. El algoritmo ha producido algo peor: un hombre masa activo, convencido hasta la médula de los extremos que comparte y militante de su propia radicalización con el entusiasmo de quien cree haber despertado. Es más peligroso precisamente porque se siente más lúcido, y esa falsa lucidez lo vuelve impermeable a la duda, la única vacuna real contra el fanatismo.

El feudalismo tecnológico y la democracia

Y no hablo en abstracto. Los tecnofeudalistas ya no observan este proceso desde afuera: lo habitan y lo capitalizan. Peter Thiel, quien lleva años sosteniendo que la libertad y la democracia ya no le parecen compatibles, ha estrechado vínculos con gobiernos afines a su visión, como el de Javier Milei en Argentina, país que hoy se ha convertido en terreno de ensayo para ese acercamiento entre poder tecnológico y poder político. No es casual que quienes construyen la infraestructura de datos y vigilancia que hoy utilizan gobiernos y ejércitos encuentren terreno fértil allí donde la polarización ya fracturó el consenso democrático (Palantir).

Carl Jung había anticipado parte de este mecanismo, aunque nunca conoció el algoritmo. Hablaba del inconsciente colectivo, esa capa profunda de la psique donde reaccionamos como especie antes que como individuos, movilizados por símbolos y arquetipos que nos preceden.

Los algoritmos parecen aprovechar precisamente esos mecanismos. No apelan primero a la razón, sino a ese sustrato tribal que responde al enemigo, a la amenaza y a la pertenencia. Nos devuelven el arquetipo de la tribu amenazada y reaccionamos cerrando filas antes de pensar. La diferencia es que ahora ese impulso tiene detrás sistemas que lo optimizan, lo miden y lo monetizan. Ya no estamos solo frente a una guerra de ideas, sino también frente a una disputa por activar los resortes más profundos de nuestra psicología.

Cómplices del derrumbe

Nosotros mismos somos cómplices de este derrumbe. No es solamente el algoritmo el que nos divide, ni el magnate que capitaliza la fractura: somos nosotros quienes alimentamos cada día la maquinaria que nos consume. Compartimos, reaccionamos y militamos el extremo sin detenernos a dudar. En ese gesto, repetido millones de veces, debilitamos una de las mayores conquistas políticas de la humanidad: la democracia.

No hace falta un golpe de Estado cuando un pueblo está dispuesto a entregar su libertad de pensamiento a cambio de la certeza tribal.

Los algoritmos se están cargando la democracia.

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