Los ciudadanos tenemos memoria, quizás más de la que imaginan quienes llegan al poder creyendo que la historia comienza con ellos. La memoria colectiva no siempre se expresa en los discursos ni en los titulares de los periódicos; permanece silenciosa en las calles que recorremos todos los días, en los parques donde juegan nuestros hijos y nietos, en los malecones que contemplan el río y en los barrios donde cada generación deja una parte de su vida.
Guayaquil ha sido, desde sus orígenes, una ciudad acostumbrada a levantarse. Lo hizo después de incendios que parecían haberla reducido a cenizas; lo hizo frente a epidemias, crisis económicas y adversidades que habrían doblegado a cualquier otra ciudad en el mundo. Esa capacidad de renacer nunca fue producto de la casualidad; ha sido consecuencia del carácter de sus ciudadanos, de su vocación por el trabajo y de una convicción profundamente arraigada: el progreso no se espera; se construye.
Olmedo comprendió que la libertad de los pueblos no terminaba con la independencia política. La verdadera libertad consistía en gobernarse con inteligencia, con responsabilidad y con instituciones fuertes. A finales del siglo pasado, Guayaquil atravesaba uno de esos momentos en que parecía haber perdido parte de la confianza en sí misma; el deterioro urbano era evidente y muchos aceptaban esa realidad como si fuera inevitable. Sin embargo, la historia volvió a demostrar que las ciudades cambian cuando encuentran administraciones capaces de interpretar el anhelo de todos sus miembros.
La transformación y continuidad institucional
La gestión iniciada por el presidente Febres-Cordero en 1992 marcó el comienzo de una transformación que devolvió orden, planificación y una visión de largo plazo a la administración municipal. Más allá de las diferencias políticas que legítimamente puedan existir sobre su figura, aquella etapa inició un proceso que modificó la relación entre el ciudadano y su ciudad, y más que todo, la devolución de su autoestima.
Ese proceso encontró continuidad durante la administración de Jaime Nebot, la cual durante casi dos décadas se consolidó en una política municipal que impulsó la regeneración urbana, fortaleció los espacios públicos, desarrolló infraestructura y promovió programas sociales que contribuyeron a devolverle a nuestra ciudad algo que no puede medirse en cifras presupuestarias: el orgullo de pertenecer a ella y de decir con la frente en alto, «soy guayaquileño».
Más tarde, la administración de la doctora Cynthia Viteri enfrentó una circunstancia excepcional que alteró la vida del mundo entero. La pandemia obligó a todas las autoridades a gobernar bajo condiciones inéditas. Como corresponde a toda democracia, los ciudadanos evaluaron esa gestión y decidieron posteriormente un cambio de administración; esa es la esencia del sistema democrático: los gobernantes son temporales; las ciudades permanecen en el tiempo.
El verdadero legado democrático
Resulta equivocado medir una administración únicamente por el número de obras inauguradas. La verdadera medida está en la confianza que deja sembrada, en la institucionalidad que fortalece y en la capacidad de pensar más allá del siguiente proceso electoral. Las obras físicas pueden deteriorarse; las buenas instituciones sobreviven al paso del tiempo.
Guayaquil necesita administradores con visión, honestidad, carácter y sensibilidad; pero necesita, sobre todo, ciudadanos que nunca renuncien a exigir esas virtudes. Una ciudad mejora cuando quienes la gobiernan cumplen con su deber, pero alcanza su verdadera grandeza cuando sus habitantes entienden que el destino colectivo también depende de ellos.
Porque el espacio público se cuida entre todos, porque la ciudad no termina en la puerta de nuestra casa, porque la democracia no concluye el día de las elecciones y, más que todo, porque administrar bien una ciudad es, en el fondo, una forma de respetar la dignidad de quienes la habitamos.
Las personas pasan, los gobiernos concluyen sus mandatos, las campañas quedan atrás, pero Guayaquil continúa su marcha, observando en silencio a quienes tuvieron el privilegio de conducirla y esperando siempre que la siguiente generación sea mejor que la anterior. Ese es, y seguirá siendo, el mayor desafío de nuestra vida cívica: exigir, preservar y defender a los administradores que Guayaquil merece.
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