En una extensa llanura existía una comarca cuyos habitantes dependían de un gran pozo de agua y gasolina para trabajar, sembrar y transportar sus cosechas.
Un día comenzaron a circular rumores.
—¡El agua se está acabando! —gritó un cuervo desde una cerca.
—¡Pronto el pozo quedará seco! —repitió un loro sin saber si era verdad.
Y como suele ocurrir cuando el miedo corre más rápido que la razón, muchos animales abandonaron sus tareas y corrieron desesperados hacia el pozo.
Las filas eran largas. Los empujones, frecuentes. Las discusiones, inevitables.
Sin embargo, el viejo búho, encargado de vigilar las reservas, observó algo extraño. Cada noche el nivel del agua seguía siendo suficiente. Cada mañana el pozo amanecía casi igual. Las cuentas no cuadraban.
Entonces decidió investigar. Una madrugada descubrió el secreto.
Un grupo de ratones había construido túneles ocultos bajo la tierra. Mientras los demás animales discutían y hacían filas, los ratones desviaban grandes cantidades de agua hacia depósitos secretos. Luego la vendían a precios exagerados. El miedo de la comunidad se había convertido en su negocio.
Cuando el búho reunió pruebas, convocó a una asamblea.
—El problema no es la falta de agua —explicó—. El problema es que algunos han aprendido a enriquecerse sembrando miedo.
Un zorro intentó defender a los ratones.
—Son animales astutos. Solo aprovecharon una oportunidad.
Pero un viejo caballo respondió:
—La astucia que perjudica a toda la comunidad no es inteligencia; es abuso.
Un burro cargador agregó:
—Mientras unos pocos llenaban sus bodegas, miles perdíamos tiempo, trabajo y tranquilidad.
Entonces la tortuga, considerada la más sabia del lugar, tomó la palabra:
—Hay una diferencia entre ser emprendedor y ser oportunista. El primero crea valor para todos. El segundo crea problemas para vender soluciones.
La asamblea decidió actuar. Se cerraron los túneles clandestinos. Se establecieron controles permanentes. Los responsables tuvieron que responder ante toda la comunidad.
Poco a poco desaparecieron las filas. Regresó la calma. Y los animales comprendieron una lección que nunca olvidarían: cuando el miedo se convierte en mercancía, siempre aparecen comerciantes del caos. Pero cuando la comunidad vigila, denuncia y actúa unida, las mafias pierden su negocio.
Moraleja
Los pueblos no se empobrecen solamente por la escasez de recursos, sino por la abundancia de quienes lucran con las necesidades ajenas. La viveza criolla que juega con el bienestar colectivo no es virtud ni inteligencia: es una forma de traición a la comunidad. Y cuando el Estado mira hacia otro lado o la ciudadanía guarda silencio, los ratones del miedo terminan adueñándose del pozo de todos.
Esta fábula interpreta el abuso de los contrabandistas de combustibles y más concretamente de gasolinas. Seamos claros y sin rodeos. Mientras el país atraviesa una crisis económica que asfixia a millones de ecuatorianos, hay quienes han decidido hacer negocio con el miedo. Sí, hacer negocio con el caos.
Porque no nos engañemos: si EP Petroecuador confirma que hay combustible suficiente…, ¿por qué aparecen filas?, ¿por qué «de repente» no hay gasolina?, ¿por qué restringen la venta? Aquí hay dos opciones: o hay incompetencia… o hay mafias operando. Y todo apunta a lo segundo. Y la Tercera Vía los denunciará.
