Un pasivo de $60+ millones no sería obstáculo para un club con una facturación diez veces mayor, pero es un mega desafío empresarial cuando: el nivel de endeudamiento mantiene un desenfrenado aumento, los ingresos no alcanzan para apalancar crecimiento alguno y su mermada capacidad deportiva es consecuencia de una concomitante mala gestión.
El desastre financiero no es un evento ocasional, tampoco apareció ayer, es más bien el resultado de la complicidad de múltiples directorios —individuos, claro— que, sin duda alguna, se han aventajado económicamente a costa del patrimonio corporativo. Imposible haber llegado a la hecatombe actual solo a través de deficientes contrataciones.
Las auditorías practicadas, más allá de haber destacado el abultado nivel de deuda y otros pésimos indicadores financieros, no han señalado a nadie en particular por los pésimos resultados. Los responsables siguen a sus anchas porque —como siempre— no ha existido una verdadera rendición de cuentas.
En síntesis, no existiría gerenciamiento suficiente para un club carente de canteras propias, con instalaciones decadentes, jugadores y cuerpos técnicos mediocres, estadísticas evidentemente paupérrimas y los mismos dirigentes de siempre. Una reestructuración bajo los mismos lineamientos organizacionales sería una quimera cuando su emblema institucional continúa a la vera de un camino del que algunos pretenden aún usufructuar sin medir consecuencias. Los rendimientos tienen una lógica revestida de verdad y demandan un gran cambio instituciónal.
