13 julio, 2026

El búho alcalde, los zorros del camino y la ciudad de las cuestas

Casi todos sabemos que el transporte público de Quito es rehén de cálculos electorales y promesas incumplidas de transportistas de mejorar el servicio y de las autoridades del distrito metropolitano de hacer cumplir las regulaciones u ordenanzas.

El alza de pasajes vuelve a tropezar con la misma piedra de todas las administraciones, el calendario electoral que está a la vuelta de la esquina en noviembre del 2026.

Los transportistas piden casi la duplicación de las tarifas mientras los alcaldes diluyen la solución de los problemas pensando en la reelección o en los costos políticos.

El caso de Quito es el más problemático del país referido al costo del servicio del metro, el trole, la ecovía, buses de cooperativas privadas.

El mal servicio se evidencia a diario, refleja la desidia y la incompetencia de autoridades y gremios para construir un modelo de movilidad acorde con las ciudades modernas; el escenario de Quito es un cóctel de accidentes que dan mal ejemplo a otras ciudades que lo visualizo en la Fábula N.º 15.

El búho alcalde, los zorros del camino y la ciudad de las cuestas

En una gran ciudad construida entre montañas, conocida como la Ciudad de las Cuestas, vivían miles de animales que cada mañana debían recorrer largos caminos para llegar a sus trabajos, escuelas y mercados.

Para movilizarse dependían de unos enormes carruajes conducidos por una poderosa asociación de zorros transportistas. También existían modernos túneles subterráneos por donde corría una veloz serpiente de hierro, además de viejos carros que atravesaban la ciudad de norte a sur.

Con el paso de los años, los carruajes comenzaron a deteriorarse. Los asientos se rompían, los techos goteaban cuando llovía y los conductores competían entre sí como si estuvieran en una carrera. Los accidentes se volvieron frecuentes y las quejas de los ciudadanos llenaban las plazas.

Un día, los zorros se reunieron y acudieron al despacho del Búho Alcalde.

—Necesitamos aumentar el precio del pasaje —dijeron—. Los costos de los repuestos son más altos y ya no podemos seguir trabajando así.

El Búho, que observaba el calendario colgado en la pared, notó que faltaban pocos meses para las elecciones del bosque.

—Si apruebo el aumento, muchos animales se molestarán y podrían no votar por mí —pensó en silencio.

Entonces respondió:

—Esperemos un poco más. Formaremos mesas de diálogo, comisiones de análisis y grupos de estudio para que se coman el cuento o no les duela el incremento de los pasajes de mis amigos transportistas.

Los zorros regresaron molestos. Los ciudadanos continuaron viajando incómodos. Y los problemas siguieron creciendo.

Pasaron los meses. Los zorros insistían en que el pasaje debía casi duplicarse. El Búho seguía prometiendo soluciones futuras. Mientras tanto, los conejos llegaban tarde a sus trabajos, las ardillas viajaban apretadas y los venados temían sufrir accidentes en cada trayecto.

Una tarde apareció una vieja tortuga sabia que había recorrido muchos bosques. Observó el desorden y dijo:

—Aquí nadie está pensando en la movilidad de la ciudad. Los zorros solo hablan de tarifas. El Búho solo piensa en elecciones. Y mientras ambos discuten, quienes pagan el costo son los ciudadanos.

Los animales guardaron silencio. La tortuga continuó:

—Un buen transporte no se construye con promesas ni con cálculos electorales. Se construye con reglas claras, controles rigurosos, inversiones responsables y un compromiso verdadero con quienes usan el servicio todos los días.

Pero ni el Búho ni los zorros quisieron escuchar. Cuando lleguen las elecciones, los problemas seguirán exactamente igual. Los carruajes continuarán deteriorados, las quejas sin eco, y la ciudad permanecía atrapada en los huecos en el mismo círculo de siempre, obras al apuro con consultorías para los amigos.

Entonces los ciudadanos de Quito, Guayaquil y Antonio Ante comprendieron una gran verdad: no eran rehenes de la falta de dinero, sino de la falta de decisiones.

Moraleja

Cuando los gobernantes piensan más en las urnas y los gremios más en sus intereses que en el servicio público, la ciudad entera termina pagando el precio de la inmovilidad. La movilidad moderna no nace de promesas electorales, sino de responsabilidad, planificación y cumplimiento de las reglas.

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