Este 2 de julio concluye el periodo de elecciones primarias en las organizaciones políticas, 235 en total entre partidos y movimientos nacionales, provinciales, cantonales y parroquiales. Los ecuatorianos deben concurrir a las urnas el próximo 29 de noviembre, en comicios adelantados, para elegir prefectos, alcaldes, vocales de juntas parroquiales y vocales del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social.
Las primarias, de legal y obligatoria realización, llevadas a cabo bajo la supervisión de un representante del Consejo Nacional Electoral (CNE), ¿son realmente un ejercicio democrático pleno? No, porque los candidatos no son escogidos mediante voto personal de los afiliados y adherentes oficialmente registrados en los padrones, sino que, regularmente, son asambleas y convenciones, con la participación de unos pocos de estos, donde una comisión avala y da fe de un proceso en el que se presentan candidaturas predeterminadas por las cúpulas partidistas y los presentes simulan una votación nominal o alzan las manos para aprobar mayoritariamente esa designación.
El Código de la Democracia y la paradoja de las firmas
Parece que bajo la norma del vigente Código de la Democracia es muy difícil lograr unas primarias de primer nivel. La ley dispone que para la formación de un partido o movimiento político se requiere contar con la firma del 1.5% del padrón electoral (nacional, provincial o cantonal, según el caso). Si existen 235 organizaciones políticas reconocidas legalmente, un rápido cálculo de las firmas que se necesitan en total para cumplir la norma es de alrededor de 47 millones de firmas. ¿Cómo llegar a ese número si Ecuador tiene unos 18 millones de habitantes y solo pueden votar casi 14 millones? Fácil: las firmas nuevas anulan a las anteriores y no está prohibido firmar para más de un partido o movimiento. Y, ¿cómo controla y convalida las firmas el CNE? Vaya usted a saber. Lo más seguro es que firmas y nombres repetidos haya por montones, para regalar; inclusive en los listados constarán, también, muertos y un sinnúmero de falsificaciones.
La proliferación de entidades políticas supera de largo a las ideologías tradicionales (pero incluya las ecológicas, de género, animalistas, religiosas, indígenas, montubias, veganas, bélicas, antibélicas, tecnológicas y todas las que pueda imaginar), por lo que está bien decir que en Ecuador se fomenta la creación de organizaciones políticas de alquiler, de empresas electorales, de franquicias con casillero electoral, para que todo aquel con un bolsillo repleto de dinero, con buena pinta y buena labia no solo se presente como candidato sino que gobierne un país, una provincia, cantón o parroquia. Está ocurriendo desde hace bastante tiempo, por eso ha sido posible, en múltiples momentos, unir ideológicamente al agua con el aceite. Un país donde la política deja de ser sinónimo de servicio y se convierte en mercancía electoral está destinado, qué triste pero qué verdad, al irremediable fracaso. ¿O no?
