Era el año 1970, vivíamos en San José de Costa Rica en un lugar bananero llamado Riofrío. Mi hija era muy feliz en el lugar donde vivíamos: corría por el bosque, jugaba con conejos, con hojitas, etc. No había un instante que se quedara tranquila. Yo la dejaba, ella hacía otra cosa, era imparable tanto para hablar y preguntar a cada instante. Dejaba de saltar, se acercaba y comenzaba a averiguar: “¿Cómo se llama esta planta? ¿Qué se puede hacer con ella?”. No descansaba y siempre me decía: ”Mami, quiero que me regales un perrito”.
Cuando nos sentábamos en algún lugar yo le respondía: «Mija, tener un perrito significa atenderlo, enseñarle, en una palabra, mi amor, educarlo como un hijo».
Ella me miró y me respondió: “Para eso, mamita, estás tú”.
Me dejó callada, me gustó la respuesta y le contesté: “En algún momento lo tendremos, pero tú me ayudas a educarlo”. Saltó, se rio y me dijo: «Entonces el perrito vendrá, yo te conozco. Pero quiero una perrita muy chiquita y juguetona».
Así terminó esa tarde y fuimos para la casa. Se bañó mi hija y se fue a dormir.
Corría el mes de diciembre y ya los amigos estaban haciendo los preparativos para la fiesta de Navidad. Yo pensando cómo podría hacer para darle la perrita a mi hija. Siguieron pasando los días y llegó la Navidad.
Eran las 10 de la mañana del 24 de diciembre cuando escuché en la puerta de entrada la típica forma de pedir permiso para entrar: “UPE”. Esa palabra se acostumbra cuando uno desea que le abran la puerta de entrada.
La persona encargada de cuidar a mi hija abrió la puerta y me dijo: «Es un señor». En efecto, era una persona muy querida por nosotros. Traía en sus manos una caja muy bonita y lo primero que hizo fue preguntar por mi hija. Ella bajó corriendo, saludó y este amigo le dijo: “Tu regalo de Navidad”.
Se quedó con los ojos abiertos y me miró. Yo le dije: «¿Y qué hay en la caja, hijita?». Y ella me contestó: “Una paporrita».
Yo me quedé muda: era una perrita pastor alemán preciosa, tenía dos meses y medio. Nuestro amigo le entregaba los papeles: pastor alemán hija de perros campeones, tenía dos meses y medio, y nos dijo: «Fue la primera en nacer, es la más grande y muy linda».
Para no alargar el cuento, mi hija se emocionó tanto que la cargó y la puso sobre un mueble de la sala y la Pandora se quedó allí como adorno. Le agradecimos a nuestro amigo que nos trajo mucha alegría y felicidad y, desde ese momento, Paporrita o Pandora pasó a ser parte de la familia. El nombre que le puso fue Pandora, pero ella de cariño le decía Paporrita.
Pandora era una perrita muy especial, aprendía rápido todo lo que se le enseñaba. Creció mimada porque ella también daba cariño. Corría detrás de mi hija e iba a todas partes con ella. Durante los dos primeros meses durmió dentro de la casa, luego fue a dormir en un cuarto que se le adaptó para ella. Se le compró camita, bueno, tenía todo lo necesario para que se acostumbre y así fue. Fue creciendo y con el tiempo se hizo una perra preciosa.
La acompañaba a mi hija a la escuela, la niña en triciclo y la Pandora corriendo atrás de ella. Era un lindo espectáculo. Todo esto se podía hacer porque el lugar en que vivíamos era de la Standard Fruit Company. No había peligro, todos los niños andaban solos.
El tiempo pasó y la Pandora se convirtió en una pastora alemana preciosa. Era la compañera inseparable de mi hija.
Esta es la primera parte de este relato. La segunda parte sobre Pandora es su vida adulta, que dejó en mí un recuerdo imborrable: salvó la vida de mi hija cuando otra pastora alemana llamada Astrid atacó a mi hija.
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Qué hermosa historia. Se siente el amor por la familia y por Pandora en cada recuerdo. Gracias por compartir este relato tan lleno de cariño y nostalgia.
Para los que somos amantes de los animales estas historias reales nos emocionan, la nobleza y fidelidad de los animales, especialmente los perros, es algo que el ser humano debe tener en cuenta y ser recíprocos con ellos.
Gracias por este relato. Esperamos la segunda parte.