13 julio, 2026

Fábula no. 13: el cóndor y el jaguar de la frontera colombo-ecuatoriana

En una extensa cordillera donde dos grandes bosques compartían una misma frontera, gobernaban dos animales muy distintos.

Al norte reinaba el Cóndor Orador (Petro). Sus alas eran enormes y su voz tan poderosa que, cuando hablaba desde las montañas, los árboles se inclinaban para escucharlo y hasta las piedras paracían derramar lágrimas. Había dedicado muchos años a recorrer los caminos del bosque denunciando injusticias, prometiendo igualdad y soñando con una tierra donde todos los animales vivieran en paz.

Al sur gobernaba el Jaguar Empresario (Noboa). Era joven, rápido y decidido. Creía que el orden, la disciplina y el trabajo podían devolver la prosperidad a su territorio. Muchos animales admiraban su energía y su capacidad para tomar decisiones sin demora.

Pero un día surgió un conflicto. El Cóndor acusó al Jaguar de favorecer el contrabando entre los bosques. El Jaguar respondió señalando que el Cóndor había descuidado los senderos fronterizos por donde avanzaban los traficantes de sombras. Pronto comenzaron a elevar barreras, imponer peajes y bloquear el intercambio de frutos, semillas y energía entre ambas tierras, con unos estúpidos aranceles.

Cada amanecer traía una nueva acusación. Cada anochecer terminaba con un nuevo discurso. Mientras tanto, en los rincones más oscuros de la frontera, una enorme Serpiente Negra observaba en silencio. Era la Serpiente del Narcotráfico. No tenía bandera. No tenía patria. No obedecía ni al Cóndor ni al Jaguar.

Mientras ambos gobernantes discutían desde sus palacios, la serpiente se deslizaba entre los árboles, comprando voluntades, sembrando miedo y apoderándose de los caminos.

Los animales comunes comenzaron a sufrir. Los comerciantes perdían sus mercancías. Los campesinos no podían cruzar los puentes ni las fronteras. Los jóvenes abandonaban los pueblos. Los guardianes del bosque ya no sabían a quién obedecer.

Un viejo Búho, considerado el más sabio de la cordillera, convocó entonces a una reunión.

—¿Quién tiene la razón? —preguntó el Jaguar.

—¿Quién es el culpable? —preguntó el Cóndor.

El Búho observó el horizonte y respondió:

—Ambos hacen la pregunta equivocada.

Los dos gobernantes quedaron sorprendidos.

—Mientras ustedes discuten sobre quién es más fuerte, más inteligente o más importante, la serpiente sigue creciendo. Mientras compiten por demostrar quién tiene la mejor visión del bosque, nadie está cuidando el bosque.

El Cóndor bajó la cabeza. El Jaguar guardó silencio.

Entonces el Búho señaló la frontera. Allí, donde antes había caminos seguros, ahora reinaba la Serpiente Negra.

—Los grandes peligros no nacen de los desacuerdos —dijo el anciano—. Nacen cuando los líderes convierten su orgullo en una muralla que les impide ver la realidad.

El Cóndor comprendió que ningún discurso podía reemplazar la acción. El Jaguar comprendió que ninguna estrategia empresarial podía sustituir la cooperación. Y ambos parece que entendieron que la verdadera amenaza nunca había sido el vecino. La verdadera amenaza era la serpiente que se fortalecía cada día gracias a sus disputas.

Desde entonces, los animales de la cordillera aprendieron una lección que transmitieron de generación en generación: «No hay frontera más peligrosa que aquella donde los gobernantes vigilan al vecino mientras el enemigo real avanza detrás de ellos».

Moraleja

Cuando los líderes alimentan sus egos, los problemas crecen en silencio. Los pueblos no necesitan gobernantes que compitan por tener la razón, sino gobernantes capaces de unirse para enfrentar los peligros que amenazan a todos por igual.

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