13 julio, 2026

Sudamérica caminando derecho

Durante casi veinte años nos hicieron creer que el único camino posible para América Latina estaba inevitablemente inclinado hacia la izquierda, que cualquier otra alternativa representaba un regreso al pasado, al neoliberalismo salvaje o, peor aún, a gobiernos alejados de las necesidades populares. Sin embargo, la política tiene una costumbre que ningún discurso logra derrotar: tarde o temprano debe rendir cuentas ante la realidad. Y cuando la realidad comienza a hablar, las consignas pierden fuerza, los relatos empiezan a desgastarse y los ciudadanos terminan votando menos con el corazón y mucho más con el bolsillo, con la seguridad de sus familias y con la tranquilidad de poder mirar el futuro sin miedo.

Por eso el título de este artículo no habla de una Sudamérica caminando a la derecha; habla de una Sudamérica caminando derecho, porque la discusión ya no parece ser ideológica sino práctica. Los ciudadanos dejaron de preguntarse quién pronuncia el discurso más revolucionario para comenzar a preguntarse quién controla la delincuencia, quién atrae inversiones, quién genera empleo y quién administra con responsabilidad los recursos públicos. Basta observar lo ocurrido en Argentina, el crecimiento de nuevas corrientes políticas en Chile, el desgaste de varios gobiernos de izquierda en la región o incluso la decisión que tomaron los ecuatorianos en las últimas elecciones, para entender que el péndulo político del continente no responde a modas sino a resultados.

Sin embargo, mientras el continente parece avanzar con una tendencia cada vez más definida hacia gobiernos que priorizan el orden institucional, la seguridad y el crecimiento económico, en Ecuador ocurre un fenómeno bastante curioso: algunos partidos que durante décadas construyeron su identidad alrededor de principios asociados a la economía social de mercado, la iniciativa privada, la institucionalidad y determinadas libertades individuales, hoy aparecen votando, coincidiendo o, peor aún, negociando tras bastidores con sectores que históricamente defendieron posiciones completamente distintas.

Quizás la mayor transformación que vive hoy Sudamérica no sea el fortalecimiento de la derecha ni el debilitamiento de la izquierda, sino el regreso del ciudadano común como verdadero protagonista de las decisiones políticas; un ciudadano mucho menos paciente, mucho más exigente y bastante menos dispuesto a creer en discursos grandilocuentes, que entiende que las ideologías son importantes, pero que al final del día lo que verdaderamente cambia la vida de las personas son los resultados: la seguridad, el empleo, la estabilidad económica y la confianza en las instituciones. Porque los pueblos pueden tolerar gobiernos de izquierda o de derecha; lo que ya no están dispuestos a tolerar es la incoherencia, especialmente la de quienes dicen caminar en una dirección mientras, discretamente o por debajo de la mesa, avanzan en la contraria vía. Esa es quizás la mayor lección política que hoy nos deja una Sudamérica caminando derecho.

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