13 julio, 2026

Fábula no 6 la semilla de oro, el canto de la montaña y el folklore en Natabuela

En una comunidad escondida entre las montañas de Imbabura vivía una pequeña semilla de maíz llamada Killa. Aunque era fuerte y saludable, se sentía triste porque escuchaba a muchos animales decir que las antiguas costumbres ya no servían para nada.

—Los tiempos han cambiado —decía el zorro—. ¿Para qué cantar al sol o agradecer a la tierra?

—Lo importante es correr detrás de lo nuevo, de la inteligencia artificial, de la tecnología —agregaba el conejo—. Las tradiciones son cosas del pasado.

Killa escuchaba aquellas palabras y comenzó a dudar de su propio origen. Un día preguntó a la vieja montaña:

—Abuela montaña, ¿es verdad que nuestras costumbres ya no tienen valor?

La montaña guardó silencio por un momento y luego respondió:

—Mira a tu alrededor.

La semilla observó los cultivos, los ríos, los bosques y a las familias trabajando la tierra.

—Todo lo que ves existe porque alguien aprendió a respetar los ciclos de la naturaleza —dijo la montaña—. La memoria de un pueblo es como una raíz: no se ve, pero sostiene todo el árbol.

Llegó entonces el tiempo del Inti Raymi. Los comuneros se reunieron para agradecer al sol, a la Pachamama y a los frutos recibidos durante el año. Hubo música, danza, colores y alegría. Los mayores compartieron sus conocimientos y los niños escucharon atentos las historias de sus antepasados.

Mientras observaba la celebración, Killa comprendió algo importante. Las canciones no eran solo canciones; eran recuerdos. Las danzas no eran solo movimientos; eran enseñanzas. Los rituales no eran simples ceremonias; eran una forma de agradecer la vida.

Aquella noche, el viento llevó las notas de una antigua melodía por los campos. Los animales que antes se burlaban quedaron sorprendidos al ver cómo la comunidad permanecía unida gracias a sus tradiciones.

—Ahora entiendo —dijo el zorro—. Un pueblo que olvida sus raíces termina perdiendo su camino.

—Y un pueblo que honra su memoria siempre encuentra fuerzas para seguir adelante —añadió el conejo.

La pequeña semilla sonrió. Con la llegada de las primeras lluvias germinó y se convirtió en una hermosa planta de maíz dorado. Desde entonces enseñó a todos que el progreso no consiste en olvidar el pasado, sino en caminar hacia el futuro llevando consigo la sabiduría de sus ancestros.

Moraleja

Las tradiciones son las raíces que alimentan la identidad de un pueblo; quien las cuida y las transmite mantiene viva su cultura y fortalece su comunidad.

Reflexión

El Inti Raymi no es solamente una fiesta. Es un encuentro entre generaciones, un acto de gratitud hacia la naturaleza y una expresión de salud intercultural. El folclore se desarrolla cuando las comunidades mantienen vivas sus músicas, danzas, relatos, vestimentas y conocimientos ancestrales, transmitiéndolos a los jóvenes no como recuerdos del pasado, sino como herramientas para construir el futuro. Allí donde se honra la memoria colectiva, florecen la identidad, la diversidad y la esperanza.

(Fábula inspirada en el Inti Raymi y la sabiduría ancestral andina de nuestra parroquia rural Natabuela del cantón Antonio Ante dedicada a la Reyna Nacional del Folclore Rosario Cadena López y al pueblo de Natabuela)

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