Las fábulas son relatos breves que transmiten valiosas enseñanzas a través de personajes, generalmente animales. Aquí tienes algunas fábulas con sus respectivas moralejas. Es una forma de hacer una nueva política para los ecuatorianos decentes a través de las narrativas de los animales.
Escuchemos la fábula No. 5, que forma parte de una serie de 50.
El rebaño y el perro pastor
Un rebaño de ovejas vivía tranquilo en un extenso valle. Cada cierto tiempo elegían a un perro pastor para que cuidara los caminos, protegiera los pastizales y vigilara a los lobos.
Un año eligieron a un perro muy carismático. Prometió más hierba, más agua y más seguridad. Las ovejas quedaron encantadas.
Sin embargo, una vez elegido, el perro dejó de recorrer los caminos. Pasaba los días descansando bajo un árbol mientras los cercos se deterioraban y los lobos se acercaban cada vez más. Las ovejas comenzaron a quejarse.
Pero la vieja cabra del valle les dijo:
—Elegir un pastor no significa dejar de vigilarlo.
Desde entonces, las ovejas y los florindos comenzaron a reunirse periódicamente para revisar el trabajo del perro. Y el perro en turno debió comprender que gobernar no era recibir aplausos, sino cumplir responsabilidades.
La ilusión del día de las elecciones
Hay escenas que se repiten en cada elección: filas largas, tinta china en el pulgar, fotografías frente a las casillas y discursos sobre el poder ciudadano. Durante unas horas pareciera que la democracia respira con intensidad.
Después llega el silencio. El ciudadano vuelve a casa y la política regresa, muchas veces, a los escritorios cerrados, a las decisiones tomadas lejos de la calle y a las discusiones reservadas para unos cuantos vivarachos de la política que casi siempre son los mismos con otras caretas y camisetas.
Quizá uno de los grandes errores de nuestra época —y me refiero a mi país, a Imbabura y a mi Cantón Antonio Ante— ha sido creer que la participación ciudadana empieza y concluye el día de la elección.
Por una ciudadanía permanente
Vivimos en una generación marcada por la inmediatez. Las opiniones cambian en cuestión de minutos, las tendencias duran apenas unas horas y las exigencias sociales evolucionan a una velocidad que las instituciones tradicionales difícilmente alcanzan a procesar. En medio de este dinamismo, pensar que la ciudadanía únicamente debe participar cada dos, tres o cuatro años resulta insuficiente para una sociedad cada vez más informada, crítica y consciente de su capacidad para incidir en lo público.
La democracia moderna ya no puede sostenerse únicamente sobre la representación política. Necesita mecanismos permanentes de escucha, legitimidad y corresponsabilidad social.
Moraleja: Elegir un líder es importante; vigilar su gestión durante todo su periodo es indispensable.
Reflexión: La democracia no termina el día de las elecciones.

Excelente artículo. Para pensarlo. Ojalá comprendamos que nuestro deber cívico no es solo elegir sino vigilar.