Mientras la gran mayoría del país tiene los ojos clavados en la pantalla, debatiendo sobre el Mundial de la FIFA, en un rincón del continente se gestaba una verdadera hazaña para el deporte ecuatoriano. Una de esas que no abren los noticieros principales, pero que valen oro puro.
Desde mi trinchera, quiere levantar la voz para aplaudir a Domenick Godoy, el gimnasta ecuatoriano que se acaba de coronar campeón panamericano en barra fija.
Es irónico, y hasta un poco doloroso, ver cómo el monstro mediático del fútbol eclipsa el esfuerzo titánico de atletas que, muchas veces sin apoyo, sin canchas de primer nivel y con el viento en contra, se suben al podio mundial. Godoy no necesitó de estadios llenos ni de contratos millonarios para poner la bandera de Ecuador en lo más alto; le bastaron sus manos llenas de magnesio, una disciplina inquebrantable y un coraje de acero.
Mientras el balón sigue rodando en el Mundial, mi reconocimiento eterno está con aquellos que, como Domenick, sudan la camiseta en silencio y nos recuerdan que Ecuador es mucho más que fútbol. ¡Salud, campeón!
