13 julio, 2026

El arte de contradecirse

El género llamado “ensayo” es culpa de un señor francés del siglo XVI llamado Michel de Montaigne. Este caballero, que tenía más tiempo libre que un gato de la Alborada y más curiosidad que un niño frente a un enchufe, decidió que la mejor manera de ordenar sus pensamientos era escribirlos. Y desordenadamente lo hizo en tres tomos de reflexiones sobre la vida, la muerte, la amistad, los caníbales y hasta sobre cómo aguantar la digestión, ideal para que lo lean un par de amigos pedorros que tengo.

“Yo mismo soy el tema de mi libro”, dice en su discurso de apertura al lector. Montaigne solo pretendía pensar en voz alta, pero con pluma. Y así nació el ensayo, ese género literario que consiste en decir lo que uno piensa, aunque no siempre sepa exactamente lo que piensa. Jardiel Poncela, que veía la vida como un sainete cósmico, habría aplaudido la ocurrencia: ¿qué mejor que escribir páginas y páginas de dudas, ocurrencias y contradicciones, y encima que te lo publiquen?

La genialidad de la contradicción y la duda

La importancia de los ensayos de Montaigne radica en que nos enseñan a desconfiar de las verdades absolutas. Se contradice: dice una cosa, luego la contraria, y páginas después ambas a la vez. Su genialidad consiste en convertir la filosofía en conversación y la conversación en literatura. Nos cuenta sus manías, sus enfermedades, sus miedos, y lo hace con un humor discreto pero constante, porque la vida es demasiado corta como para tomársela en serio.

No se presenta como un sabio iluminado, sino como un hombre corriente que duda, tropieza y se equivoca. Porque, seamos sinceros, ¿quién no ha cambiado de opinión tres veces en un mismo día? Montaigne lo hizo en tres tomos, y ahí está la diferencia: él lo escribió y nosotros lo leemos.

Sus ensayos son importantes porque enseñan a pensar con libertad, a reírnos de nuestras propias contradicciones y a aceptar que la vida es un experimento sin manual de instrucciones.

El espejo de la coherencia absurda

Montaigne nunca quiso ser filósofo. Él quería ser… bueno, nadie sabe exactamente qué quería ser. Su método era sencillo: pensar, escribir, contradecirse, volver a pensar, y finalmente dejar al lector con la sensación de que todo es cierto y falso al mismo tiempo. Es decir, el ensayo es como un espejo que refleja lo que uno quiere ver, aunque esté empañado.

Nos enseña a desconfiar de las verdades absolutas, pero también de las verdades relativas, de las mentiras piadosas y hasta de las recetas de cocina. Montaigne se contradice con tanta gracia que uno termina creyendo que la contradicción es la forma más pura de coherencia. Y si eso no es absurdo, que venga alguien de la JBG y me lo explique.

Su genialidad radica en hacernos creer que dudar es la única certeza posible. O quizá la certeza es la única duda posible. O tal vez ninguna de las dos. O las dos a la vez. En fin, es como un acertijo que se ríe de sí mismo.

En conclusión, los ensayos de Montaigne son importantes porque nos enseñan a pensar, a no pensar, a reírnos de nuestras contradicciones y a aceptar que la vida corre rauda sin estreno oficial. Montaigne inventó el ensayo para aclararse las ideas y consiguió exactamente lo contrario: por eso es un genio.

¡Qué respetables resultan las ideas cuando coinciden con las nuestras!

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